Día del libro
En Détour pensamos que la mejor manera de celebrar el Día del libro es, precisamente, fomentando su lectura. Así que hemos pedido a colaboradores, amigos, editores y libreros que nos trasladen sus recomendaciones, de manera que entre todos podamos trazar un pequeño gran mosaico de lecturas, libros, autores y temas. Clásicos, contemporáneos, joyas escondidas y todo tipo de obras tienen, a continuación, su lugar.

Susana Herman

El Libro de las cosas nunca vistas, de Michel Faber (Anagrama)
El camino estrecho al norte profundo, de Richard Flanagan (Literatura Random House)

René Parra Lambies (El Nadir)

El diario de Géza Csáth, de Géza Csáth (El Nadir)
Días felices en el infierno, de György Faludy (Pepitas de Calabaza)
La mujer del teniente francés, de John Fowles (Anagrama)
El fue malo con ella, de Milt Gross (Libri Impressi)
El hombre que hace lo que le viene en gana, de Oskar Andersson (El Nadir)

Noelia Romero (La micro)

Cartas, 1888-1890, de Paul Gauguin y Vincent van Gogh (La micro)
El aldeano de París, de Louis Aragon (Errata Naturae)
Japón, paisaje del alma, de Rudyard Kipling e Inazo Nitobe (Círculo de Tiza)
Las Encantadas, de Charles Robert Darwin y Herman Melville (Círculo de Tiza)

Pere Sureda (Navona)

Breve historia de siete asesinatos, de Marlon James (Malpaso)
Una saga moscovita, de Vasili Aksiónov (Navona)

Marián Bango (Satori)

Sobre Shunkin, de Junichirō Tanizaki (Satori). Una novela sublime, imposible de describir con palabras, en la que Tanizaki explora el lado perverso del amor tejiendo alrededor de los protagonistas una red de penumbra y ambigüedad en la que el lector acabará completamente atrapado. Una de esas historias que se hacen más grandes con cada nueva lectura.
El elogio de la sombra, de Junichirō Tanizaki (Satori). Un ensayo breve y delicioso, imprescindible para todo aquel que sienta curiosidad por la cultura japonesa. Un puente de comprensión mutua entre dos culturas antitéticas: Japón y Occidente.
Diecisiete instantes de una primavera, de Yulián Semiónov (Hoja de lata). Una novela de ritmo trepidante protagonizada por un espía soviético infiltrado en la cúpula del Ejército alemán. Magistral.

Miguel Fuentes (Cosecha Roja)

Volt, de Alan Heathcock (Dirty Works)
El cantante de Gospel, de Harry Crews (Acuarela y Antonio Machado)
Los huesos del invierno, de Daniel Woodrell (Alba)

Los tres autores tienen en común el que son poco o muy poco conocidos, son norteamericanos y escriben sobre la america chunga, esa america rural de grandes espacios naturales habitada por la llamada white trash. Pobres,violentos, racistas y conservadores. Los despojos blancos del sueño americano.

Inés Martínez García

La flor púrpura, de Chimamanda Ngozi Adichie (Literatura Random House)

Chimamanda es una autora nigeriana maravillosa que debería leerse tanto o más que un Bestseller. Recomiendo su último libro publicado, La flor púrpura, que casualmente es el primero que escribió. Al comenzar a leer esta historia te adentras en un relato conmovedor sobre la pérdida de la inocencia en una ciudad donde la brutalidad política, la religión y la creencia en la brujería causa un rechazo de las prohibiciones en la protagonista, sintiendo la necesidad de huir en libertad y vivir en ausencia de castigos. La flor púrpura es una historia sobre la familia, el origen y las más terribles de las decisiones.

