El rey recibe, de Eduardo Mendoza (Seix Barral) | por Juan Jiménez García

Eduardo Mendoza | El rey recibe

Dudo. ¿El protagonista, la protagonista de El rey recibe es Nueva York? ¿Barcelona? ¿Las ciudades? ¿O, y eso sería lo fácil, ese Rufo Batalla, periodista a ratos, hombre duda a las búsqueda de decisiones equivocadas? Es complicado decirlo incluso tras haber terminado esta primera entrega de una prometida trilogía. Seguramente este es un libro de apariencias. De cómo mantenerlas, incluso con uno mismo. Algunas ideas dan vueltas en mi cabeza, tal vez equivocadamente. Veamos. Rufo Batalla es un joven que trabaja sin demasiada gloria en un periódico de la España franquista. Estamos en 1968, en Barcelona. Y aquí ese año no significó mucho o nada. Tal vez otras cosas. Pero volvamos a Rufo. Lo envían a Mallorca a cubrir una boda de la realeza europea. Algo así. De un rey sin reino, porque su reino cae en los dominios del comunismo soviético. Entonces deambula por ahí, por las revistas más que nada. Algún que otro equívoco dan origen tal vez no a una amistad pero si a un intercambio de situaciones dudosas y personajes aún más dudosos. Rufo sigue su vida. Conoce a Cristina, le nombran director de una revista que ahora llamaríamos del corazón (en fin) y se marcha a Nueva York, para huir de todo (pero claro, uno nunca puede huir de sí mismo). Esto es la historia oficial.

En la historia no oficial, Eduardo Mendoza, como no es la primera vez que hace, convierte a la ciudad en un ser vivo, un ser vivo que opina, interfiere en la vida de las personas como ninguna otra cosa puede hacerlo y es tan discreta que parece ser solo algo allí, al fondo. Los estados de ánimo de Batalla están tan condicionados por dónde vive, los días, la meteorología o las estaciones, como pueden estarlo por sus acciones. Para una persona como él, tan acostumbrado a dejarse llevar bajo la apariencia de tomar decisiones, confundirse con la ciudad no es nada raro. Incluso es lo necesario. Su relación con las mujeres es una cuestión de azar. Un azar en el que solo se siente capacitado para intervenir cuando empieza a percibir que ese barquito que es él empieza a hacer agua por algún sitio. Solo una certeza tiene: cuando uno toma una decisión, aunque la intuya equivocada, tiene que mantenerla. Ya se ocupara de justificarla posteriormente, sin melancolías ni cosas así.

El rey recibe se convierte entonces en un retrato de un tiempo desde la óptica de un personaje dedicado a vivir su vida. No es ninguna crónica de ese franquismo crepuscular (suena raro decirlo, cuando cuarenta años después parece que no se ha ido), que llega hasta el atentado y muerte de Carrero Blanco. Como suele ocurrir, la historia está ahí, alrededor nuestro y de Rufo Batalla, y no podemos escapar a ella ni con la mejor de nuestras voluntades. Pero frente a la historia la vida sigue. La de todos los días. Esos amores difíciles, esas relaciones familiares, esos compañeros de trabajo, esas fiestas y los encuentros de esas fiestas. Ese rey. Y la reina. Y Eduardo Mendoza tiene esa maravillosa capacidad de que todo, ciudad, protagonista, personajes e historia (propia y ajena, minúscula y mayúscula) sean una sola cosa, que se empuja y da ánimos o se desanima, y que todo nos hable tal vez de nosotros sin ser nosotros ni poder serlo. A la novela de detectives sin detective se suma ahora la novela épica (pero poco) sin héroe (ni antihéroe). Sí, aquellos nada maravillosos años para autores en busca de personaje.

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