Pornmutaciones, de Diego Luis Sanromán (Stirner) | por Juan Jiménez García

Diego Luis Sanromán | Pornmutaciones

Yo, que nunca tomé notas de nada y que cada libro sobre el que escribo es volver a subirme a un alambre y tambalearme vertiginosamente (esperando ese accidente del que hablaba Francis Bacon: aquí, no caerse), ahora tengo un fichero de esos antiguos para guardar tarjetitas pautadas, como si fuera Michel Leiris, pero sin África, sin fantasmas y sin nada. Entonces, aplicadamente, cuando leo algún que otro libro (no siempre, todo hay que decirlo) escribo con mi caligrafía olvidada palabras y gestos. Y en eso estuve con Pornmutaciones, el último libro de Diego Luis Sanromán. Y ahora miro las tres tarjetitas, e intento descifrar aquello que hay. Y todas esas palabras, si me olvido del libro, me parecen el historial clínico de un mundo que está muy mal o muy bien. Entonces vuelvo a aquella conversación que tuvimos al hilo de su anterior obra (Ladran los hombres) y busco sus palabras: cómo hacer que las páginas rezumen, sean viscosas, que rezumen semen y sangre. Decía él. Y ahora me parece que algo de eso está aquí. O todo. Curiosamente, un nombre surgió de pronto en mi cabeza (un nombre que ni me es ajeno a mí ni a Diego): Jan Švankmajer. Y ya tenemos el lío armado, porque es como si se me hubiera caído el libro al suelo y se me hubiera hecho pedazos. Escribir sobre él sería como recoger todos esos pedazos e intentar reconstruirlo a través de aquello que recuerdo o anoté, un montón de palabras sueltas con letra temblorosa, fragmentos de conversaciones, Georges Bataille, el Marqués de Sade y un surrealista checo. Y sabes que te faltan piezas y que con algunas de las que tienes no vas a saber qué hacer. Pero todo está bien, porque uno espera ese accidente y de un accidente rara vez se sale ileso. Probemos.

Empecemos por Jan Švankmajer. En el propósito de Diego de una literatura líquida (o de líquidos), una escritura para provocar reacciones en los cuerpos de los otros. Erecciones, humedades o que se te ericen los cabellos, yo encuentro una parte tal vez no muy conocida de la obra del artista checo, pero a la que dedicó buena parte de sus esfuerzos: el arte táctil. Como bien sabemos, en todas las cosas que se han hecho en el mundo del arte, el sentido del tacto no ha sido especialmente reclamado. Es más: ha sido rigurosamente prohibido. Me pregunto hasta que punto Pornmutaciones es un libro táctil. Cierto. Si pasamos nuestras manos por él o nos pasamos el libro por nuestro cuerpo, poco vamos a conseguir (tampoco me voy a poner a comprobarlo), pero precisamente ahí está la dificultad. Conseguir un libro que provoque reacciones físicas en nosotros sin necesidad de tocarlo. Cada cual que sustituya esas reacciones físicas por aquellas que más le convengan o motiven. Y es esa la mutación pornográfica esencial del libro: ya no se necesitaría sujetarlo con una mano. Ahora, sin manos. Porque la literatura pornográfica (que decía Diego que le interesa más que el erotismo) es mucho de equilibrismos lectores.

En Pornmutaciones los géneros también mutan. Desde una reinterpretación del cuento de Cenicienta, convertida en una peluquera que ve la vida pasar hasta que llega una cabeza con ínfulas de órgano sexual, hasta un relato quirúrgico que ahora se me cruza con aquel Tetsuo de Shinya Sukamoto, y su taladro, en una (re)construcción minuciosa del sexo, a través del lenguaje, la palabra, el gesto y el acto. El asesinato como forma de amor (necesariamente no correspondido), obra de kabuki con un Dios lejos de la eternidad (tengo anotado).

Sigo. Una historia del cine pornográfico rarito, con personajes memorables que escapan a la rutina del mundo. Sigo (retrocedo). Los peligros de ser un actor porno o cosas que pasan. Retahíla de vidas y pocos milagros. Ahora viene una confusión de apuntes en las fichas (como siempre, he logrado ser caótico dentro de un orden). Leiris, cubo sucio, violento, tierno, carne vuelta del revés, Francis Bacon. Es usted el mago de los vértigos. Autoplacer y autorrepresentación, alimentarse de su propio semen, de su propio placer. Paréntesis. Gabrielle d’Annunzio se quitó varias costillas para poder autosatisfacerse sin necesidad de tirar abajo las puertas de las habitaciones en las que hospedaba a sus víctimas, allí en el Vittoriale. La falta de esa necesidad no excluía que siguiera intentándolo. Cierro paréntesis. Vértigo, éxtasis, posibilidades de huir, autarquía.

Como si fuera una extraña broma que nos hemos gastado, recuerdo ahora el último (no) relato de Pornmutaciones. Es un glosario elemental. En él también se han caído por el suelo los términos y sus significados y Diego ha preferido el caos al orden, porque el caos es siempre más revelador o, cuanto menos, sorprendente. Lo cual es motivo más que suficiente para ser caótico (que extraña similitud física hay entre caótico y católico… no había caído en esa posibilidad de errata). Creo que el escritor estará contento de que, finalmente, haya logrado escribir una reseña sobre un libro suyo sin citar a Topor (ya no, claro). Ah, pero no. Tenebris Iptineus. Estampa toporiana, humor negro, unión de los cuerpos, grotesco, narrativo, la idea de una cosa. No es el principio ni es el final. Está ahí y completa el retrato de familia. Y Pornmutaciones es un retrato de familia de la pornografía, desde la perspectiva de un tipo raro que ha entrado para mover el aire estanco y aportarnos un algo de inquietud. Teorema.

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