Víctor Sáenz-Díez (Pepitas de Calabaza)

Fartlek, de José Ja Ja Ja (Fulgencio Pimentel)
Novela autobiográfica, de Kenneth Rexroth (Pepitas de Calabaza)
La resistencia íntima, de Josep María Esquirol (Acantilado)
Libro de los pasajes, de Walter Benajamin (Akal)
El alma de las marionetas, de John Gray (Sexto Piso)

Jacobo Siruela (Atalanta)

The Participatory Mind, de Henryk Skolomowsky (Penguin)
Elegías de Duino, de Rainer Maria Rilke (Sexto Piso)
El libro tachado, de Patricio Pron (Taurus)

Faustino Sánchez

Aprovechando esta época en que la descomposición de nuestros pilares va inundando todo, voy a recomendar tres de mis novelas favoritas, que son tres libros sobre la descomposición a diferentes niveles y tonos, entre lo cómico, lo dramático y lo melancólico, entreverando sensaciones e ideas en sus analíticas y precisas disecciones, como suelen hacer los grandes libros:

El teatro de Sabbath, de Philip Roth (DeBolsillo), la descomposición del individuo.
Las amistades peligrosas, de Choderlos de Laclos (Literatura Random House), la descomposición de las relaciones y las formas sociales.
La marcha Radetzky, de Joseph Roth (Edhasa), la descomposición de un Imperio.

Miguel Lázaro (Cabaret Voltaire)

De nuestros últimos títulos:
La mujer helada, de Annie Ernaux (Cabaret Voltaire)
Memorias de una mujer sin piano, de Jeanne Rucar de Buñuel (Cabaret Voltaire)
Zoco Chico, de Mohamed Chukri (Cabaret Voltaire)

Para que me regalaran:
Una comedia siciliana, de Leonardo Sciascia (Gallo Nero)
Mi más hermoso texto, de Alberto Cardín (Ultramarinos)

Gorka López de Munain, Ander Gondra Aguirre (Sans soleil)

Para regalar:
El bien de las cosas. La publicidad como discurso moral, de Emanuele Coccia (Shangrila). Es un libro complejo, pero plantea una propuesta para entender aquello que nos rodea sumamente original.
En pos del milenio. Revolucionarios milenaristas y anarquistas místicos de la Edad Media, de Norman Cohn (Pepitas de Calabaza) Es muy interesante este libro porque se fija en los márgenes de la historia, en aquello que rodea los grandes realtos y que normalmente no ha sido atendido por la historiografía convencional.
24/7. Capitalismo tardía y el fin del sueño, de Jonathan Crary (Ariel). Se trata de un libro lúcido e impactante que estudia la erosión de la barrera que separa el sueño de la vigilia en nuestra sociedad capitalista.

Para que me regalen:
Tiempos trastornados. Análisis, historias y políticas de la mirada, de Mieke Bal (Akal)
Peeping Frank, de Jim Woodring (Fulgencio Pimentel)
La invención de la libertad, de Juan Arnau (Atalanta)

Donatella Ianuzzi (Gallo Nero)

Dos recomendaciones:
Zoco Chico, de Mohamed Chukri (Cabaret Voltaire). Porque no hay un solo libro de esta editorial que no me leería…
Historias de Ámsterdam, de Nescio (Elba). Porque quisimos tenerlo en nuestro catálogo y no pudo ser.

Dos títulos que me gustaría que me regalasen:
Paciencia, de Daniel Clowes (Fulgencio Pimentel)
En movimiento, de Oliver Sacks (Anagrama)

Javier Lucini (Dirty Works)

Me resulta muy difícil recomendar, recomendar lo que sea, libros, personas o lugares, porque mis entusiasmos suelen ser bastante peregrinos y pueden cambiar en un instante. Digamos que esta es mi recomendación de este día, de este mes, de este año, a esta hora (que ya ha pasado…) en esta habitación de esta ciudad después de haber desayunado esto y no lo otro, un poco alérgico y con ese irritante ruido de obra al fondo. Ya digo que en apenas tres segundos la cosa puede cambiar (los obreros pueden hacer un alto para el bocadillo y todo esto se viene abajo). De hecho, ya noto que cambia; así que vamos… El motivo, aparte de mi rendida adoración, es que, últimamente, en todos los libros que frecuento, la citan como referente o influencia. La cuestión es que llevo ya un tiempo buscando a nuestra primera autora para el catálogo de Dirty Works (ya la he encontrado, no puedo revelar nada, pero agárrense los machos…) y en todas descubro que sale siempre su nombre citado en las contras. Hablo de Flannery O’Connor. De sus cuentos. Ahí está todo. Lo demás son variaciones. Claro que también Carson McCullers (La balada del café triste, El corazón es un cazador solitario), Katherine Anne Porter y Eudora Welty. Las grandes damas sureñas. Hijas del río Mississippi. En ese limo hay peces mutantes y criaturas muy extrañas. Si el viejo Huck levantase la cabeza…

