La retornada, de Donatella Di Pietrantonio (Duomo Ediciones) Traducción de Miguel García | por Dara Scully

Donatella Di Pietrantonio | La retornada

A los trece años, la violencia. La violencia del padre que no es padre, de la madre cuyo rostro se vela hasta apagarse. De una casa a la que regresa sin recordar que una vez estuvo allí, criatura de pecho, niña abandonada. La que retorna, dicen, cuando ella no tiene recuerdos, no comprende las voces nuevas, los olores, la pobreza. ¿Quiénes son? Se pregunta, a los trece años, frente a la puerta. No se atreve a dar un paso. Junto a ella, lo último que le queda. Vestidos hermosos que deseará su hermana. Una bolsa de zapatos. Al fondo, el ballet perdido. El olor de su madre, el mar que la deja atrás para ocultarse en su memoria. Toda su vida entre las manos. ¿Y ahora qué? Piensa. Ahora qué, en este cuarto que huele a orina, en este colchón pequeño donde otra niña, mi hermana, duerme con los pies junto a mi cabeza. Con estos padres recuperados a los que ignora, sus gestos brutales, la desidia, el miedo. Ahora qué, cuando todo lo que conoce le ha dado la espalda.

A los trece años, la hija del mar que regresa al pueblo. Allí hablan un dialecto que apenas comprende; los muchachos, hostiles, rechazan su presencia en la casa. El padre recuperado mira a través de ella. La madre da pasos pequeños, rodea su cuerpo delgado, le sale ronca la voz al hablar con ella. Solo la hermana, esa niña nueva, las trenzas deshechas, el cuerpecito, la orina durante la noche. Una hermana como un animalito que tiembla, de una fortaleza anómala, curtida por la mano que hiere y la miseria. Y sin embargo, sus ojos. Su vuelo, un vuelo invisible y hermoso, tímido, que se sacude ante la recién llegada. Quién eres. Qué tienes para entregarme. La hermana demanda el vestido usado, la belleza, pequeños objetos inertes. El afecto de aquella que huele a mar. Una compañera de juegos que comprenda su lenguaje de niña, su sabiduría antigua, su soledad. Porque Adriana es una más de los hermanos, una más en una casa donde los cuerpos se amontonan, y sin embargo, luce como un faro solitario. En la casa, la retornada lo comprende al verla. Debe estar allí por su hermana. A pesar del deseo de regresar, el anhelo de los padres que no eran padres, de toda su vida pasada, es Adriana quien necesita el peso de sus manos. Su voz caliente. Su presencia. No para salvarla sino para que la salve. Para que Adriana y ella enlacen sus corazones de niñas. Su ternura. El afecto que la segunda ha perdido y la primera nunca ha llegado a conocer.

‘La retornada’ habla de una niña que regresa a su primer hogar, aquel al que jamás pronunció de ese modo y al que sin embargo, de alguna manera, pertenece. Una muchacha, a los trece años, que debe reaprender el mundo, el amor, la familia. A la que dejan aquellos a los que creía sus padres sin más explicación que un: debes quedarte. Debes quedarte aquí, en el cuarto pequeño, con los hermanos brutales, la madre muda, el padre ausente. Con la hermana y el muchacho mayor que le tenderá su mano hasta que la pierda. En un lugar ajeno y miserable cuyo lenguaje no comprende. Donde los otros la marcan en la escuela: la retornada, la abandonada, la hija a la que no quisieron. La señorita que debe aprender el hambre y lo pequeño, a la que juzgan por no haberlo conocido antes. Pero qué culpa tiene ella, pensamos, del egoísmo de los adultos, de que marquen su frente con sus errores. Qué culpa tiene ella, piensa también Adriana, Adriana la niña sabia, la niña que soporta el peso del mundo, el peso de la rabia, del golpe, del hambre. El cuerpecito que a veces sueña en la noche y se encoge, buscando el calor de la hermana, sus huesos, el hueco en el que encajan. Míranos, le dice, incluso nos parecemos. Y ambas tienden sus manos, devoran el mar, se entregan con una confianza dulce que crece a pesar del dolor, del miedo, de la culpa que, injusta, recome a veces al inocente. Porque la niña, a sus trece años, retorna, pero no lo hace sólo a la casa, a unos padres que la entregaron siendo una criatura de pecho, a un pueblo atravesado por la pobreza. Retorna a un amor hasta entonces desconocido, un amor que se le anclará al cuerpo, que la acompañará como el galope suave de los caballos, como una cadencia o un rumor, como aquello que, pese a todo, permanecerá para siempre.

Por mi parte solo puedo decir: lean esta novela. Esta novela hermosa que duele, que tiembla a veces como Adriana, que como su galope de caballo joven, permanece mucho después de su última palabra.

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