El buitre, de Gil Scott-Heron (Hoja de lata) Traducción de Antonio Vallejo Andújar | por Óscar Brox

Gil Scott-Heron | El buitre

La historia de la cultura negra no suele aparecer con demasiada frecuencia en las estanterías de nuestras librerías o en la programación de las salas de cine. En los últimos años, sin embargo, documentales como The Black Power Mixtape o American Promise han acercado al público las voces de Stokely Carmichael, Angela Davis o Bobby Seale, así como también la problemática, en las capas burguesas de clase media, de la escolarización y educación de los hijos. Basta, pues, con echar un vistazo a las publicaciones más recientes para toparnos con las memorias como brigadista de James Yates, la crónica negra periodística de Vern Smith en las calles de fuego y heroína de Detroit o, ya por último, esta obra de juventud de Gil Scott-Heron que rescata la editorial Hoja de lata. Todos ellos, puntos de un mapa que nace en ese microcosmos social cobijado en la calle 125 de Nueva York y se extiende hasta la Guerra Civil española, las revoluciones ciudadanas o las modernas formas de racismo que las instituciones esconden bajo su aparente moderación y tolerancia.

El buitre es una novela de juventud, un peldaño dentro de la torrencial producción artística de Scott-Heron. Pero un peldaño, con todo, escrito desde el lugar privilegiado que el final de la adolescencia concedía a su autor a la hora de reflejar el incierto futuro de tantos jóvenes negros a comienzos de los 70. Incertidumbre que se transforma en presagio, como ese buitre con ganas de merendar carroña que sobrevuela las cabezas de aquellos que van a morir. Buitre, xenofobia o puño de hierro que aplasta toda tentativa de presente para subordinar las vidas de los chavales a ese escenario de menudeo, tráfico y agitación delictiva que se consume tan rápido como una dosis. Para borrar del mapa la aspiración de ingresar en una Universidad, para favorecer la conquista de la esquina de cada barrio y la recaudación de las ganancias del día. A millas de distancia de Columbia y su programa educativo, entre puertorriqueños, policías blancos y hermanos que se aplican el cuento de las enseñanzas del Dr. King y Malcolm X mientras, poco a poco, forjan su propia cultura y educación.

Scott-Heron no buscaba escribir una novela de género. De hecho, el asesinato de John Lee, apenas un adolescente que trapichea con pastillas, le sirve como apoyo para armar el vasto mosaico de personajes que recorren de arriba abajo la calle 125. Adolescentes, la mayoría, que en mitad del verano sienten la tenaza de un futuro que no acaba de llegar, de materializarse, con el mismo peso con el que la pequeña delincuencia les proporciona una salida de emergencia para combatir el presente. Son casi niños, a los que el calibre 32 les resbala en los pantalones, pero Scott-Heron se reconoce en sus inquietudes: en los continuos vaivenes, en los amores de ida y vuelta, en las amistades que se resienten porque unos y otros vigilan que nadie les quite su lugar en ese microcosmos, en la soledad que se instala en el gueto. El buitre está narrado a través de cuatro personajes diferentes y, a la vez, complementarios: Eddie “Spade” Shannon, Junior Jones, Thomas “Afro” Hall e Ivan “I.Q.” Quinn; traficantes, exploradores, eruditos o, simplemente, chavales que, en medio del furor rebelde del incipiente Black Power o el terror que proyecta el alistamiento forzoso para combatir en Vietnam, crecen de golpe. Se hacen adultos, les hacen adultos y obtienen de regalo una carga demasiado pesada para sus escuálidas espaldas.

En El buitre, Scott-Heron narra la pérdida de la inocencia de sus personajes, o ese inevitable peaje que deben pasar para alcanzar sus objetivos. Spade lo vive con su intermitente relación sentimental con Crystal, demasiado pura como para mantenerla a salvo mientras escala en la cima del narcotráfico; Junior lo acusa al comprobar que todavía carece del suficiente músculo como para plantar cara al resto de traficantes que se han apoderado de las mejores esquinas; Afro lo siente mientras pone en marcha su ambiciosa asociación, BAMBU, y sueña con una Universidad negra que preserve la cultura de tantos millones de hermanos; y, por último, I.Q. lo descubre con la amargura por la muerte de quien era su mejor amigo. Pese a que se comporten como adultos, nos dice Scott-Heron, nunca dejan de ser unos críos que se enfrentan a la vida a toda velocidad y que, por tanto, no pueden fintar los daños ni las heridas del combate. Ya no tienen la protección de sus padres, en la novela figuras de fondo atrapadas en una generación perdida, así que han de valerse por ellos mismos.

Para ser su primera novela, El buitre posee lo mejor de Scott-Heron: un retrato coral en el que cada capítulo se zambulle en las interioridades de su personaje; una voz que combina lo reflexivo, lo poético, lo callejero y lo filosófico, con un lenguaje a ratos más musical que novelístico; y una mirada acerada sobre la realidad de América en un tiempo en el que la xenofobia y la segregación racial continuaban presentes y la población negra necesitaba olvidar aquello de poner la otra mejilla. De ahí, en definitiva, el poderoso fresco urbano que describen sus páginas, la juventud sin juventud que las protagoniza, los arranques de violencia y el frenesí por agarrar una vida que a cada poco parece estar a punto de precipitarse por la boca. En un momento de la Historia en el que nadie podía decir quién sobreviviría a la trituradora de América, en el que los chicos, negros, blancos o hispanos, se tenían que buscar el sustento porque la realidad era un asco y así no podían llegar a ninguna parte. En el que el único instante de calma sucedía al escuchar en la radio una canción de Aretha Franklin. Porque el resto, en fin, se pasaba con la sombra de un buitre al acecho de la carroña fresca.

El legado de Scott-Heron comprende un último disco horriblemente remezclado por Jamie XX, vindicaciones por parte de artistas tan dispares como Kanye West o Pedro Costa y nuevas ediciones de su Small TalkEl buitre, tanto la novela como el poema cantado que incluyó en uno de sus discos, es al mismo tiempo un retrato vivo y algo nostálgico de la juventud que dejaba atrás y una exhibición de actitud; de agarrar cada pedazo de la realidad y transformarlo en un discurso, en letras y versos, en texto. Preservarlo, protegerlo y elevarlo a la categoría de cultura. Aquellos jóvenes que sobrevivían al vaivén de las cosas quedaron capturados en la foto fija que tomó Scott-Heron. Y El buitre pasa por ser la más vívida evocación de aquella juventud sin juventud, siempre al acecho de un futuro que no llegaba.

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