Egon Erwin Kisch. Adiós, verdad, adiós, por Juan Jiménez García

Nada es más asombroso que la verdad, de Egon Erwin Kisch (Minúscula) Traducción de Francisco Uzcanga Meinecke | por Juan Jiménez García

Egon Erwin Kisch | Nada es más asombroso que la verdad

Iba a escribir que, como cualquier periodista, Egon Erwin Kisch tenía un profundo aprecio por la verdad. Entonces he sonreído. Entonces he pensado de nuevo en el tiempo que pasa, en los tiempos pasados, en las verdades que ya no son ninguna verdad y en las frases hechas que tras las que ya no queda nada. Qué pensaría Kisch de nuestro tiempo… Y de nosotros. Es inútil pensar en ello. A cada cual su época. Él atravesó dos guerras y un puñado de países y, tal vez cansado, no vivió mucho más. En él se reunían una amplia variedad de motivos para morir en aquellos años: austrohúngaro cuando existió ese Imperio, checo cuando ya no existía nada, en  Alemania cuando se perseguía a los judíos, como él, a los comunistas, como él, a los periodistas, como él. Fue amigo de muchos escritores, entre ellos, íntimamente, de Jaroslav Hašek, otro singular viajero entre guerras, países y destinos. Nada es más asombroso que la verdad reúne un buen número de significativos textos de este reportero que pensaba en la objetividad y, misterios, escribía desde la literatura. En todo caso, un escritor apasionado y apasionante.

Contarse se cuenta él mismo. En De reportajes y reporteros nos deja algunos apuntes sobre un oficio que amaba profundamente. El reportero frenético, como se le conocía, escribía desde la primera persona y él mismo acababa convertido en un personaje, como en el relato de Cómo me enteré de que Redl era un espía, en el que vuelve sobre el caso en el que el azar, le abrió el camino para una carrera de éxito. En él ya encontramos esa pasión por los hechos, ese gusto por los detalles, ese mundo visto como un misterio rico en matices y objetos. También el humor praguense, un humor que se aplica a sí mismo, como en la hilarante Mis tatuajes, que seguramente haría las delicias de su amigo Hasek.

La vida no es un largo río tranquilo. Menos en aquellos años. Se presenta voluntario en la Gran Guerra solo para estar más cerca de todo lo que debía ser contando. Contado desde la experiencia y no desde las noticias que llegan manoseadas, convertidas en otra cosa. Allí acabará herido, en el gabinete militar de la prensa austriaca. Allí están Musil o Zweig, entre otros muchos. Qué extraños lugares para encontrarse… Tras la guerra llegan los espejismos del presente. La República de Weimar. Hitler. Acaba en las mazmorras de Spandau. Por intelectual. Entonces ser un intelectual era algo con algún significado. Los primeros en ser buscados, detenidos y quemados. Sus libros también arderán. Él, como ciudadano extranjero, solo es expulsado del país. Los países…

Viajero, traza unos curiosos retratos de los lugares donde estuvo. La avenida Nevski, por ejemplo, que ya no se llamaba ni así. O su encuentro con Charles Chaplin. O su retrato despiadado de Henry Ford y su fábrica, nuevo barco para esclavos anclado en ningún océano. Y como también estuvo en España, eso le sirve para hablar de la Guerra Civil y de la gente que marchaba voluntaria o de un Prado vacío, objetivo de bombardeos. Los peligros del arte en una época en la que no faltaban ocasiones para morir asesinado. Malos tiempos para los verdugos profesionales (El currículum de un verdugo) cuando hay tantos aficionados. Malos tiempos para los asesinos (La madre del asesino) cuando todo el mundo puede ser uno de ellos e, igual de fácilmente, un asesinado.

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Détour

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