Raquel Delgado

La muerte del padre, de Karl Ove Knausgård (Anagrama). Es la puerta de entrada a una autobiografía revolucionaria y exhaustiva, Mi lucha, en la que todas las experiencias, sentimientos y memorias del autor son analizadas y enjuiciadas. Knausgård provoca la lectura compulsiva de cada página sin (aquí está la sorpresa) necesidad de narrar vivencias extraordinarias: la protagonista es la existencia del autor en sí misma, ante la que obtenemos la impresión de estar presenciando una confesión auténtica. La muerte del padre nos lleva automáticamente a Un hombre enamorado y La isla de la infancia (segundo y tercer volumen, respectivamente, de los seis en los que está dividida la obra), hasta ahora los únicos publicados en España, y a esperar con impaciencia la llegada del cuarto tomo, Bailando en la oscuridad, el próximo 11 de mayo.
Francamente, Frank, de Richard Ford (Anagrama). Ocho años después de que concluyera sin intención de continuidad la trilogía de Frank Bascombe con Acción de Gracias, Ford ha resucitado a su personaje estelar a través de cuatro relatos inesperados que lo devuelven al presente y recuperan para nosotros una voz literaria única. Este nuevo y, ahora sí, último episodio, completa, junto con los anteriores, una guía de etapas de vida que nos permite extraer luminosidad y desilusión al cincuenta por ciento de las experiencias de un individuo estadounidense corriente durante cuatro décadas.
Once maneras de sentirse solo / Eleven Kinds of Loneliness, de Richard Yates (RBA / Vintage Classics). El estreno de la película Revolutionary Road de Sam Mendes en 2008 permitió que la obra maestra de Yates con el mismo título en la que está basada fuera editada en español ese mismo año y arrastrara con ella la publicación de otros libros de un autor hasta ese momento desconocido como Las hermanas Grimes (The Easter Parade), Cold Spring Harbor y Una buena escuela. El éxito, como todo lo bueno que le sucedió a Yates en vida, fue fugaz, ya que pocos de ellos se han mantenido en catálogo. Entre los que no lo han hecho, está la colección de relatos Once maneras de sentirse solo. Que ya esté descatalogada en España es un pretexto para apoyar su lectura en el idioma en el que fue escrita: la maestría de Yates en la elección y el uso de las palabras es tan valiosa como el contenido de cada una de sus historias.

Alodia Clemente (La Rossa)

En La Rossa recomendamos para este Sant Jordi a tres mujeres con tres temáticas y estilos dispares pero que no hay que dejar de leer si se tiene la oportunidad:

La veu de la sirena, de Carme Riera (Edicions 62) o cómo desmenuzar una historia clásica y llevarla a nuestros días.
Manual para mujeres de la limpieza, de Lucia Berlin (Alfaguara). Una selección de cuentos de una escritora prácticamente desconocida y, en la misma medida, deslumbrante.
Pétronille, de Amélie Nothomb (Anagrama), una novela quasi autobiográfica que los amantes de la escritora belga adorarán por sus excesos (de champagne, de verborrea, de Francia).

Eugenio Martínez (Ardicia)

