Aberración estelar, de Gilbert Sorrentino (Underwood) Traducción de Ce Santiago | por Óscar Brox

Gilbert Sorrentino | Aberración estelar

Érase una vez una América rural, situada en el corazón de la existencia común, con sus vidas atribuladas y sus partidas de croquet. Una América sin tentaciones cosmopolitas, a salvo de los cantos de sirena de las grandes ciudades, que bastante tenía con aclarar sus sentimientos y pequeñas pasiones. Con mostrarlos, en toda su vivacidad, para describir esa pasta de la que estamos hechos. Las fantasías, la arrogancia natural, el deseo y las numerosas flaquezas. Territorio de muchos autores que, sin embargo, Gilbert Sorrentino se planteó poner patas arriba. O eso, al menos, es lo que se desprende en una primera lectura de Aberración estelar. Cuando nos dejamos llevar por el ritmo endiablado de sus infinitos recursos estilísticos, cambiando la trayectoria de la narración desde el punto de vista del niño de la familia -y su percepción del maltrecho núcleo familiar que forman su madre y su abuelo- a la del pillo buscavidas que cree encontrar en la alegre divorciada una nueva oportunidad para llevar a cabo un braguetazo.

Como sucedía con William Gaddis, Sorrentino elude cualquier marcador textual para dejar que los diálogos fluyan por la página, puro combate pugilístico entre palabras en el que su autor encadena una situación tras otra. Una escena. Un salto en el tiempo. Un momento tenso. Un chiste a costa de las debilidades de sus criaturas. El músculo creativo de Sorrentino le permite introducir cartas, juegos de preguntas y respuestas y, por supuesto, coquetear una y otra vez con el punto de vista de la historia mientras desviste los sentimientos de cada personaje. Alterando no solo la percepción de lo que se cuenta de unos y otros, sino también de cómo se cuenta. Y es que Aberración estelar no tiene problema en explicarnos las desventuras de los McGrath desde la perspectiva de un niño, con sus mismas palabras, que apenas si conoce el sentido de las pasiones adultas como para interpretar el drama que se cuece en la casa de huéspedes en la que están pasando unos días. O colocarnos junto a un buscavidas, de profesión mentiroso compulsivo, cuyos pensamientos fluctúan entre sueños eróticos de orgías con Greta Garbo y sentimientos pueriles hacia una vida familiar a la que renunció tiempo atrás.

Es curioso observar cómo la mixtura estilística que propone Sorrentino, con la cantidad de registros -súmese a la lista el gusto por el slang– de los que echa mano, tiene la habilidad de resultar a todas luces transparente. Ni barroca ni excesiva. Placentera para un lector que se deja llevar por el juego de miserias de los personajes, en la alocada tradición del melodrama, mientras en segundo plano su autor nos enseña cada truco, cada detalle, cada apunte literario que convierten su escritura en digno de objeto de admiración. En ejercicio de narrador superdotado, culto y provocador, que nos enseña a bregar con los convencionalismos de la ficción dándose una vuelta por todo aquello que la ficción puede hacer para contar una historia. Basculando entre la parodia y el drama, la pornografía y la afectación lírica, el chiste grosero y el juego de palabras rebuscado. En la línea de coetáneos como Elkin, Coover o Barth, capaces de desmontar un género literario para enseñarnos cómo darle un poco más de viveza a palabras que, a base de maltratarlas, han perdido su brillo.

De Aberración estelar se podría decir que es una historia de vicios menores. De un patriarca tiránico afectado por años de esclavitud marital, que ha hecho de esa impotencia una obligación para mantener atada a su familia y, en paralelo, dar rienda suelta a sus fantasías más turbias. De una hija divorciada convertida en mirlo blanco, cuya mojigatería moral contrasta con el furor sexual de una vida poco satisfactoria. O de un nieto que bizquea, aplastado en su inocencia e indefensión, por esas figuras de autoridad que cree reconocer en cada uno de los adultos que cruza por su lado. Y, en el fondo, Sorrentino se dedica a atizarles, con dureza y también dulzura, con la intención de localizar sus fallos, sus incongruencias, pero asimismo ese sentido común que enseña la pasta de la que estamos hechos. La obsesión por el sexo, las apariencias, el cortoplacismo o el respeto a las tradiciones. El gusto por las pequeñas subversiones con las que la sociedad es capaz de transigir y la necesidad de perpetuar un juego de roles convencionales que sirvan de pegamento funcional para mantener, a salvo y estable, un estamento tan fundamental en la vida americana como la familia. Estamento que, huelga decir, es blanco de burlas, de disección y sabotaje a través de la escritura de Sorrentino. De mofa y sorna, de violencia y sarcasmo. Tanto como se puede localizar en la correspondencia entre Marie y su exmarido o en las anécdotas sexuales de Tom con su cuñada.

Tal y como reza el título de la novela, Sorrentino lleva a cabo una ligera desviación del relato para, a partir de una narración a cuatro bandas, mostrarnos las entretelas de una vida americana atrapada -cuando no directamente germinada- en sus vicios menores. Y no cuesta reconocer en su franqueza a la hora de tomar el bisturí para abordar la cosa existencial esos aires de familia con la visceralidad con la que Alexander Portnoy desnudaba sus interioridades en la obra de Philip Roth o con la que John Barth modulaba la voz del narrador en sus novelas de juventud. La prosa juguetona, provocadora, que esconde un elaborado estilo -mérito, por cierto, de Ce Santiago trasladarlo al castellano sin sacrificar la frescura, el ritmo y la vivacidad de las palabras. El relato, aparentemente convencional, que como tantas otras cosas no es más que una cortina de humo para exponer nuestras inconsistencias y fragilidades. Aquello que se oculta en el retrato de cuatro vidas minúsculas.

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