La piel de la frontera, de Francesc Serés (Acantilado) Traducción de Nicole D’Ammonville Alegría | por Óscar Brox

Francesc Serés | La piel de la frontera

Historia de las historias sin historia. De los flujos migratorios que se inician en el Atlántico para desembocar en el Mediterráneo. De los pequeños grandes cambios geográficos que, a menudo, pasan inadvertidos porque no afectan a una memoria colectiva; tan solo al residuo temporal que deja el recuerdo de nuestros antepasados. A las casas viejas que, como nosotros, se mueven y reaccionan ante los nuevos materiales preparados para apuntalar la construcción. La globalización ha convertido a cada hombre en su propio mapa, con sus fronteras y sus descripciones. Con sus líneas de paso que trazan las rutas y los lugares que forman parte de su biografía. Que, en definitiva, dan sentido a ese movimiento casi nómada. La piel de la frontera, de Francesc Serés, es prácticamente un trabajo entre la antropología y la etnología, entre la realidad humana y las causas de sus costumbres. Un texto que parte de una zona de Lleida, limítrofe con Huesca, y se expande a través de los relatos (los propios, pero también los ajenos) que su autor recoge al penetrar en el territorio. En el contacto con los inmigrantes, los amigos a los que dejó de frecuentar o los espacios que marcaron algún instante de su vida.

Sin historia. En un punto del libro la globalización queda definida como un movimiento de absorción; el Gran Relato frente a los pequeños detalles. La mayoría de personas con las que Serés se encuentra durante los más de diez años de escritura del libro han muerto o se han esfumado. La vejez o la migración permanente. Por tanto, no deja de ser palpable (al menos, durante su lectura) el valor de esas palabras volcadas en el texto. De las reflexiones sin importancia de un payés o de alguien que ha tenido que saltar de Senegal a Canarias para llegar a la Península y pensar en sus posibilidades de trabajo en el mar de plástico de Almería. O sea, de las reflexiones humanas. Esas que revelan unas formas, unas costumbres y una manera de pensar. Que socavan el interés por las estadísticas porque poseen un sustrato sentimental, un drama y una realidad. Que huelen, que tienen relieve y también voz. Que no se doblegan ante el rápido proceso de aculturación que se extiende por Europa y el primer mundo. No en vano, La piel de la frontera, como título, ofrece una lectura diáfana de una situación en la que la identidad trasciende cualquier cuestión burocrática para inscribirse en la propia persona. Para convertirla en un almacén de relatos, de lenguas y de rutas geográficas. En una frontera de carne y hueso cuyo contacto describe otra realidad. Testimonia lugares, vivencias, rostros y sensaciones la mayoría de ellos opacados por el tiempo.

En las varias historias que componen el libro, Serés desempeña unos cuantos papeles: antropólogo de secano, vecino, amigo, confidente, escritor y persona. En muchos aspectos, La piel de la frontera incursiona en esa zona entre Lleida y Huesca con el espíritu de entrar en contacto con la colonia de inmigrantes que habita entre ruinas, descampados, cultivos y casas viejas. Para saber qué piensan y, sobre todo, qué viven; de qué manera se ha producido ese salto de longitud oceánico. Cómo se agarran, con cuánto tesón, a una promesa de futuro mientras la vida se abre camino. A veces, solo queda el rastro, como en la historia de Juli y Hakeem o Majeed. En otras ocasiones, las conversaciones que el propio Serés mantiene en los asentamientos o en los lugares de trabajo. En esas pocas palabras que consigue arrancar, que configuran una suerte de mapa sentimental. Porque no son historias de integración, sino de desarraigo; de figuras que vienen y van por un paisaje que las olvidará tan pronto acoja a una nueva oleada de inmigrantes.

La historia de Serés atraviesa su juventud, con ese viaje reeditado en dirección a los Monegros y Fraga, y su madurez, en la que se convierte en un escritor becado en Estados Unidos que discute con sus colegas la importancia de ser pragmático. Es decir, por qué escribir un libro como La piel de la frontera, por qué hablar de un pasado sin importancia (que, siempre, es el más importante de todos los pasados) y de unos rostros que se han borrado en el fuego del tiempo. Por qué escribir sobre la tierra, la evolución de los cultivos y plantaciones, subordinadas al trabajo de ingeniería que comienza ya con las mismas semillas. Por qué escribir sobre la casa familiar, la lengua materna y ese raro sentimiento de pertenencia que uno halla cuando son las paredes de toda la vida las que le cobijan. Y en verdad uno hace eso, escribir, para dar sentido al cúmulo de transformaciones, más o menos silenciosas, que nunca dejan de tener lugar. Como puntos que datan el crecimiento, la evolución, de una sociedad. De unas rutinas y de una costumbre. A modo de relato alternativo de aquel que, ya en clave globalizadora, registra las tendencias de los movimientos humanos. Por eso, no es casualidad que el último episodio de La piel de la frontera concluya en 2013, a pocos minutos de empezar la Via Catalana. En ese preciso momento en el que una idea de País, de identidad y de raíces culturales, vindicaba su derecho a ser reconocida. Porque es ese reconocimiento, el de las pequeñas cosas que reúne su autor capítulo a capítulo, el derecho soberano que alumbra el libro. Ese que no se extingue con el tiempo, al que dan sentido las palabras y los relatos escritos. Que se araña y se acaricia, que vive y respira como/con el mundo.

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