La perra, de Vasili Grossman (Ken). Más que una obra menor del gran escritor ruso, una exquisita miniatura, editada primorosamente por Ken. Una historia hermosísima sobre el sufrimiento y la dignidad, un homenaje al dolor callado de las criaturas inocentes.
Impresiones provinciales, de José Jiménez Lozano (Confluencias). La última entrega de los diarios del sabio abulense. Un antídoto contra la vacuidad y la barbarie posmodernas, transido de erudición y lirismo. Imprescindible.
Campo de retamas, de Rafael Sánchez Ferlosio (Literatura Random House). Cada libro de Ferlosio es un acontecimiento en sí mismo. Por su renuencia a publicar y por la originalidad de su pensamiento. Sin duda, uno de nuestros grandes escritores vivos. Se trata de una recopilación de sus pecios, sus apuntes aforísticos, a medio camino entre la sentencia filosófica, la anotación humorística y hasta el poema en prosa. Más accesible que otros textos suyos, sin las temibles hipotaxis, pero tan perspicaz, brillante y atrabiliario como siempre. Un lujo.
El círculo de agua clara, del naturalista escocés Gavin Maxwell, publicado por unos buenos amigos, los chicos de la editorial asturiana Hoja de Lata. Un libro delicioso, lleno de humor y ternura, que nos hace añorar el paraíso perdido de la naturaleza. Un remanso de paz, ideal para tomar aire y olvidarnos, mientras nos sumergimos gozosamente en su lectura, del absurdo trajín de estos tiempos convulsos.

Diego Luis Sanromán

He elegido tres novedades editoriales que por diversos motivos me resultan muy cercanas, aunque sobre todo por mi triple condición de cuentista, traductor y burroughsiano. Son:

Vidas mías, de Enrique García Ballesteros (Lupercalia). En una ocasión, tomando unas birras, Enrique me dijo: “Yo me río mucho escribiendo, ¿tú no?”. El efecto que sus relatos provocan en el lector, sin embargo, no es siempre la risa y, cuando lo es, se trata de esa risa que tiende fácilmente a transmutarse en una mueca de horror. No me malinterpreten: los diez textos que componen Vidas mías son brutalmente divertidos, pero también son algo más. Mucho más. Enrique está a la altura del mejor Rubem Fonseca.
El fantasma en el libro, de Javier Calvo (Seix Barral). El libro de Javier Calvo cumple de forma rigurosa con la máxima que debe regir todo buen ensayo: ser una amena invitación a la reflexión propia. En esta ocasión se trata, por añadidura, de una cuestión que suele pasar desapercibida al consumidor medio de productos culturales (y no solo de libros, no solo de literatura, como bien señala el autor): el lugar del traductor a lo largo de la historia y el lugar que ocupa en el contexto turbocapitalista actual. Hay que agradecerle además a Javier que sepa evitar uno de los peores males que aquejan a la profesión: la tendencia a la autocompasión y el lloriqueo.
Manual revisado del boy scout, de William S. Burroughs (La Felguera). Hay que felicitarse por la aparición de cualquier inédito de Burroughs en castellano, y ya está. Punto. Si además el inédito viene envuelto en el magnífico trabajo editorial de La Felguera, mejor que mejor. Y si encima la traducción del texto también es obra de Javier Calvo, miel sobre hojuelas.

En fin, son tres libros que hubiera deseado escribir yo mismo. No hace falta decir más: envidia cochina.

Raquel Vicedo (Sexto Piso)

El show de Gary, de Nell Leyshon (Sexto Piso). Tras Del color de la leche, que cosechó un gran éxito en España tras su publicación en 2014, Nell Leyshon cambia de voz y de época para contarnos la historia de Gary, un seductor sinvergüenza que se gana la vida en el Londres de los ochenta colándose en los bolsillos, las mochilas y las casas de los demás. En esta novela de ritmo trepidante y ágil lectura, Leyshon nos plantea el eterno dilema de si uno nace o se hace, y de qué es lícito o no cuando la ruleta de la fortuna no está de nuestro lado. Gary, como si de un moderno Sherezade se tratara, nos encandila con la narración de su vida. Elige una víspera de festivo para leerlo, porque no podrás dejarlo hasta que lo termines.
Hirameki, de Peng & Hu (Sexto Piso). Si eres de los que buscan formas en las nubes mientras descansas tirado en la hierba, éste es tu libro de la primavera. Hirameki significa «rayo de inspiración», aunque nosotros preferimos traducirlo como «el delirio del garabato», porque una vez que uno se adentra en sus páginas, no puede evitar dibujar las formas que ve ya sin tregua en cualquier mancha. Con su colección de borrones acuarelados, Peng & Hu, que ya han revolucionado Alemania e Inglaterra, se preparan para conquistar al público español. ¿Vas a quedarte atrás?

