Edogawa Rampo. El mal, por Juan Jiménez García

La bestia ciega, de Edogawa Rampo (Satori) Traducción de Daniel Aguilar | por Juan Jiménez García

Edogawa Rampo | La bestia ciega

Cuando Edogawa Rampo acabó La bestia ciega, estaba tan asustado con su obra que decidió censurarla. Y esto podría ser una simple anécdota, si no fuera porque Rampo, al fin y al cabo, fue el máximo representante del Ero-guro, un movimiento, un género, que nació con la voluntad de atacar todos los tabús de la sociedad japonesa. Que son muchos. Así se fue por el aire un capítulo dedicado al canibalismo y alguna cosa más, entre todo un catálogo de horrores, pero que no dejan de tener algo de condición humana. Ahora Satori recupera la versión íntegra de una obra mítica (aunque seguramente por la adaptación, parcial, que hizo Yasuzo Masumura) y eso nos permite adentrarnos en lo más oscuro de la oscuridad de un autor, Rampo, que habitaba en las tinieblas de los demás. Es decir, de nosotros.

Todo empieza cuando Ranko Midori, una cantante de revista de gran éxito, acude a una exposición en la que se muestra una escultura suya.  Allí, un extraño personaje se desliza sobre la obra, recorriéndola ávidamente con sus manos. Una serie de extraños acontecimientos se sucederán y, bueno, no se puede contar mucho más si queremos preservar el misterio, más allá de encontrarnos con el personaje protagonista, ese ciego convertido en bestia, que da título a la obra, que contiene en él todas las perversiones sin que podemos decir que es un producto de la sociedad.

Porque lo primeramente inquietante en Rampo es que, al igual que en otras obras suyas (La extraña historia de la Isla Panorama, por ejemplo), su protagonista es un hombre que ha heredado una fortuna suficiente que le permite hacer cualquier cosa sin tener más preocupación que cómo gastar ese dinero. Un dinero que sirve para extrañas obras mastodónticas, que no dejan de ser el reflejo de una idea obsesiva que les persigue desde siempre. Aquí, en La bestia ciega, el cuerpo de la mujer. Si todos sus sentidos se han concentrado en el tacto, toda su inteligencia se ha ido a esa idea de una búsqueda de la perfección (o de lo extraño) que nos da tenerlo todo. Desde ese instante, desde ese primer encuentro, desde esa posibilidad de una obra, de una acción, de un gesto, lo demás será una caída libre, pero buscada. Es más, vivida intensamente.

La escritura de Rampo tiene esa ductilidad que la hace impregnarse de ese mal, de esa enfermedad, para transmitírnosla a nosotros sin filtros. No está exenta de moralidad, pero la moralidad, a esos niveles, no deja de tener algo de irónico. Aquí, frente a lo terrible, despliega un vasto humor negro que empareja a su protagonista con aquel Pulgarcito de otra de sus obras, seres repulsivos que, sin embargo, son capaces de ofrecer un extraño atractivo a sus víctimas, sin el cual nada podrían hacer. El mal, para que pueda concretarse, necesita de esas víctimas, como esas víctimas le necesitan a él. Y eso es lo inquietante de esta obra, en la que la bestia ciega se convierte en una necesidad, la necesidad de una sociedad tan tenebrosa como él mismo, tan ávida de emociones malsanas como las que él busca. Sí, Edogawa Rampo tenía motivo para asustarse. No por lo que había escrito, si no, más bien, por todo aquello que su escritura dejaba adivinar. Una sociedad instalada en la decadencia, esperando sus propias bestias.

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Détour

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