Duelo, de Eduardo Halfon (Libros del Asteroide) | por Juan Jiménez García

Eduardo Halfon | Duelo

De qué estarán hechos nuestros recuerdos… De confusiones, mentiras, pocas certezas. Antes. Antes teníamos una sola fotografía, un solo instante. Ahora son miles. Se acabó la incertidumbre. Es triste. Es triste pensar que ya no podrá existir un Michel Leiris, con esa exposición descarnada de alguien que creyó ser, pero tampoco un Eduardo Halfon, reconstruyendo un pasado de errores, de titubeos, que tiene que ser revisado una y otra vez, libro tras libro. Por un momento pensé en leer las entrevistas que le hicieron. Pero no, no me interesa saber cuánto hay de cierto en estos libros. No quiero conocer más de lo que me dijo el escritor en ellos. Otro producto terrible de estos tiempos: sabemos demasiado. Halfon se ha convertido en un asunto personal y abrir un libro suyo tiene algo de intimidad. Solo son necesarias unas palabras y volvemos a una geografía reconocible. Las mismas sensaciones, el mismo tiempo. Duelo es otro de esos regresos. Uno más. Dicen que cada uno escribe un solo libro. En él solo hay un libro. Porque solo hay una vida. ¿Pero cuál?

Los personajes se repiten. Las dudas son otras. Lo cierto, seguramente también. La memoria es ese material inestable que trabajamos continuamente. Los pasos se pierden y los caminos son andados de nuevo. El narrador, Eduardo, es la interrogación sobre un mundo antiguo que se niega a desaparecer y que pide ser reescrito. La historia de Salomón. Salomón era el hermano mayor de su padre, el primer hijo de sus abuelos. Murió ahogado. Pero no. Tal vez murió en Nueva York. La historia de Salomón no debe ser contada, pero precisamente por ese motivo es necesario que sea escrita. Primero, hay que poner orden en esa memoria, perderse en la niebla de los recuerdos. El narrador viaja hasta aquel lago. Si Salomón murió allí, quiere saberlo. Si Salomón no murió allí, ¿de qué está hecho aquel recuerdo? ¿Quién era aquel ahogado?

La literatura era eso. En aquella historia no está él, pero están muchos otros. Un silencioso desfile en el que lo particular se vuelve universal, convertido en suma de otros particulares. El infinito no existe, solo es la suma de partes. A través de la búsqueda de Salomón, el narrador también se encuentra a sí mismo. Otra vez. La vida es una sucesión de reencuentros con uno mismo. Y, a veces, con los demás. Los padres, el hermano pequeño. Solo un poco más pequeño. Los abuelos. Los tíos. Uno. Otra vez. De nuevo pienso en Leiris, que no quería contar, sino contarse. Qué hermosa búsqueda la de Eduardo Halfon. Cuánta belleza en esa amalgama de culturas, de lenguas, de sentimientos apenas dibujados pero de una intensidad abrasadora. Ese árbol de escritura despojada al que de repente le crecen todas las hojas y surgen todos los frutos. Otros frutos amargos de aquel jardín de las delicias.

Está el título: Duelo. Tal vez por el dolor, pero también por el enfrentamiento de dos. De uno mismo con uno mismo. De uno mismo con su fantasma. De uno mismo con otros fantasmas. Halfon, de nuevo, se mueve a través de cien años como si fueran unos minutos. El instante de una pregunta y el tiempo en que dudamos de su respuesta. La respuesta es solo un intento. Tal vez las páginas finales, en las que nos entramos con todos. Esos todos tan cercanos a la nada. Porque todas las historias son una sola.

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