Daniel Osca (Sajalín)

La chica de California y otros relatos, de John O’Hara (Contra)
El hombre sin talento, de Yoshiharu Tsuge (Gallo Nero)
Volt, de Alan Heathcock (Dirty Works)
Glanbeigh, de Colin Barrett (Sajalín)
Carpas para la Wehrmacht, de Ota Pavel (Sajalín)

Raúl Jiménez (Indienauta)

Como los primeros meses de 2016 están siendo inmejorables para quienes amamos los libros de relatos, desgraciadamente siempre infravalorados en nuestro país, me he decidido por recomendar 10 de las obras —ordenadas cronológicamente— de este extraordinario género que más me han impresionado en los últimos años.

Volt, de Alan Heathcock (Dirty Works). Sobrecogedor, brutal y redentor. Relatos emocionalmente exigentes, torrenciales, en carne viva, en una colección monumental de historias interconectadas sobre la tragedia y el dolor, pero también acerca de nuestra capacidad de supervivencia. Todo lo que diga se queda corto.
Glanbeigh, de Colin Barrett (Sajalín). Jóvenes sin esperanza en un vibrante debut literario que pone rostros y lugar a la derrota. Cruda pero no exenta de un tono poético, las historias de Glanbeigh ofrecen un trasfondo social desesperante, pero a la vez digno y honesto. Relatos con alma.
La chica de California y otros relatos, de John O’Hara (Contra) Cronista privilegiado del desasosiego, O’Hara muestra la zozobra del sueño americano entre los años 20 y 40 a través de diálogos implacables, hombres y mujeres con ínfulas artísticas, grandilocuentes aspiraciones sociales y frustraciones ciclópeas, alcohol a raudales, sexo vacío y veneración del «Dios dinero». Apasionante y amarga borrachera literaria.
Cuentos escogidos, de Shirley Jackson (Minúscula). Hasta el más nimio detalle de la vida cotidiana, mundano y anodino, puede encerrar elementos extraordinarios en manos de Shirley Jackson. Lacónica, metódica y certera, consigue que la sosegada y verosímil realidad se transforme, de la nada, en desconcertante pasmo para el lector. Además incluye el grandioso La lotería, así que ya está todo dicho…
Vampiros y limones, de Karen Russell (Tusquets). Una imaginación desbordante, una habilidad singular para descolocar y maravillar al lector. Envolviendo sus historias en un halo de oscuridad y misterio —a veces flirteando con el horror—, y con un tono extrañamente poético, Karen Russell es una narradora sublime, creadora de un universo propio tan estimulante como original.
La promoción del 49, de Don Carpenter (Gallo Nero). Incertidumbre, melancolía, y dolorosa fatalidad en un «relato de relatos», retrato coral de la generación de los 60 en el momento de despedirse de la adolescencia. En apenas 150 páginas el maestro lo disecciona TODO: el peso de las decisiones inminentes. la frustración, los anhelos, la sombra de la guerra… la vida. Leer a Carpenter debería ser obligatorio.
Los niños se aburren los domingos, de Jean Stafford (Sajalín). Sútil, cercana, sin levantar la voz, aparentemente liviana, Stafford crea personajes, sobre todo mujeres en conflicto —soterrado o explosivo— con su época, que desbordan el papel y parecieran de carne y hueso. Las descripciones pesan, las palabras hieren y los diálogos muerden. Sus problemas duelen. Stafford era sabia, en su mirada y en su pluma.
Las enseñanzas de Don B., de Donald Barthelme (Automática).Padre del llamado «relato incidental» y referente de la modernidad literaria, Barthelme hizo magia con la forma breve, transformando cualquier cosa —una entrevista, una receta, un ensayo— en la narrativa más apasionante, hilarante y lúcida. Irreverente y excitante, Barthelme sólo tenía un límite: su imaginación. Mil y unas sorpresas aguardan al lector.
Compañía K, de William March (Libros del Silencio).Podemos discutir si es un libro de relatos, pero no que estamos ante una obra maestra. 113 voces en primera persona, las de quienes formaron la Compañía K, un recuento semificcional —March fue un veterano de la Gran Guerra— devastador. Prodigio narrativo de extrema crudeza que, 83 años después de su publicación, sigue impresionando.
Knockemstiff, de Donald Ray Pollock (Libros del Silencio). El infierno en la Tierra. Pura «basura blanca» destinada a la podredumbre, la miseria, los errores fatales y las decisiones penosas. Sin compasión ni misericordia, sin treguas ni asideros, Pollock golpea y noquea a sus personajes, incapaces de dar sentido y dirección a sus vidas, aplastados por el terrible lugar. Espeluznante. El realismo sucio se convirtió en pavoroso.

