Fin de campo, de Don DeLillo (Seix Barral) Traducción de Javier Calvo | por Óscar Brox

Don DeLillo | Fin de campo

Sin duda, la publicación decisiva en la recuperación de la obra menos conocida de Don DeLillo ha sido El ángel Esmeralda, en tanto que sus relatos editados permiten al lector trazar una evolución clara del estilo de su autor. De una narrativa más o menos convencional (la de Creación o Momentos humanos durante la Tercera Guerra Mundial) a otra que encaja perfectamente con aquella máxima de escribir con la mirada (Medianoche en Dostoievski). Anticipar, en definitiva, el progresivo deslizamiento de DeLillo hacia una narrativa capaz de abarcar las diferentes alteraciones y cambios de la realidad personal. Cruda, elemental y tan futurista como la exhibición de atrocidades de J.G. Ballard. Tan perspicaz que cualquiera diría que se trata de un informe sociológico o un memorando secreto redactado en los despachos de una agencia gubernamental. En la que el lenguaje supone, paradójicamente, la barrera más impenetrable; el mecanismo de poder para desnudar las debilidades, cuando no la soledad, de los individuos.

Fin de campo, como anteriormente La calle Great Jones, supone un estupendo acercamiento hacia ese momento en la carrera de su autor en el que los primeros rasgos de estilo, relámpagos en una noche tranquila, se precipitan sobre una narración convencional. Con el fútbol americano como elemento de fondo, DeLillo propone una sátira en torno a los cambios que se ciernen sobre la realidad de una sociedad fraguada tras la guerra. En la que la paranoia dibuja una línea, un comportamiento, un objetivo y un futuro, pero también se encarga de moldear las relaciones y de calibrar la compleja maraña de sentimientos. Esa impresión, cada vez más patente, de que solo se puede reconocer a cada sujeto en el enfrentamiento; en la tensión permanente, la lucha, el conflicto o el golpe. Como un radar que detecta al enemigo al ponerse en movimiento y puede, así, calcular sus coordenadas. Quién es, qué busca, qué puede dar de sí. Ambientada en una Universidad de Texas, y más concretamente en torno a las vicisitudes del equipo de fútbol, Fin de campo es un largo informe de la realidad personal de su protagonista, Gary Harkness. De sus lecturas, manuales técnicos o informes sobre los efectos de una guerra termonuclear. De sus interacciones con el resto del equipo. O de la incipiente relación sentimental con una de las chicas del lugar. De la distancia que le separa, si acaso cada vez más, de experimentar la realidad de esas pequeñas cosas. De cómo las palabras forman una maraña, un remolino, que pone una barrera infranqueable. Quizá porque todas ellas no permiten describir el momento que se está viviendo, esa tensión sobre el horizonte de las futuras guerras, y hace falta un giro para poder dar cuenta de todo ello.

Ante la prosa de DeLillo, uno tiene la sensación de colocarse en la piel del jugador de fútbol en mitad de la jugada, cuando la estrategia de ataque diseñada se extiende a lo largo del campo en una precisa combinación de fórmulas e instinto. De cálculo e intuición. Pocos autores son tan capaces de arrojar sentido sobre un mundo que apenas se deja captar, en el que sus personajes avanzan a tientas, casi en círculos, mientras todo se mueve velozmente. Que Fin de campo tenga su parte de soterrada parodia de la realidad juvenil, como un American Graffiti de la era termonuclear, no impide anotar la tremenda perspicacia de DeLillo a la hora de reflejar el ocaso de los afectos, la sobreproducción de estímulos y la debilitación de los vínculos humanos (más efímeros, menos sólidos) que contrajo el mundo con la posmodernidad. Al contrario, pues hace de la novela un choque de trenes, prácticamente un cambio de paradigma, en el que la versión inicial de su autor entra en diálogo con el narrador de Libra, Cosmópolis o El hombre del salto. Es decir, la novela en la que DeLillo halla el tono, la línea, la reflexión sobre la que abundará en su obra posterior. Esa realidad humana intervenida por los factores externos, supeditada a un entorno siempre cambiante en la que lo humano es, quizá, el activo más precario. El elemento más distanciado. La cosa de la que más temprano que tarde nos tendremos que despedir, porque el futuro no parece contemplarla entre sus activos.

Vista así, Fin de campo es una ficción sobre las continuas transformaciones operadas en el seno de América; sobre la escisión entre la tierra de los vagabundos de la cosecha y el mundo del capitalismo tardío; sobre la mirada de una juventud criada al calor de la paranoia y la falta de futuro; sobre el lenguaje de unas emociones frágiles, quebradizas, que solo parecen funcionar en el enfrentamiento. En el cuerpo a cuerpo. La violencia. La realidad física. Que enmascaran, si más no abanderan, la era del vacío que precipitará la llegada de la década de los 80. Y es que la de DeLillo siempre ha sido una obra visionaria, con sus altibajos, capaz de dar nombre a ese sentimiento de inestabilidad que gobierna al sujeto contemporáneo. Capaz de reflejar la velocidad de las cosas, el desapego y la distancia entre lo que entendemos como humano y lo realmente humano. Por eso resulta tan perturbador su acercamiento al hombre, tan incómodo y tan frágil. Porque, como el personaje de Body Art, parece una figura al borde de la desaparición. Perdido entre el polvo de la velocidad, en la maraña del lenguaje del futuro.

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