Noches blancas, de Fiódor Dostoievski (Nórdica) Traducción de Marta Sánchez-Nieves. Ilustraciones de Nicolai Troshinsky | por Almudena Muñoz

Fiódor Dostoievski | Noches blancas

Cuando en 1957 Luchino Visconti adapta el relato Noches blancas (1848) de Fiódor Dostoievski, el encuentro de dos desconocidos se ubica en un puente corto y modesto, apenas una loma con barandilla en el callejero de esas ciudades italianas atravesadas por cien canales de agua sucia en los que nadie se fija, menos aún mientras nieva y el recodo parece el escenario de un cuento más propio del norte. Las descripciones originales del autor moscovita y las ilustraciones de Nicolai Troshinsky para esta nueva edición de Nórdica Libros hacen pensar en un puente muy distinto: una de esas larguísimas avenidas de piedra esmaltada de escarcha, a intervalos de farolas erguidas como la guardia urbana que se mantiene en vela a la hora en que los melancólicos y los borrachos hacen de las suyas.

Sin embargo, ese San Petersburgo al que se traslada Dostoievski se define como un ocaso parisino que por unos instantes podría desentenderse de la frialdad del Este. Las noches del título transcurren en realidad durante los principios de la primavera, y el drama chejoviano se moldearía como una comedia fantástica en la que la ingenuidad consigue vencer a cualquier profecía. Un muñeco de nieve antes de adivinar que su curiosidad y entusiasmo aceleran su fin, y el cambio de estaciones, y el olvido; como un cuento de Andersen, Noches blancas contiene una inocencia libre de perversidad futura, pero un destino macabro al fin y al cabo. El cielo y su reflejo en las aguas de tonos rojos, mientras en la ciudad todo se mantiene gris, blanco y negro; una nota de amarillo se convierte para Dostoievski en la descripción minimalista de todo lo prometedor y fatídico. Así, las ilustraciones del libro aparecen como una visión esquemática y particularísima del relato que también es en sí una confesión íntima, cronológica pero deforme por la emoción, de un narrador que fantasea demasiado y vive demasiado poco.

O siempre en el limbo arquitectónico entre esas dos etapas del día y la mente humana. La distancia de un puente demasiado largo. El anónimo protagonista de esta historia sólo brinda al lector una experiencia amorosa que comienza con las fachadas, los tejados y los ornamentos de las casas que hacen de San Petersburgo el único ente con el que este joven se atreve a relacionarse. Sólo las personas también anónimas que se cruza con regularidad adquieren cierta importancia, porque son elementos constantes de la ciudad, como los árboles y las ventanas. Él, un espíritu frenético y soñador, como lo bautiza Dostoievski, puede moverse en ese tablero estático con el afán de caminantes como William Hazlitt. No hay una búsqueda concreta, sino la satisfacción de lo abstracto paseándose en un mundo reconocible, hasta que un enigma demasiado atractivo como para obviarlo se interpone en su rutina de vagabundo sentimental. Otras adaptaciones literarias o cinematográficas de este cuento han confiado todas sus cartas a este punto de la trama, a una dialéctica del romance, como género y experiencia, como Ocho noches blancas (2010), de André Aciman, La chica del puente (1999), de Patrice Leconte, o Two lovers (2008), de James Gray. Pero Dostoievski estaría planteando una desdicha que oscila entre dos puntos más lejanos: lo real y lo soñado, separados por ese puente que el hombre recorre en diferentes sentidos y a velocidad caprichosa. En ese sentido, quizá quien mejor supo reinterpretarlo fue Carta de una desconocida, tanto la novelita de Stefan Zweig (1922) como la película de Max Ophüls (1948), en las que el imperdible entre el sentido común y lo onírico se desprende o se cierra con crueldad.

Lo más enternecedor de Noches blancas es el itinerario que Dostoievski realiza en el puente, a lo largo de un relato tan escueto e intenso, dividido por los fenómenos meteorológicos y las calles vacías de figurantes. Habituado a tratar el amor como una fiebre, a resultas de una plegaria o de juegos cínicos, Dostoievski se desmarca de su fama y, por un momento, pareciese que él también sueña con Walter Scott y Pushkin, quienes absorben el ímpetu de su pluma antes de que la realidad se cobre su impuesto al sueño. ¿O sucede a la inversa? Si para Visconti el puentecillo que une el lado de la lucidez y la fantasía era breve, para Dostoievski es eterno y fácil perderse en él, o cómo tres noches y una mañana abarcan suficientes sensaciones para quince años, o un pequeño libro alcanza la envergadura que desearían otros más gruesos y parlanchines. Esa manía humana de medir la felicidad por minutos y la vida como una sucesión recta de adoquines hacia ninguna parte.

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