Mayte Alvarado, Borja González (El Verano del Cohete)

Sirio, de Martín López Lam (Fulgencio Pimentel)
La muerte y Román Tesoro, de Lorenzo Montatore (La Mansión en Llamas / Dehavilland)
Ahab y la ballena blanca, de Manuel Marsol (Edelvives)

Laura Sandoval, Daniel Álvarez (Hoja de Lata)

Las efímeras, de Pilar Adón (Galaxia Gutenberg). [Laura] Ha sido para mí un verdadero hallazgo. Un hallazgo verde, botánico y poderosamente tétrico, que cuenta la vida de las hermanas Oliver en una comunidad aislada y dominada por las relaciones asfixiantes. No sabía que se pudiera escribir así: desde la misma lluvia y las raíces de los árboles, el narrador completamente sometido al humus y a la música de la lluvia y los gusanos.
Cosecha, de Jim Crace (Hoja de Lata). A pesar de que para el público hispanohablante no sea muy conocido, para el público anglófono Jim Crace es toda una autoridad. Cosecha es su última y —para muchos— mejor obra. Una historia colectiva de un mundo en transición, en el que el advenimiento del capitalismo pone patas arriba la secular existencia del campesinado inglés. Poética y hermosa siempre, brutal y demoledora por momentos, Cosecha nos lleva a pensar sobre cuál sería nuestra reacción si el mundo al que estamos acostumbrados cambiase de la noche a la mañana.

Luigi Fugaroli (La Fuga)

Las rosas de Stalin, de Monika Zgustova (Galaxia Gutenberg). A pesar de mi actual empeño en la literatura dentro del sector editorial, mi formación universitaria es de historia y creo que esta novela de Monika Zgustova resume estas dos facetas. La protagonista de Las rosas de Stalin es Svetlana Alilúyeva, hija del sanguinario dictador Josef Stalin y víctima ella misma de la crueldad paterna. Es un libro de dolor y rebelión, una novela que nos abre una puerta a la vida privada del dictador y nos revela cómo las mismas atrocidades que Stalin cometió contra su pueblo tenían reflejo también en su vida privada hasta sus últimas consecuencias: el suicidio de Nadezhda Alilúyeva, madre de Svetlana, y el exilio de la hija. No obstante la dureza de los temas la escritura de Monika Zgustova nos regala una novela que fluye desde la primera hasta la última página.
Los bosques imantados, de Juan Vico (Seix Barral). En Los bosques imantados, Juan Vico se traslada a la Francia de 1870 para contar una historia que entrelaza superstición, ciencia y medios de comunicación. Con una estructura trabajada, que rinde un homenaje con tintes irónicos a la narrativa de misterio, Vico construye una trama sólida entorno a un sólo acontecimiento, un eclipse lunar, y a dos personajes reales, Robert Houdin (el ilusionista) y Franz Mesmer (creador del mesmerismo) cuyas sombras se extienden de principio a fin. Esta es una de esas novelas, de las buenas novelas, que saben mantener la expectativa del lector hasta el final sin renunciar a nada, ni siquiera a la poética en el fraseo de muchas de las escenas.
Los indómitos de la montaña, de Dino Buzzati (Gallo Nero). Y por último, un autor italiano, editado en España por una editora italiana (Donatella Iannuzzi, Gallo Nero) e impecablemente traducido al castellano por Amelia Pérez de Villar. Los indómitos de la montaña de Dino Buzzati es una recopilación de artículos periodísticos, relatos y extracto de diarios donde el autor desvela su relación con las alturas y los protagonistas de las grandes empresas del montañismo del siglo XX. La prosa de Buzzati, que mezcla con ternura el lenguaje periodístico y literario, lo coloca entre los grandes de la literatura italiana del Novecento.

