La metamorfosis, de Franz Kafka (AstroRey Books) Traducción de Lidia Álvarez e ilustraciones de Manuel Marsol | por Óscar Brox

Franz Kafka | La metamorfosis

Kafka, otra vez. El universo de la vergüenza y la debilidad, de las pequeñas miserias que erosionan la condición humana. O que la petrifican, incapaz de sobreponerse a una situación que exige otro carácter. Que se deja llevar, con ese plácido vaivén que las clases altas imponen sobre las bajas, en el que la felicidad y la tragedia son las dos caras del pragmatismo más feroz. La metamorfosis comienza con el despertar de Gregor Samsa, con esa nueva realidad en la que ha asumido los rasgos de un insecto, sin otro asidero que la estupefacción ante una transformación así. El color pardo, el cuerpo blando, las patitas que tiemblan porque carecen de control motriz… Y, sin embargo, esa progresiva monstruosidad no es, de entrada, el escollo contra el que choca la familia Samsa. Al contrario, es la sensación de desamparo ante la probable falta de sustento económico la que dirige los primeros signos de alarma. Y, por extensión, la que Kafka utiliza para insinuar, si más no manifestar abiertamente, que esa transformación no es más que la alegoría de un proceso de alienación social largamente gestado en el pequeño microcosmos de la Praga de entreguerras.

La ternura con la que el autor de El castillo refleja la mirada de su criatura ante esa realidad es proporcional al terror que, poco a poco, conquista a cada uno de los personajes que le rodea. Un horror que supera lo grotesco para hundirse (y hundirnos) en lo cotidiano. En esa otra monstruosidad que constituyen el reproche -presente en la Carta al padre y en la figura del Sr. Samsa- y la vergüenza. La angustia ante un futuro económicamente incierto. La soledad frente a un espacio familiar parasitado por la necesidad más acuciante. La incomprensión, el temor, el abandono. En la escritura de Kafka fluían muchas de estas sensaciones como atributos de un entorno que se cerraba a sus miedos, consumido por fantasmas y horrores mucho más cercanos que aquella fantástica conversión a insecto. Que hablaba de la miseria y de las flaquezas morales, del asqueroso cortoplacismo -el pan de cada día- y la necesidad de hipotecar cualquier cosa para obtener una precaria estabilidad. A riesgo de vender la vida, de trocar la realidad en pesadilla y el sincero afecto en desdén.

Cuando, bien entrado el relato, la sombra del débil cuerpo de insecto de Gregor revela a una criatura más aterrorizada por la mirada del otro que por su condición monstruosa, La metamorfosis dispara sobre ese tiempo mediocre en el que los seres humanos se abandonaban a las pasiones más bajas. A la supervivencia costase lo que costase, a sacar partido de todo. Vender, pactar, cambiar, sacrificar… lo que fuese necesario con tal de asegurar que el descompuesto panorama aguantaría en pie otro día más. De ahí que el asustadizo insecto, cada vez más recluido en su habitación, observe atemorizado cómo esos extraños que antes eran su familia desmontan pieza a pieza cada palmo de su antigua realidad para obligarle a habitar otra. Y qué brutal es esa negación de la identidad propia; el terror en la mirada del otro, el extrañamiento forzoso, la habitación que pasa a convertirse en una jaula o en un museo de rarezas que exhibirá el cadáver del primer hombre-insecto.

Sin renunciar a cierto absurdo, acorde a la situación fantástica con la que iniciaba su relato, Kafka dibujaba un mundo devorado por el colectivo, a su vez devorado por unas circunstancias sociales tan severas que hacían de la vida algo inalcanzable. O sí, al precio de renunciar a aquellos elementos característicamente humanos para privilegiar aquellos otros heredados del incipiente capitalismo. La pugna salvaje por arañar, medrar, agarrar con fuerza hasta la cosa más irrelevante, como si con ello el resto de problemas careciesen de importancia. Abrazar lo colectivo para abjurar de lo individual. De la identidad propia, deshecho de otros tiempos que las transformaciones sociales no admitían en su nueva constitución. De ahí la ambivalencia del título kafkiano, en el que, a medida que pasan las hojas, nunca se sabe hasta qué punto el protagonismo de la metamorfosis recae sobre Gregor o sobre su familia. Si es uno el monstruo o si el infierno, necesariamente, son los otros. Algo, por cierto, acentuado por las ilustraciones de Marsol, que adopta el punto de vista de Samsa para retratar en sus imágenes esa realidad degradada que transmite la narración.

En el trabajo de Marsol uno puede encontrar esas figuras nervudas, que parecen indicar un movimiento constante, desencajadas y camufladas en entornos angostos y opresivos. Como si, de pronto, la mirada del protagonista no supiese calibrar con propiedad la dimensión de cada espacio. Son, pues, personajes distantes, monstruosos y gélidos, trazados con violencia y pintados con colores contrastados, que retratan esa visión cada vez más terrorífica de un mundo petrificado. Al borde del colapso, como la vida de ese Gregor que no puede hacer frente a tanto con un cuerpo tan débil. Sin apoyos ni asideros, con el asco y sin el ímpetu. Que durante todo el relato no deja de ser una cifra, unos emolumentos, una boca, un quejido, una mueca de terror, un bicho muerto. Ya no un hijo, unos sentimientos, una persona, una identidad. Por eso, precisamente, al leer La metamorfosis, así como al seguir las ilustraciones que Marsol ha realizado para esta bonita edición de AstroRey Books, nunca deja de helar la sangre al observar cuán precario es el sentimiento de humanidad. De qué manera la fuerza del colectivo, o la coerción, lo aplastan con su rodillo. O lo degradan hasta que muere, colapsado por una lluvia de reproches, deudas y dolores. Por eso, en definitiva, leer a Kafka invita a reflexionar sobre el calado moral de nuestro tiempo, sobre la fragilidad con la que vertebramos nuestras sociedades, ya sean grandes o minúsculas como un entorno familiar, y sobre ese terror que infunden los otros cada vez que sentimos nuestra identidad en peligro. Cada vez que, en fin, la realidad nos hace sentir demasiado humanos, pese a todo.

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