La famosa invasión de los osos en Sicilia, de Dino Buzzati (Gallo Nero) Traducción de Juan Antonio Méndez | por Óscar Brox

Dino Buzzati | La famosa invasión de los osos en Sicilia

En su epílogo a la edición publicada por Gallo Nero, Francesca Lazzarato describe a Dino Buzzati como un moralista desilusionado, que no resignado. Conocemos a Buzzati por su amplia producción literaria, en la que la novela convive con la crónica. Hay espacio para Il Giro, para los textos de sucesos o para las evocaciones de esas montañas, los Dolomitas, que ante todo fueron paisaje de su infancia. No es extraño, pues, que en esta fábula para todas las edades los ojos bajen de las montañas y, tras un periplo repleto de aventuras, regresen a su escenario natural en busca, tal vez, de lo que de alguna manera han perdido durante el viaje. Desilusionados, que no resignados.

Italia está en Guerra cuando Buzzati emprende La famosa invasión de los osos en Sicilia, primero en forma de dibujos con los que divertir la imaginación de sus sobrinas; más adelante, como historia por entregas que se publicará en el periódico. El juego, por tanto, se convierte en una mezcla de cosas: en primer lugar, en la pericia del autor para con el dibujo a mano alzada; a continuación, en una narración oral que trastea con la ironía, la fábula, las influencias de otros autores europeos (con E.T.A. Hoffmann como figura visible, por ejemplo) y su traslación a la delicada situación política que vive el país en ese momento. En la maldad del Gran Duque se puede reconocer la clase de indiferencia con la que el rodillo del fascismo atropellaba a todo aquello que fuese diferente, heterodoxo, pensamiento libre de vasallaje con la ideología del opresor. En el retrato de Leoncio, el Rey de los osos, sin embargo, una bonhomía que le emparentará con otros personajes de Buzzati, como el Giovanni Drogo de El desierto de los tártaros.

Fábula y aventura, La famosa invasión de los osos en Sicilia arranca con el secuestro de Tonio, el hijo de Leoncio, y el peculiar asedio de los osos a la sociedad humana. Peculiar porque Buzzati nos lo presenta bajo el signo del ingenio (las invenciones del oso Rompemendrugos, con sus catapultas y escaleras infinitas para penetrar en la fortaleza humana), dejando en un segundo plano la violencia de la guerra. Aquí se mueven las pasiones, la fantasía, imágenes surreales como las del Gato Mico o los jabalíes convertidos por la varita mágica del Profesor De Ambrosiis en globos aerostáticos, o esa integridad moral con la que el autor trata de discutir la inclinación de los hombres hacia el Mal. De hecho, no solo el Gran Duque encarna lo peor, también el oso Salnitro describe ese progresivo envilecimiento cuando se abandona la prudencia en favor de las bajas pasiones. Lo interesante reside en cómo Buzzati juega con sus personajes. Con De Ambrosiis, por ejemplo, dibuja a un astrólogo ladino, genio artero que tiene en su varita mágica el elemento que le distingue del resto. Sin embargo, cuando el hijo del Rey de los osos es herido de gravedad, De Ambrosiis renuncia a su poder y agota el último encantamiento de la varita mágica para salvar al osezno. En ese contacto con el drama, nos dice Buzzati, el mago pierde lo que le hace especial, lo que le hace una criatura de fábula, para convertirse, pura y simplemente, en un hombre. Para romper ese encantamiento, que a veces es también una forma de indiferencia, y saber cómo reaccionar ante lo injusto.

En uno de los pasajes más hermosos del libro, el Rey de los osos descubre la traición de Salnitro (desenmascarado, por cierto, por otro oso, Jazmín, que encarna lo opuesto, la bondad y la idiotez) tras enfrentarse a una serpiente de mar. Toda vez derrotado el Gran Duque, los osos conviven con los humanos y se adaptan a ese entorno social. También, se dejan llevar por todo aquello que no se ve desde las montañas. El placer, la vanidad, los oropeles… Salnitro se convierte en un narciso y utiliza su inteligencia para acabar con el Rey. Este, asimismo, se descubre víctima de la vanidad y cae en la cuenta de todo aquello que han dejado atrás durante tantos años. Y el desenlace, en el que Buzzati pone en juego todas las pasiones, todos los afectos por sus criaturas, nos deja con un Rey moribundo que observa las montañas con la misma nostalgia con la que el Drogo de El desierto de los tártaros vigilaba la fortaleza militar. Con la ilusión recuperada al volver a ver su entorno familiar, su hogar, pero también con la melancolía de ese tiempo que ha pasado entre sueños y aventuras, entre lecciones y elecciones morales.

Con La famosa invasión de los osos en Sicilia, Buzzati llevó a cabo un bellísimo destilado de sus preocupaciones intelectuales en un clima sombrío para Italia y Europa. Una historia de aventuras, una fábula protagonizada por criaturas fantásticas, una balada y un juego de niños, una reflexión con carga moral y el retrato de una época en la que los hombres se abandonaban a sus bajas pasiones, en un ambiente desilusionado, vasallos de una ideología que les prometiese cualquier cosa.

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