El estigma, de Emmy Hennings (El Paseo) Traducción de Fernando González Viñas | por Francisca Pageo

Emmy Hennings | El estigma

La mayoría de las veces se escribe porque no se puede hacer otra cosa. No es una elección, es una obligación que el alma impone al escritor. Las palabras crecen y crecen dentro de nosotros y de alguna manera tienen que salir, tienen que pasar por nuestras manos o nuestros labios. El oficio de la escritura es arduo, es impetuoso y es clarificador en torno a lo que nos preguntamos o nos intentamos explicar. La escritura es, si acaso, una forma de vivir que mucho tiene que ver con cómo nos tomamos la vida, cómo la vivimos y cómo buscamos en ella claros de bosque y árboles que se entrelazan unos con otros. Emmy Hennings escribía y actuaba, por lo que Emmy Hennings, vivía.

En este diario novelado, la segunda novela que Emmy Hennings escribiría, nos encontramos ante una prostituta ocasional que ama a Dostoievski, que ama los cafés, que ama estar atenta a los detalles que tiene a su alrededor, pero que curiosamente se halla obsesionada con la muerte. Es un hecho que, estar tan obsesionada con ella hace que la protagonista haga así un libro sobre la vida. Sobre cómo se vive, sobre cómo se siente, se piensa, se hace y se asimilan las cosas. «Quiero vencerme a mí misma. Por mí misma. La vida no debe someterme. No reconozco ningún concepto y no admito que ningún concepto me defina. Quiero entenderme a mí misma.», se dirá a sí misma en un pasaje del libro. La muerte ronda durante todo el libro, durante todo el trayecto y trayectos que la Srta. Dagny hace. Del café a la pensión, de la pensión a las calles, de las calles a los parques. Se intuye y llego a creer que la pasión que tiene con cierto libro de Dostoievski no es casualidad. Hennings, como el autor ruso, ahonda profundamente en la psicología del personaje. Da vueltas y vueltas sobre la psique que subyace en ella. Es como si quisiera encontrar algo que la salve, o que la sujetase —el abismo propio al que se ve sometida, el abismo que son sus pensamientos, en los que se adentra sin querer—, e inconscientemente se da cuenta de que es la escritura, es la narración, el relato, lo que logra que ese abismo no se convierta en un limbo.

Como dice la periodista Anna Hertug en la nota editorial, «los enigmas irresolubles de su propia existencia la conducen a las preguntas de la vida». Y es que este es un libro sobre el preguntarse a uno mismo. Continuamente, conscientemente e inconscientemente. Podríamos encasillar el propio estigma en la esperanza que la protagonista no alberga, ella misma lo dirá en el libro; pero también podemos ver ese estigma en su propia vida: se da a los demás más que a ella misma. A Hennings le parece más importante poder amar que ser amada. Es algo recurrente aquí. Cierto halo de religiosidad y bondad hace que el libro se vuelva denso, hace que coja peso, que todo se vea envuelto en un profundo mar del que nos es muy difícil salir. Es un libro en el que debemos bucear y en el que es imposible ir a nado por su superficie, pues nos arrastra a su fondo, a sus aguas llenas de algas de las que intentamos escapar muy concienzudamente. Pero en ese nado de fondo marino, encontramos corales, encontramos fauna y vegetación bella que nos hipnotiza, que hacen que merezca la pena aguantar nuestra respiración y que nos adentremos en esa densidad, ese pozo.

Es ya mi segundo libro de Emmy Hennings leído. Y quiero más. Quiero volver a adentrarme en su psique, tan interesante y tan llena de detalles de vida. Insisto en que Emmy Hennings actuaba y escribía; y es por eso por lo que la considero importante. Emmy Hennings como escritora, no por amante de. Emmy Hennings como gran artista, como lo que era y es. Adentrarse en las páginas de “El estigma” es adentrarse en la vida misma, en la vida de una mujer que intentaba convencerse de algo, que intentaba explicarse a ella misma, que intentaba demostrar su valía.

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