Pentamerón, de Giambattista Basile (Siruela) Traducción de César Palma | por Almudena Muñoz

Giambattista Basile | Pentamerón

Una reacción literaria bastante extendida en el mundo online consiste en imitar el estilo de un libro para su reseña, aunque casi nunca quede claro si el motivo es la admiración o la burla (o las dos cosas cubriéndose la una a la otra).

En el caso de El Pentamerón, intuyo que el fenómeno debe estar bastante extendido y que resulta muy tentador sentarse a acumular adjetivos, como si alguien no tuviese otra ocupación más que hilar cuentos frente al fuego mientras una epidemia barre alguna ciudad allá fuera.

Como otras antologías espectaculares, siendo El Decamerón de Boccaccio y Las mil y una noches las que más fácilmente se asocian a la obra de Basile, El Pentamerón construye su larga y opípara estructura sobre la causa que comparten todos los volúmenes de historias. Si en el contexto medieval de Boccaccio la amenaza de la peste era razón de peso para reunir cuentos que celebrasen el hedonismo y la debilidad moral, y en los albores de la era industrial los Grimm sintieron la urgencia de escarbar en el folclore de los bosques, Basile se encuentra encaramado a la cornucopia del Barroco. Cuando todo está más florido que nunca y la abundancia parece eterna, es mucho más probable que el atardecer esté cerca.

Quizá esa próxima debacle explica por qué Basile suele unir motivos bellos y escatológicos en sus historias y metáforas. Los personajes que recuerdan y comparten historias, en largas jornadas o encadenando día tras día, siempre parecen huir de una época a punto de cerrarse. Son los residentes de un caserón en ruinas que siguen llenando cajas a pesar de que habían firmado para marcharse. No todas las memorias son agradables ni arrojan buena luz sobre las gentes, pero la compulsión de seguir contando es tan vieja como la especie humana. Tal vez no haya fin más rotundo que empezar de nuevo con Érase una vez. Tras el banquete siempre aguarda otra pedorrera.

Lo comenta Italo Calvino en su comentario sobre El Pentamerón, recogido en esta edición de Siruela: a Basile le gusta repetir cierta imaginería del alba. A pesar de rodearse de guerras y desigualdades sociales, el escritor es un optimista que hace de la fábula una transición constante de la noche al día. Y es que con su lenguaje sin duda barroco (traducido del napolitano al castellano mediante el excelente trabajo de arqueología lingüística de César Palma), de frase sobre frase, de amantes admirados hasta la saciedad de largos párrafos y de las bellezas menos eternas que las páginas que las describen, Basile condensa la vida exuberante y exacerbada de un siglo de oro que quiso morir joven y dejando atrás un bello cadáver.

Los tropos que asoman en los cuentos del Pentamerón quizá nos sorprenden menos que la forma en que están escritos. Salvo los más imaginativos y populares, como La pulga, La cierva encantada o Petrosinella (le entrego la palma a La oca), el lector mediterráneo es capaz de identificar muchas historietas picarescas y el lector universal encuentra los paralelismos entre todas las culturas. Amantes separados, metamorfosis, suegras malévolas, vestidos que convierten a muchachas en princesas y jóvenes estúpidos que acaban coronados reyes.

Tan atado a su época y tan intemporal, Basile es un festín que conviene ingerir platillo a platillo, tomándose respiros para identificar los condimentos, deleitarse con los rosetones y floripondios del vocabulario, decidir si reír o llorar con un ingenioso requiebro cargado de antiguos prejuicios, y ver cómo los oros del pasado también acumularon la roña de todos los tiempos.