Elvira Valgañón. Ver después de la palabra, por Francisca Pageo

Invierno, de Elvira Valgañón (Pepitas de Calabaza) | por Francisca Pageo

Elvira Valgañón | Invierno

No había leído nada de Elvira Valgañón antes. De hecho, siendo sincera, desconocía su existencia como escritora y no sé si tomármelo más como una grata sorpresa que como un punto menos a mi favor. Porque Invierno ha sido eso: una grata y maravillosa sorpresa que ha ido directa a mi corazón. Sin titubeos ni bifurcaciones.

Para hallar Invierno debemos hallar Cerveda, un pequeño pueblo que presentimos más al norte que al sur de España, y donde ocurren todas las historias que encontramos en este libro. Historias que transcurren a lo largo de dos siglos, con sus habitantes, todos ellos diferentes entre sí pero cada uno con su propia historia. Historias únicas que hacen la Historia. Que la agitan y la agrandan. ¿No es quizá eso lo que buscamos en la vida de cada persona? ¿Y en la literatura? Por supuesto que es lo que buscamos.

Elvira Valgañón escribe sobre estar vivo. No sólo sobre la vida, sino sobre lo vivo, lo que es y existe y lo que nos hace existir. Es la historia del aliento, de la esencia, del hálito que recorre nuestro ser. «No estoy muerto, dijo. Respiró hondo.», leeremos. Encontramos la lucha del alma por ir hacia adelante. Pese a las emboscadas. Pese a todo.

Estamos ante un libro sobre el recuerdo y la memoria. La memoria de aquello que fue y la que hacemos. La memoria no sólo como destino sino también como camino. Ella es la que nos da la llave de la puerta frontal y trasera de cada personaje que hallamos en esta edición. Y no cabe duda de que Invierno es, ante todo, un libro de pausas y silencios, de belleza y fotografía. Fotografía porque cada historia adquiere un peso visual apabullante. Cada escena adquiere una imagen que vemos al leer. Es un libro de imágenes que suceden tras las palabras. Aquí no hace falta imaginar, sino leer para ver. La lectura que crea. La lectura que ilumina las cosas, las personas, los hechos y les crea sombra.

Conocer la narrativa de Elvira ha sido todo un regalo. Quizás, por eso mismo que he dicho al principio: iba sin esperar nada. Probablemente sea esta la mejor manera de leer un libro, al menos uno como este. Un libro que nos habla y nos estremece. Un libro que busca en nosotros antes de que busquemos nosotros en él. Un libro del que es mejor hablar sobre las sensaciones que nos provoca que de sus personajes y sus tramas. Porque ahí reside la belleza: en leer sin haber visto, para ver después de la palabra.

Todo esto es lo que hace que Invierno sea grande. Esto es lo que hace que este libro sea una punzada gratificante en nuestra alma. Y a pesar de que sea Invierno en Cerveda, el libro es cálido y nos arropa y calienta. Y no queremos salir de él, como cuando una suave manta nos cobija ante el más profundo frío y nos convierte en nuestro propio hogar. Ese del que nunca querremos escapar.

«Y volvería a ponerse guapo frente al espejo y a pasearse tieso y elegante por las calles de Cerveda, haciendo suspirar a las muchachas, como si pudiera convertir la paja en oro, pero con las manos escondidas en los bolsillos, las manos en sombra, que delataban días de los que no quería acordarse y que él se lavaba una y otra vez en los baños de los cafés, en el pequeño lavabo de la habitación de donde Anselmo, el agua fría, como cuando volvía del carbón con su padre y en la fuente se lavaba y se lavaba y se lavaba, el agua helada, las uñas negras, frotando y frotando hasta que tenía los dedos casi en carne viva y aun así le parecía que no se le iba el carbón de las uñas.»

[…]

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Détour

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