Ojos negros, de Frédéric Boyer (Sexto piso)  Traducción de Vanesa García Cazorla | por Óscar Brox

Frédéric Boyer | Ojos negros

Uno se sitúa ante la obra de Frédéric Boyer con una extraña sensación: ¿se trata de la escritura de un niño al que le ha surgido prematuramente la voz de hombre o de un adulto que anhela recuperar los dedos temblorosos con los que escribía sus primeras historias infantiles? En Boyer, digámoslo así, las edades transcurren como afluentes de su escritura, recuerdos entremezclados que tratan, cada uno a su manera, de capturar ese magnetismo que ha marcado la existencia de su autor. Hasta convertirse, con el paso de los años, en un amuleto, un mantra y una imagen repetida obsesivamente, buscada en cada una de las personas con las que se cruza, ansiada como eso que, definitivamente, nos da la vida.

En Ojos negros es el cuerpo de una institutriz en un jardín de infancia de Niza el recuerdo que hincha y desinfla, puro ejercicio de respiración, el relato de Boyer. Su búsqueda incansable de una infancia pasada, de una inocencia fraguada en la mejor compañía, de un amor por un episodio de la vida que, más adelante, le recorrerá el espinazo en cada nuevo contacto con su intimidad. Cuando los ojos almendrados de aquella mujer los sustituya la voluptuosa figura de una azafata de barco, de una conquista fugaz o de una travesía por la biografía de un adulto empeñado en mirarse al espejo con ojos de niño. Con ese mismo deseo, abierto y tímido al reproche moral, tan terriblemente erótico, precisamente, por no conocer la censura de la mirada adulta. Amor puro y duro cuya frustración, más que endurecer el corazón, lo condena a una persecución incansable del fantasma de aquella mujer que le enseñó su primera lección vital. Porque tarde o temprano llega la madurez con sus pensamientos teñidos de melancolía.

Boyer aúna lo infantil y lo maduro para construir a su alrededor toda una mitología, de manera que resulten reconocibles algunos de sus textos. Así, está la infancia como amuleto, como espacio ensanchado por la escritura con el que, como sucedía en su En mi pradera, taponar cualquier tentadora fantasía para recuperar ese auténtico vértigo y éxtasis de vida. Ese primer magnetismo, amor real por alguien, cuya impronta deja de una mancha indeleble en nuestra forma de entender las cosas. Pero también están los textos de la Biblia, las mitologías y el hinduismo como sedimento de todas las lecturas con las que Boyer pretende horadar la capa de superficialidad de las cosas, transformando cada aventurilla, cada escarceo amoroso, en algo parecido a un signo, una señal, del impacto primitivo de aquellos ojos negros. Una alegoría, en definitiva.

Pese a tratarse de una novela, resulta sugerente dejarse llevar por la posibilidad de convertir los párrafos de Boyer en largos versos que crecen y se desinflan a la par que la imaginación de Boyer, cada vez que trata de alcanzar esa infancia anhelada del amor. Ese momento de choque de trenes, de primera visión de las cosas, que recorre una y otra vez su mente adulta cuando se topa con una mujer de paso, en algún lugar del país, en su Niza natal o fugado a una China más bien cercana. Más allá de la belleza de sus palabras, la escritura de Boyer es ritmo, episodios breves fraguados al calor de un puñado de intuiciones, descripciones jugosas de cuerpos y deseos que se descomponen de un párrafo a otro, conjuros para traer de vuelto lo bueno de la vida y conseguir esa estabilidad que la edad adulta le ha escatimado. Y así una y otra vez.

De ojos negros a Diane, de Diane a Yvonna. A veces una sonrisa, el desconcierto, la rotundidad de un cuerpo desnudo o la vergüenza de un deseo expuesto públicamente. O la sensación, que comparte Boyer, de que está bien aquello de no estar del todo cómodo cuando hablamos del amor. Que es uno de esos pocos sentimientos a los que es preferible ver con ojos de niño, eternamente hechizados por lo que carece de grandes palabras para ser explicado; por lo que, en definitiva, nos arrastra hacia un remolino de sensaciones que tratamos de asir para, acaso, volver a vivirlas con la misma intensidad con la que las conocimos. Como decíamos a propósito de En mi pradera, toda infancia crea una cosmogonía a partir de las experiencias recabadas, y resulta indudable ver en esta novela algo parecido. Esa colección de recortables, de impresiones, lugares, rostros y sexos que su autor dispone caprichosamente para avivar el fuego de la memoria. En busca no tanto de un rostro que se le perdió en el tiempo, que tal vez le enseñó demasiadas cosas, sino precisamente el hechizo que visó ese primer contacto, y que de alguna manera trató de repetir con tantas otras personas. Esa revelación. El inicio de una educación sentimental que nos acompaña durante la vida.

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