Christina Linares (Renacimiento)

Vamos a dedicar el día del libro a la figura de Elena Fortún. El 22 a las 10h Mauela Carmena y Andrés Trapiello presentarán Celia en la revolución en la biblioteca municipal del Retiro, al día siguiente el 23 será el acto: «Los libros de Celia en el día del libro». Con motivo de la edición de *Celia en la revolución* a las 12,30 en la Librería de la Biblioteca Nacional. Charla abierta al público sobre la actualidad de los libros de Celia. Intervendrán Cristina Cerezales Laforet, Nuria Capdevila-Argüelles y María Jesús Fraga. Por eso no puedo dejar de recomendar la Colección Biblioteca Elena Fortún de Renacimiento, y concretamente el buscadísimo Celia en la revolución, de Elena Fortún.
También recomiendo nuestra preciosa edición de Carta al mundo, de Emily Dickinson con una sublime traducción de José Cereijo y Miranda Taibo.
El último poemario de Karmelo Iribarren: Haciendo planes.
Los sonetos de Shakespeare no pueden faltar.
Nuestra edición de lujo limitada en tapa dura, numerada a mano y autografiada por Morante de la Puebla con prólogo del mismo de: El arte de Birlibirloque, de José Bergamín.

Almudena (Ramón Llull)

Entre lo más reciente y pensado un poco en diferentes tipos de lector o momentos de lectura, sugeriría:

Lacrónica, de Martín Caparrós (Círculo de Tiza). Por lo evocador, por lo magistralmente bien escrito, por lo original de su estructura, porque permite muchas lecturas y podría leerse durante toda la vida. Leer el mundo a través de la mirada de Caparrós es toda una experiencia, literaria y personal, es «encontrarse con el mundo» , es viajar y aprender a mirar.
Mala letra, de Sara Mesa (Anagrama). Se trata de un libro de relatos profundamente brillante e inteligente. Resulta, siendo todo lo contrario a un libro «blando», un gozo de lectura. Abre la cabeza y te atrapa.
Las efímeras, de Pilar Adón (Galaxia Gutenberg). La escritora Pilar Adón tiene una capacidad de crear imágenes y sensaciones que resulta muy impresionante. Novela dura, orgánica, sensitiva, con la naturaleza tan presente que la puedes oler. La historia de las relaciones entre los personajes se hace progresivamente más intensa y asfixiante. Es una lectura que impresiona, impacta y no se olvida.
Paris-Austerlizt, de Rafael Chirbes (Anagrama). Novela póstuma de Rafael Chirbes, un autor imprescindible y lúcido como pocos. El autor NECESARIO, el que ha recorrido impecablemente y sin tregua, las llagas, dolores y miserias de la historia de España desde la posguerra hasta los escombros de la crisis. En Paris-Austerlizt, Chirbes vuelve al escritor de la intimidad que fue en Mimoun; a la confesión personal, al amor, al dolor y al recuerdo. A la culpa, a la pena, a la desolación. Es, como siempre, magnífico y resulta tremendamente conmovedor.
Una soledad demasiado ruidosa, de Bohumil Hrabal (Galaxia Gutenberg). Debería leerse todos los años para ser persona y amar al mundo.

Almudena Muñoz

El hombre que pudo reinar, de Rudyard Kipling (Nórdica)
Macbeth, de William Shakespeare. Ilustraciones de Ferenc Pintér (Zorro Rojo)
Cumbres borrascosas, de Emily Brontë (Penguin)

Diego Salgado

El bachiller, de Jules Vallés (1881)
Que no muera la aspidistra, de George Orwell (1936)
Limbo, de Bernard Wolfe (1952)
Kiss Kiss, Bang Bang: El tiempo del cine, de Pauline Kael (1965)
Naufragio, de Charles Logan (1975)
Providencia, deAnita Brookner (1982)
Apagadas están las luces, de Richard Laymon (1984)
La ciudad de las redes, de Otto Friedrich (1986)
The Cinematic, de David Campany ed. (2007)

Juan Francisco Gordo López

Como en ciertas disciplinas deportivas, suele suceder que el producto autóctono desaparece cuando destaca especialmente lo que proviene de fuera. Para que eso no suceda nunca en la literatura, siempre debe haber alguien que recomiende, aunque sea una vez al año, sólo y exclusivamente género patrio.

