Kira, de David Llorente (Alrevés) | por Juan Jiménez García

David Llorente | Kira

En la contraportada de Kira, tal vez el propio autor encomienda su libro a tres escritores: Boris Vian, Gabriel García Márquez y un escritor checo suicida (Bohumil Hrabal, para los despistados). Del primero encontramos la historia, del segundo su estilo (qué pegajoso era el estilo del escritor colombiano, y más para aquellos en busca de una escritura), del tercero creo que no mucho, tal vez la voluntad de una forma (pero sí en el futuro David Llorente, aquel de Te quiero porque me das de comer). Kira, no lo he dicho, era su primera novela.  Y ahora que ya es un autor a seguir y no perder de vista, Alrevés la recupera acertadamente. Y además, incluyo un prólogo revelador del propio Llorente. Y no es cualquier cosa, porque dice cosas tan acertadas como que las primeras novelas de todos los autores del mundo, más que los escritores que serían, las escribieron los lectores que fueron. Y ahora este párrafo da vueltas en círculo.

Las babosas, como los nenúfares, son seres peligrosos y no pocas veces intangibles. Igual se comen las dalias que la vida, depende de si se encuentran en un jardín o en el interior de uno mismo. El caso es que el protagonista, un perdedor, el perdedor, no logra dar con ellas, sino tan solo con el rastro devastador de sus incursiones. Además las babosas, el perdedor tiene otro animal salvaje que se come lo que más quiere: el pescadero del pueblo, amante de Felisa. Un perdedor es un perdedor porque pierde siempre. Y como el perdedor no lee a Guillaume Apollinaire no confía en que esas derrotas lleven a una victoria. Los aullidos los pone Kira. Kira es un perra muerta de hambre que anuncia algo. Algo. Pero ¿qué? Mientras tanto (y así completamos su vida) el narrador, profesor de latín de su hija, se revuelca día sí y día también con ella, aspirante a escritora, obsesionada por ganar un premio local, para lo que resultará más práctico su dedicación al sexo que a la narrativa.

Atmosphère! Atmosphère!, gritaba Arletty en aquella película. Y David Llorente debía gritar lo mismo mientras escribía Kira. Dejados los mimbres argumentales a un Boris Vian atravesado por la perversidad y el tormento, quedaba entregarse a la construcción de una atmósfera, una atmósfera de lector. Sí, está Gabriel García Márquez, pero los trópicos están muy lejos. Mucho. Y sí, está Bohumil Hrabal, pero sin palabristas. Y entonces hay que entregarse a algo nuevo. No podía ser tan fácil. Nunca es tan fácil. El escritor se pone a la tarea de enfrascarse con las palabras para obtener algo, una novela. La escritura como algo épico, algo que hay que conquistar, todo resistencia. El oficio de escribir. El resultado tiene ecos de lo que vendrá (pero no se podía saber, ni tan siquiera intuir… ahora es fácil) y sí, es la obra de un lector en la que palpita algo nuevo. Como un primer intento de ir al encuentro de las cosas. Sí, por el camino, desde entonces, han quedado muchas cosas y se ha encontrado muchas más. Y es un ejercicio conseguido, un ensayo general para obras mayores, más ambiciosas. Kira, la perra muerta de hambre, no anunciaba desgracias, sino un brillante porvenir.

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