David J. Skal. Creadores de monstruos, por Óscar Brox

Hollywood gótico, de David J. Skal (Es pop) Traducción de Óscar Palmer | por Óscar Brox

David J. Skal | Hollywood gótico

Para todo amante del ensayo sobre las raíces del fantástico, Monster Show. Una historia cultural del horror supuso una imprescindible guía a través de la historia del género a lo largo del Siglo XX y su expresión en las diferentes ramas del arte. Siete años después de la publicación de aquel por parte de Valdemar, Es pop edita Hollywood gótico, la primera obra de Skal, centrada esta vez en la creación de Drácula y su progresiva implantación en la cultura popular, desde la novela de Bram Stoker hasta sus adaptaciones sobre el teatro y, en especial, el cine. Un exhaustivo recorrido que, entre otros motivos, pone el acento sobre la pregnancia que el mito vampírico ha adquirido con el tiempo, a salvo de cualquier moda pasajera, como un elemento más de nuestro acervo cultural.

La profunda impronta que ha dejado la criatura de Stoker lleva a Skal a remontarse hasta el principio para encontrar los orígenes de este encantamiento. Compañero de Oscar Wilde, Stoker fue funcionario y gerente del Lyceum Theatre además de escritor. Alejado del temperamento de un Byron, así como de aquel grupo de escritores y poetas que soñaron a sus criaturas monstruosas entre las paredes de la villa Diodati, el autor de Drácula fue capaz de hallar la mixtura perfecta de elementos para construir a su criatura y encerrarla en la rotunda sonoridad de tres únicas sílabas. Skal sigue el rastro de la historia sin desdeñar ninguna hipótesis, tanto si las voces autorizadas apuntan hacia una serie de obras previas (la Carmilla de Sheridan le Fanu, por ejemplo) como si otros indican que la relación vampírica entre Stoker y el actor Henry Irving, quien le contrató para la gerencia del teatro, ayudó a moldear la personalidad del Conde. Así hasta, incluso, apelar a la etimología de Drácula, navegar en las procelosas aguas de la cultura valaca o abonar las tesis psicoanalíticas para, de una manera u otra, dar cuenta del éxito que se cocinaría lentamente a partir de su publicación en 1897.

Con su publicación, el libro no solo inició una carrera en pos de la conquista del tiempo; se abrió, también, la veda de las adaptaciones en la industria del entretenimiento. Primero, a través del teatro, en el cual el mismo Stoker tuvo un papel activo, desde una inicial lectura dramatizada hasta las sucesivas puestas en escena del relato. A continuación, ya sin Stoker, que moriría en 1912, a través del cine. En esa parte del libro, Skal cede la voz protagonista a la viuda del autor, Florence, y a la pugna por preservar unos derechos sobre la obra que, como demostraría su periplo, entrañaron más de una batalla legal. Por aquel entonces, Hamilton Deane y John L. Balderston habían traducido y revisado, cada uno por su lado, la novela de Stoker a un libreto que se pudiese interpretar sobre las tablas. No en vano, el teatro era el medio del presente, a millas de distancia de cualquier espectáculo de linterna mágica. Sin embargo, fueron los alemanes, con el Nosferatu de Murnau, los que levantaron la liebre e hicieron tambalear la memoria de Stoker. Parapetado tras el rostro de Max Schreck y los aires expresionistas que abanderaba la cinematografía germana, un vampiro extendía sus alas sobre la herencia de Drácula.