Ensayo: La España vacía (Turner) de Sergio del Molino es sin duda lo mejor que ha dado el panorama nacional en los últimos meses. El texto, profundo pero nada académico, fluye como un trayecto por esas regiones del país que casi pasan desapercibidas para el recluso urbanita.
Novela: Sin duda, el género más complicado para seleccionar sólo una cosa, pero como hay que decantarse por alguien, en esta ocasión rompo una lanza a favor de Nere Basabe y su El límite inferior (Salto de página). La autora tiene una magnífica mano para narrar sin tapujos una trama tan simple como la de cualquier relato breve de la Europa del este. Nada que ver, por supuesto, con la historia de la novela. De lo mejor que se publicó el pasado año y aunque estrictamente no sea una novedad, la rescato ansiosamente.
Poesía: En este terreno soy absolutamente partidario de los clásicos, pero en la actualidad hay que reconocer la impecable labor de jóvenes que están asentando las bases de una obra que marcará el futuro del género. Ben Clark y su poemario Los últimos perros de Shackleton (Sloper) —unidos a su anterior La fiera— es lo mejor que destaco para disfrutar del magnífico momento que está viviendo la poesía.
Relato: Se me hace muy complicado elegir entre Estrómboli (Impedimenta) de Jon Bilbao, autor consagrado y del que soy absolutamente fanático; y Mala letra (Anagrama) de Sara Mesa, otra muestra de que las letras jóvenes del país son las encargadas de hacer crecer la buena literatura actual. Lejos de tener el valor que siempre se le ha atribuido al relato breve como género menor, este año confieso que el relato me ha parecido, en líneas generales, de mayor calidad que su hermana narrativa mayor.
Labor editorial: Son muchas las editoriales independientes —me niego a dar más protagonismo a los grandes grupos que no apuestan por la literatura joven— que merecerían estar entre mis recomendadas y, en general, en el punto de mira de los lectores. Pero este año me descubro especialmente atraído por las impecables y cuidadísimas obras publicadas por Dos bigotes , una editorial que apuesta por la reivindicación de ese espacio en la literatura para el colectivo LGBT y que edita con un mimo especial todo lo que cae en sus manos.

Francisca Pageo

La baba del caracol, de Chantal Maillard (Vaso Roto)
Confesiones, de Marina Tsvietáieva (Galaxia Gutenberg)
La luz es más antigua que el amor, de Ricardo Menéndez Salmón (Seix Barral)
Los hermanos Tanner, de Robert Walser (Siruela)

Óscar Brox

Dos descubrimientos tardíos, dos autores imprescindibles.
Los viernes en Enrico’s, de Don Carpenter (Sexto Piso)
Mooch, de Dan Fante (Sajalín)

Juan Jiménez García

Para amantes de la ironía praguense o de la vida en general:
Los destinos del buen soldado Švejk durante la guerra mundial, de Jaroslav Hašek (Acantilado) más El buen soldado Švejk antes de la guerra, de Jaroslav Hašek (La fuga)
Tierno bárbaro, de Bohumil Hrabal (Galaxia Gutenberg)

Para niños mayores o aquellos que aún piensan en ese paraíso perdido de la infancia:
La infancia de Nikita, de Alexéi Tolstói (Ardicia)
Marcelín, de Sempé (Blackie Books)

Para aquellos que piensan que hay otros mundos (al este, al sur,…):
Elogio de la sombra, de Junichirō Tanizaki (Satori)
El loco de las rosas, de Mohamed Chukri (Cabaret Voltaire)

Y para aquellos que buscan lo absoluto:
Cuentos completos [1887-1893], de Antón Chéjov (Páginas de Espuma)

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