Dominique, de Eugène Fromentin (Ardicia) Traducción de Emma Calatayud | por Juan Jiménez García

Eugène Fromentin | Dominique

La pregunta sería, ¿es posible dejar de amar a alguien a voluntad, por imperativos mayores, por comodidad, por urgencia, por salud? Es decir, vayamos más allá: ¿es posible renunciar al amor? Escribo esto y pienso en lo antiguas que pueden resultar estas preguntas, así formuladas, quizás atrapado en ese espíritu romántico de la novela de Fromentin, en ese caudal de imágenes pero, sobre todo, de sentimientos, sensaciones, dudas, costumbres. Y tal vez, es precisamente en esa confusión de ideas y estilos, esa confusión tras la lectura, donde se pueda encontrar algo parecido a lo que quiero escribir. A lo que quiero escribir sobre Dominique, entrega número once del catálogo de Ardicia, arrebatado cruce de los infiernos personales, particulares, inexplicables para todos incluso para aquellos que los atraviesan.

Dominique pasa su infancia en Les Tembles, lugar rural donde se encuentra la mansión familiar, que tiene que abandonar para sus estudios. Primero irá a Ormesson, junto a su tía (huérfano), luego a París. De Les Tembles mantendrá su amistad con su preceptor, Augustin, y de Ormesson su encuentro con la familia Orsel, a través de su compañero de estudios y amigo, Olivier. Así conocerá a sus primas, Julie y Madeleine. Y con esta última descubrirá el amor. El amor como un estado del ánimo, del organismo, como la alteración de unos sentimientos, la aparición de otros, y la confusión de no entender. Sin embargo, nada le será dicho a ella. Y un día, será demasiado tarde. Madeleine se casa. Con un hombre bueno, sin que nada pueda serle reprochado. Una buena boda. Sin tragedias. Ni tan siquiera dramas. Solo Dominique seguirá atrapado en su propia confusión. Y entonces, marcharán todos a París, sin que sus destinos logren separarse. Entre la renuncia y una paz interior inalcanzable, en una vida condicionada por aquello que pudo ser y que, cosas de la época, del aire de su tiempo, no podrá ya ser. Pese a todo. La pregunta vuelve a ser: ¿es posible renunciar al amor?

En algún momento de la novela, Olivier, que vive su vida al día, sabiendo que no quiere esperar nada ni responder de nadie (mucho menos del amor enfermizo de Julie), condenado a una vida de lujos y despreocupaciones (que solo le aportará una felicidad superficial y le abocará a aquello que más teme, el aburrimiento, el tedio), habla de ese conformismo de perfecciones a medias, felicidades medianas y medios incompletos. Y esa es quizás la única certeza que atraviesa la novela, la de esa insatisfacción por la que nadie puede ser feliz y solo deben conformarse con buscar una falsa paz interior, hecha de renuncias.

El único que escapará a ello, que demostrará una superioridad (la de no tener nada pero andar en línea recta a la búsqueda de todo) será Augustin, aquel preceptor que no abandonará nunca a Dominique. Solo él parece vivir en un mundo real o, al menos, comprensible, en la medida que intenta vivir sin esconderse (cosa de la que no pueden presumir los demás). En su despojamiento dejará al descubierto todos esos laberintos de costumbres, de épocas, de sentimientos sofocados por los corsés de su tiempo, por los gestos codificados, las palabras dobles para personas dobles. Así, amar para Dominique será ese querer y no poder, esa lucha continua contra la imposibilidad, hasta que caerá derrotado en su propia victoria, porque tras escuchar las palabras que ha buscado desesperadamente durante años (ya ni tan siquiera el sentimiento, solo las palabras), solo le queda retirarse, porque en la constatación que ellas traen llevan su propia derrota.

Obra de un lirismo arrebatador (quién sabe si llevado por ese carácter autobiográfico que se le otorga), Eugène Fromentin, que después de todo era más pintor que escritor, construyó una obra que, como la vida de su protagonista, se nos escapa entre los dedos, como el tiempo. La urgencia de su prosa es la urgencia de ese amor no materializado, la exuberancia de sus imágenes la de unos sentimientos que no caben en los cuerpos que los cobijan. Recuerdo un fragmento de Ojos negros, aquella película de Nikita Mikhalkov basada en relatos de Chéjov. En un momento, uno de sus personajes (enfrentado también a un amor imposible, construido sobre la desesperación y la derrota, también sobre la piedad) decía que le hubiera gustado pensar que todo el bien que uno hace, todo el mal que uno hace, tiene algún reflejo, en algún instante. Dominique después de todo es esto. Esa necesidad de creer que todo lo que sentimos, todo lo que dejamos de sentir, tiene su reflejo en algún lugar, en otras personas. Que nada se pierde. Ni el amor. Nunca.

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