Fernando Marías. Las raíces del mal, por Óscar Brox

Esta noche moriré, de Fernando Marías (Alrevés) | por Óscar Brox

Fernando Marías | Esta noche moriré

La de Esta noche moriré es, sin duda, una de las travesías librescas más singulares de las últimas décadas. Publicada originalmente hace 20 años, la novela de Fernando Marías ha vivido un camino plagado de rescates (primero, por 451; en 2016, por cuenta de Alrevés) y recomendaciones. Algo sorprendente, en efecto, en un género negro, criminal o de suspense, maltratado por el oportunismo comercial y la falta de memoria. Obcecado en crear (e importar) fenómenos literarios sin prestar la suficiente atención al estilo. A la hondura moral. A la pegada. En definitiva, a esa sensación desestabilizadora cuando el lector, absorbido por el texto, detecta ese universo de vidas oscuras, debilidades humanas y mal en estado puro que se arremolina tras cada palabra.

Artefacto casi antes que novela, Esta noche moriré es el relato cruel de una venganza; la carta de ultratumba que el mejor villano dirige a su peor enemigo. El sumario de las flaquezas que, en secreto o no, acusan a todo héroe. Que lo carcomen, pulverizan y destruyen hasta recordarle que no es más que una persona normal. Sujeta a su destino, hija de sus decisiones. Con pulso de orfebre, Marías construye su obra como la carta de despedida que Corman, un maquiavélico delincuente, remite a Delmar, el policía que detuvo sus planes criminales. Antes de morir en prisión, Corman ha trazado un plan maestro para acabar con su némesis. Un viaje a la locura que abarcará décadas, tan perfecto que resultará completamente imprevisto. Pero que, sin embargo, destruirá poco a poco a Delmar. Así, desde la primera línea, la novela avanza al ritmo de cada etapa del plan, mientras nos colocamos en la penumbra de la celda de Corman, junto a su jergón, para escuchar su relato. Su golpe definitivo. Ese mal absoluto que se extiende, muy lentamente, sin que haya manera de vencerlo.

Preciso a la hora de vertebrar su historia, Marías plasma en esa narración en primera persona la intensidad, si más no la turbulencia, con la que el género opera sobre las débiles estructuras morales. El triunfo de Corman y la derrota de Delmar. Su caída al abismo de la vanidad, la adicción y la violencia. Esa impresión de quedar a merced de un demiurgo al que no puede dar caza; que ni siquiera camina varios pasos por delante, sino que es, en sí mismo, una abstracción. Y es que Esta noche moriré es, durante el largo monólogo de Corman, un chorro de conciencia. De abyección y terror proyectados en cada palabra. Marías describe cada paisaje desde las intuiciones de su villano protagonista, con el deleite que concede la caída a los infiernos y la consumación de una venganza que, más que nunca, toma la forma de un fracaso. El fin de Delmar. De todas las máscaras que ya no pueden disfrazar su corrupción, la brecha abierta en su realidad familiar, el paulatino abandono de un mundo y su soledad final. Qué perverso ese villano que sueña con el crimen perfecto, que explica el objetivo de su empresa apelando a los motivos que llevaron a Dostoievski a escribir El jugador. Para quien el crimen es un arte o, tal vez, el último resquicio de humanidad en un mundo oscuro y degradado.

Marías alterna en su novela un regusto pulp por el relato directo -cualquiera imaginaría su historia con la puesta en escena de un artesano del noir americano, con el frenesí y la falta de pausa ante la caída al abismo de su protagonista- con esa fina perversión tan poco frecuente en el género español. Devastadora, en lo que supone una exposición del mal. Despiadada, por todo lo que concede a ese criminal que desde la cárcel fantasea con la muerte de su enemigo. Juguetona, pues son los resortes y las maneras de fintar cualquier problema de ritmo o ausencia de cohesión las que alimentan cada tramo de la obra. Como si, en cierto modo, el lector, contagiado por la voz de Corman, hundiese su mirada en las maquinaciones para acabar con Delmar. Tejiese el crimen perfecto, ese que ataca al flanco más débil del ser humano. Y es que lo interesante de Esta noche moriré reside en su manera de potenciar la reflexión moral a través de su forma. O cómo héroe y villano parecen fundidos en una sola voz, en un mismo flujo de palabras, que pasa del éxtasis al infortunio, de la crueldad a la piedad, del terror a la compasión.

Estudio de la anatomía del héroe y del villano, la de Marías es, en tiempos metaliterarios, una estupenda reflexión sobre las formas del género negro. Sus retruécanos y sus lugares comunes. O cómo, con un escenario mínimo, se puede llegar a narrar la caída más dolorosa. La fina crueldad de Esta noche moriré, que cualquiera vincularía con los buenos viejos tiempos del noir francés, nos traslada a un lugar frío, deshumanizado, conquistado por el miedo y el dolor. En el que no hay salida, solo callejones y vías muertas. Y es tanta la pasión con la que Corman describe su venganza que cuesta no imaginar su narración como un laberinto borgiano que nos lleva a recorrer el cerebro de un criminal en el que, esta vez, el héroe no puede zafarse del minotauro. En el que, definitivamente, el mal ha echado raíces.

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Détour

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