Los mejores narradores jóvenes de Estados Unidos (Galaxia Gutenberg) | por Óscar Brox

Los mejores narradores jóvenes de Estados Unidos

Cada diez años, explica Sigrid Rausing, la revista Granta lleva a cabo un pequeño gran ejercicio de prospección literaria seleccionando aquellas voces que destacan entre una nueva generación de autores estadounidenses. Y cada diez años constata cómo la abundancia de nombres y obras estimables obliga a sacrificar algún que otro escritor que bien podría pertenecer a ese grupo o generación. Y es por eso por lo que el ánimo lector ante un número como este en torno a los mejores narradores jóvenes de Estados Unidos debería ser, ante todo, el de la curiosidad y el descubrimiento. Constatar el gusto por una serie de temas, los indicios de un incipiente estilo literario y aquellos nombres que, ante la ausencia de más obras traducidas, permanecen anotados al margen en el bloc a la espera de que el foco de que alguna editorial apunte en su dirección.

En efecto, en esta selección elaborada por Granta faltan algunos nombres -unos echarán de menos a Tao Lin, otros pensaremos en Noah Cicero-, pero eso no es óbice para dejarse llevar por el mosaico de voces y temas que trazan este particular mapa de la literatura norteamericana. Caja de resonancia de la Historia más reciente, parte de la nueva narrativa ahonda en la experiencia del terrorismo como vía para describir la dificultad de conciliar un hecho tan devastador con la velocidad con la que la vida contemporánea parece desarrollarse frente a nuestros ojos, empujada por la tecnología, la fragilidad de nuestros vínculos sociales y la erosión de las comunidades en favor de una renovada fe en el individualismo tan caro a los tiempos ultraliberales que vivimos. Algo que se deja entrever en relatos como Recuerdos de Westgate, de Sana Krasinov, que explora desde una mirada occidental y deslocalizada los atentados de Al Shabaab en Kenia bajo una mezcla de estupefacción ante el dolor de los demás y conmiseración por esa vida ajena con la que tanto cuesta identificarse.

Sin embargo, lo que predomina en esta selección de jóvenes narradores es el fragmento, la miniatura, la mirada a la vida en los suburbios de América con esos dramas microscópicos que tan elocuentemente amplifican los males contemporáneos. Las transformaciones políticas, educativas o, simplemente, sociales. Garth Risk Hallberg, autor de la monumental Ciudad en llamas, escribe en El traje de carne un retrato de esa adolescencia que despierta en un país aburrido y moribundo, víctima de su tendencia a la sobreestimulación y convencido de que es imposible aburrirse en cualquier rincón de Estados Unidos. Una adolescencia marcada por la falta de escapatorias y la necesidad de construir otros espacios, otros lugares, artificiales o no, con los que evadirse de una realidad que apenas les concede sitio en sus márgenes. Otro tanto sucede con Salir de Gotham, de Yaa Giasi, relato en el que el drama suburbial se entremezcla con la melancolía de la emigración y la tensión racial permanente abonada a la cultura estadounidense. Retrato de una familia fracturada, en la que las desventuras de sus dos hermanos protagonistas esbozan el descenso dramático de una comunidad, en este caso la ghanesa, que ha olvidado cómo vindicar sus raíces propias porque no sabe dónde encontrarlas.

Además de encontrar a autores familiares para el lector en castellano como Ben Lerner o Emma Cline -aquí, por cierto, mucho más entonada e interesante que en su Las chicas-, la selección de Granta sirve también para situar en el mapa a algunos autores cuyas contribuciones, significativamente, son las más interesantes del volumen. Es el caso de Anthony Marra, Otessa Moshfeg o Claire Vaye Watkins. Marra, cuya obra ha publicado en los últimos años la editorial Armaenia, supone una auténtica rara avis en la literatura estadounidense, en tanto que cada uno de sus libros incursiona en una cultura diferente, a priori, alejada de la cosmovisión de la América contemporánea. Tanto da si aborda el Leningrado de los años 30, el fin de la URSS, la crueldad de los conflictos armados en Chechenia o un combate con los fantasmas del pasado en la costa de Lípari. Porque Marra es capaz de asimilar cada lugar, cada historia, en una suerte de simbiosis cultural, de manera que su escritura recupere, cuando no dé abiertamente testimonio, la memoria de otro tiempo de unas voces distantes. Con Claire Vaye Watkins, en cambio, sucede que nos encontramos los rescoldos de aquel realismo sucio pasados por una educación sentimental nacida en los años del MySpace y los Fotologs, de una tecnología obsoleta que no por ello deja de reflejar las huellas de nuestros amores y del nacimiento de la primera madurez, que Watkins describe con amargura en Te quiero pero elegí las tinieblas. Finalmente, Moshfeg es la joya de la colección, el relato, la temática y la escritura más atrevidos de entre los seleccionados. El nombre que dispara otro horizonte para la literatura joven norteamericana, que cualquiera subrayará en su bloc (o correrá a buscar el libro que publicó Anagrama en España), en el que los ecos de Beckett y el OuLiPo sirven de acomodo a una loca historia ambientada en los tiempos de castillos y princesas.

Visto así, el mosaico tejido en las páginas de Granta supone una invitación a explorar, más allá de hypes, juicios y prejuicios externos, de recomendaciones de Amazon y consejos de voces expertas, el momento de efervescencia de la literatura de un país cuyas ramificaciones e intereses constituyen, en sí mismos, casi un continente. La extracción y los orígenes de muchos de los escritores seleccionados no solo lo confirman, sino que también lo vindican a través de unos textos que abundan en la sustancia humana que, pese a todo, describe nuestro tiempo.

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