Mientras Florence Stoker no cejaba en su empeño por eliminar toda copia de un filme que pirateaba sin permiso la novela de su marido, Hollywood ponía sus ojos sobre ese personaje cuya obra había girado por los escenarios de la geografía estadounidense. En ese momento, un rostro, el de Schreck, estaba a punto de ceder su puesto al de otro actor, también extranjero, que quedaría estigmatizado para siempre: Bela Lugosi. Skal salta a través del Atlántico para narrar la historia de ambición de la Universal, el legado que dejaron Carl y Junior Laemmle, Harry Kohner, la transición del mudo al cine sonoro, Lon Chaney y Tod Browning; todos ellos, nombres que en mayor o menor proporción estuvieron involucrados en el proceso creativo que desembocó en la producción de Drácula. Un capítulo apasionante que Skal organiza a partir de la eterna pugna por la preservación de los derechos de Stoker, los royalties de su viuda, la ambición industrial de Universal y el ocaso cinematográfico de Browning. O cómo la búsqueda de un actor principal tuvo en Conrad Veidt a su primer candidato, en Chaney a su protagonista imposible y en Lugosi a su víctima definitiva. Sin caer en ninguna clase de mitomanía, el autor de Hollywood gótico explica exhaustivamente los entresijos del rodaje y pone en relación sus resultados con la insólita versión española que, de manera nocturna, llevó a cabo George Melford con Carlos Villarías y Lupita Tovar como protagonistas. Historia que desemboca en un extraordinario análisis de ambos filmes, en el que la balanza se inclina a favor de la versión de Melford, y en la desdichada carrera de Lugosi, marcada en la última etapa por su participación en el cine de Ed Wood.

Al ritmo de sus constantes adaptaciones, Drácula regresa a Inglaterra y encuentra cobijo en la Hammer, que le devuelve sus raíces victorianas e inyecta color, rojo sangre, en un personaje que a partir de ese momento adquirirá los rasgos de Christopher Lee. La obra de Terence Fisher, que impulsó la revisión más determinante de las criaturas clásicas del horror, abre una nueva etapa para la creación de Stoker. Un periodo que la conducirá por el blaxploitation, la Factory de Andy Warhol, el lánguido romanticismo de la versión de John Badham con Frank Langella, la abstracción estética de Francis Ford Coppola y el delicadísimo ballet que compuso Guy Maddin con música de Gustav Mahler. Encarnaciones, todas ellas, del mutable temperamento artístico del cine en la última mitad de siglo. Jalones, en definitiva, de una conquista cultural que, como la sonoridad de su título, han hecho de Drácula una figura imborrable en el imaginario colectivo.

Sin obviar nunca su tono divulgativo, Skal elabora un detallado recorrido a través de la evolución de la obra de Stoker en el que participan tanto las fuentes contrastadas como aquellas que, así lo subraya su autor, no se apoyan en los datos fehacientes. Batallas legales, furores victorianos, reinvenciones estéticas, interpretaciones culturales, el viejo encanto de aquella aterradora invención que concedió movimiento a las imágenes, todos ellos han hecho de Drácula una imagen indisociablemente ligada al cine y, por extensión, al arte. Parodiada, ridiculizada, adaptada y respetada, según la personalidad de cada autor. Skal reconstruye sus primeros pasos, pero nos permite conocer a aquellas otras industrias, el teatro, el cine o el registro de la propiedad intelectual, que impulsaron a la obra de Stoker hasta el lugar en el que se encuentra. Así, Hollywood gótico es, como El vampiro en el cine de Pirie o El cine fantástico y sus mitologías de Lenne, un libro que invita a mirar, a analizar y, también, a descubrir, todos aquellos fenómenos que han contribuido a forjar y consolidar la imagen de un género. Eso que se cifra en la sonrisa de Lugosi o en el rostro inyectado en sangre de Lee; ese escalofrío, la inquietud, que corría por las venas de Jonathan Harker cuando conoció por vez primera al Conde Drácula. El momento en el que el relato de Stoker se hizo eterno.

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Détour

1 thought on “David J. Skal. Creadores de monstruos, por Óscar Brox”

  1. Me encantan estas cosas y estos libros tan singulares. Una pena que mi economía no me de para todo, pero son estos libros para leer un buen día de lluvia y frio.

    Yo le tengo bastante aprecio a los monstruos, en el fondo son las personas más tristes de la literatura y el cine universal. Más incluso que los personajes que van de tristes. Hace mucho tiempo en RNE emitían los domingos por la noche los relatos de los grandes escritores del género entre los que nunca faltaban Sheridan Le Franu y Stoker.

    Yo leí hace tiempo Dracula y lo cierto es que la lectura en solitario en tu casa produce más inquietud que casi cualquier film.

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