Luz, de Elisabet Riera (Sexto Piso) Traducción de Palmira Feixas | por Dara Scully

Elisabet Riera | Luz

Mírenla, ahí está la muchacha, la niña, la nínfula. Su inocencia nos sobrecoge. La infancia a punto de agotarse, las sandalias rojas, un cuerpecito delgado. Luz, Luz, deja que te arrope. Tiéndeme tu mano pequeña y dócil. Rejuvenéceme. Que tu claridad devore la marca del fantasma, su paso sobre mi frente. Que desaparezca este recuerdo doloroso. Este vacío hostil que me acompaña.

Una mujer herida que se esconde. Ante sus ojos velados, el pueblo, la casa cerrada: un regreso inevitable. Parece haberlo abandonado todo. Sólo su perra, Noche, la acompaña. Atrás ha dejado la vida: la ciudad extranjera, el cuerpo conocido de la amante. Su biblioteca. Quién es esta mujer, nos preguntamos, esta voz dormida, doliente, que se tiende en el suelo como un animal enfermo que agoniza. Por qué le hieren sus fantasmas. Por qué la casa, silenciosa, la aguijonea. Le seguimos la pista, los pasos; le decimos: levántate. Como la luz, temblamos sobre sus párpados. Un pequeño faro luminoso. Un nombre pronunciado en el invierno.

Ha visto, al fin, a la muchacha. Una niña de doce años. Una criatura al acecho. Durante días, su presencia simple la mantendrá despierta. Un hilo leve, frágil, tendido hacia la vida. Hacia la calle, que recorre con Noche. Los prados se abren a la expectación. Luz, Luz, ¿quién eres? Deja que mi mano acaricie tu rostro. Que tu voz adormezca mi enfermedad, mi cuerpo. La mujer espera con paciencia. La niña observa en la distancia: será Noche, el animal, quien las conecte. Un paseo por el campo. Una pregunta –quién eres- que se pasarán la una a la otra: un soplo de nieve, un poema de Safo, la literatura. La mujer se convierte en maestra y enseña a la niña aquello que ha descubierto con los años. Todo su aprendizaje, el de la ciudad y los libros; el de una carne que sacude su polvo y se estremece. Que pide agua y bebe. Que se consume en una poza que nace del deshielo.

‘Luz’ es y no es una novela de nínfulas. Hay una mujer que desea a una niña. Una mujer mayor, madura, culta. Ha vivido en la ciudad, conoce el mundo; Luz, aún un capullo cerrado, se deja acariciar por sus corrientes. Aprende de la maestra, devora su conocimiento. Una simbiosis frágil, herida desde el principio y sin embargo arrasadora. Todos conocemos la historia: la nínfula, con sus sandalias rojas, crecerá ante nuestros ojos. La retendremos sólo un instante; luego volará, desplegando sus alas amplias, su vuelo de garza blanca e inasible. Pero ‘Luz’ es y no es, digo, una novela de nínfulas. Al amor –el deseo – se enraízan los fantasmas. El padre que calló toda la vida. La madre, ausente: una herida que supura. Y es ahí donde la novela nos seduce. No es la niña quien nos habla, sino la voz de una mujer que fue una hija sin madre. Una mujer que regresa después de veinte años a aquella casa jaula, aquella casa muda donde el silencio corta y aniquila. Porque la vida sucede en lo que no se dice, y Luz, que también calla, parece haberlo comprendido. Por eso se tiende junto a Noche, reposa su cabeza en el tilo, escucha. Sana con su cuerpo dócil, con su boca pequeña de niña, limpia el rencor acumulado de la casa. Cuida hasta que su tiempo concluye: la pureza, al fin, se resquebraja. Porque todos conocemos la historia: inevitablemente, las nínfulas acabarán dejándonos. Pero quedará su huella, su marca pequeña en la terraza, el peso indolente de su cuerpo. La casa limpia y ventilada. La herida ahora cicatriz, y la carne fuerte, sosegada: el silencio que revela sus palabras.

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