Fernando Savater. Geografía íntima, por Juan Jiménez García

San Sebastián, de Fernando Savater (Confluencias) | por Juan Jiménez García

Fernando Savater | San Sebastián

Entre todos los lugares en los que me he perdido y me volvería a perder, tal vez San Sebastián tenga un lugar especial. Entre todas las geografías que soy incapaz de reconstruir, entre todos aquellas calles que ya no sé si son ciertas y parques que se confunden con otros parques en su continuidad, entre todos aquellos recuerdos reales o imaginados, San Sebastián está ahí, como viejos días del pasado que uno no quiere invocar, sino volver a ellos. Solo por unos instantes, para asustarnos de aquello fuimos o somos, no lo sé aún muy bien. Luego, está la ciudad que habitamos. Ese lugar que algunos dan por conocido en dos días de visita apresurada y que nosotros, que llevamos aquí años, no logramos acabar de conocer. Algo de todo esto se encuentra en el libro de Fernando Savater.

Fernando Savater se enfrenta a su ciudad asumiendo la forma de un diccionario. Un diccionario en el que cada letra tiene una sola entrada y cada entrada es un mundo. Hedonista como es, no hay lugar para lamentarse más que de los placeres perdidos. El resto, son los placeres encontrados. Reivindicando el territorio de la infancia, que reconoce como feliz o muy feliz, revisa su libro desde el presente (cuando ya pasaron treinta años desde su publicación) y lo va punteando de notas que ahondan en esa distancia de usos y costumbres y de lugares que desaparecieron. Hay cosas que siempre estarán. El mar, la ciudad vieja, los puentes, el río, los jardines, los jardines salvajes. Los recuerdos asociados a cada cosa. Una cierta idea de las cosas.

Los tiempos han cambiado. Siempre cambian. Atrás quedó el terrorismo y otras cosas más triviales (o no, para Savater) como fumar o los toros. Otros rituales persisten y la comida está presente en muchos de ellos, desde los pinchos a las sociedades gastronómicas. Todo lo que resta, todo lo perdido, nos dice algo sobre la ciudad. Como un cuerpo herido, como ausencias, nostalgias, melancolías. Decía que Savater no es muy de lamentarse más que de la estupidez, que uno atribuye según sus propias manías, pero que sin duda es el mal no de nuestro tiempo, sino aquello sobre el que se sustenta la historia de la humanidad.

Aunque hay espacio para historiar, el filósofo prefiere las pequeñas cosas, que solo son pequeñas por ignorancia o por algún tipo de sentimiento de culpa por la felicidad y los placeres. Sí, uno podría perderse contando batallitas, pero es tontería. Para alcanzar a contar una ciudad hay que irse a la íntimo. Y lo íntimo son todas aquellas cosas por las que seguimos aquí, paseantes de nuestro destino. Contar una ciudad no es cualquier cosa. Savater regala las montañas a los demás y se reivindica como urbanita, y como un salmón más, remonta los ríos a contracorriente.

Su abecedario abreviado es una invitación a encontrar. Y encontrar solo puede hacerse desde una búsqueda del gusto que nos proporcionan los lugares, sean un puente, un restaurante, un plato de comida, un parque, un cementerio inglés, unos caballos, pináculos, hoteles que nunca ocuparemos por estar ahí, festivales de cine, acuario, puerto o calles. Sí, siempre quisimos volver a San Sebastián. Por aquello y por cosas que solo nos incumben a nosotros. Pero San Sebastián, libro, no es solo eso. Es también una invitación a mirar de otra manera los lugares que habitamos.

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Détour

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