La noche del ilusionista, de Daniel Kehlmann (Nocturna) Traducción de Helena Cosano | por Óscar Brox

Daniel Kehlmann | La noche del ilusionista

Un rayo latente debe ser lo más parecido a una espina clavada, esa que el cuerpo no consigue expulsar ni aun limpiando la herida. Al contrario, se alimenta con el tiempo y la experiencia y consigue que la madurez se transforme en un continuo mirar hacia atrás, en busca de ese deseo inalcanzable que lastró nuestra vida. Como un rayo que descansa en el interior de un árbol mientras se prepara para avivar el fuego. La noche del ilusionista arranca, precisamente, con la caída de un rayo; impacto súbito que fulmina a la madrastra de Arthur Beerholm, el narrador de esta novela de Daniel Kehlmann. El golpe de una naturaleza impasible e indiferente, poderosa gracias a su desprecio sobre cualquier lógica humana, contagia en su protagonista la agonía de una búsqueda, prácticamente, sin término: conquistar la realidad. Esa realidad que, como un truco de magia, le ha robado la presencia de su madrastra sin dejar que, al menos, interpusiese un poco de resistencia.

Kehlmann describe los primeros pasos de su criatura en un mundo, el infantil, ilustrado como una filmación de Georges Méliès, en el que se puede alcanzar la luna con un cañonazo y el truco de cartas más pueril despierta el asombro de aquellos que todavía no han sacrificado su inocencia. En ese sentido, el trayecto vital de Arthur supone un viaje, hacia la pérdida, en el que la madurez testimonia la derrota de quien no ha podido transformar esa ilusión en algo más. Robar el poder que dispone la realidad para sujetarnos a sus dictados; escamotear a la muerte la eficacia que despliega a la hora de hacer desaparecer a aquellos a los que queremos. La noche del ilusionista es, más que una fantasía nocturna, el recuento melancólico de una vida que no ceja en su empeño por rebelarse contra el curso natural de las cosas.

Con el paso del tiempo conocemos los variados disfraces que viste Beerholm. Le seguimos durante su travesía en un internado, cuando decide orientar su vocación hacia la teología y la orden religiosa, y cuando lo profano le aparta de ese camino para reconducirle hasta el mundo de la magia. Kehlmann narra su historia desde la terca convicción, tal vez también el resentimiento, que llevan a Arthur a volcar su vida sobre la clase de enseñanza que le permita controlar el único espacio inestable que ha conocido todos estos años: las emociones, el duelo, la expectación… la materia de la que está hecha la existencia humana. De ahí que cada episodio dibuje un crescendo en el que el aprendiz de brujo se abandona al abismo de sus pasiones como, a excepción del sacerdote ciego y del mago jubilado que le ofrecen una fugaz compañía, el único abrigo que puede concederle un poco de calor en un mundo extraño, indiferente y silencioso.

El ilusionismo alberga un doble filo, una especie de secreto que trasciende su papel de entretenimiento popular; algo así como ejecutar, de la manera más compleja posible, un número sencillo de resultado vistoso. Como si para lograr que una silla flote en el aire hiciese falta llevar a cabo un pacto fáustico. La criatura que imagina Kehlmann no se aleja de este ejemplo, en tanto que su deseo por correr el velo que cubre de ignorancia al mundo se paga con un paulatino alejamiento de aquel. Con el hermetismo y la obstinación, con la paciencia del alquimista que ensaya una y otra vez pero solo obtiene plomo en lugar del valioso oro. De golpe, la madurez sorprende a Arthur en un estado comatoso, rendido al éxito comercial de sus números de magia y, al mismo tiempo, frustrado porque aquellos no le permitan alcanzar ese algo más. Lo escondido, lo oculto, lo que no pertenece a la esfera de los humanos.

La noche del ilusionista es la crónica de un deseo inalcanzable, de una herida que la curiosidad infantil alimenta hasta supeditar la vida misma a su mantenimiento. Como si, a pesar de los años transcurridos, su autor todavía imaginase a ese joven Arthur que presencia impasible cómo un rayo perdido fulmina a su madrastra. Por eso, la prosa clara que utiliza Kehlmann resulta tan engañosa, pues como un sencillo truco de magia oculta, en sus engranajes, la agonía a la que su protagonista no sabe cómo poner fin. Ni siquiera, tal vez, con la muerte. En un tiempo tan desencantado como el nuestro, las desventuras de Arthur Beerholm son una perfecta alegoría de una tierra prometida que, por mucho esfuerzo depositado, resulta otro espejismo más de nuestro paisaje. Un espejismo que se cobra nuestro ímpetu en la forma de una tristeza inconsolable, como la de ese niño al que solo le sale bien el número de cartas si antes las marca con un lápiz para poder reconocerlas. De ahí que el relato de La noche del ilusionista sea, ante todo, un aprendizaje de la frustración. El anhelo por trascender hasta hallar todo aquello que la realidad nos oculta y la sensación de que, como el oficio de ilusionista, esa tarea es tan imposible como atrapar un rayo en una botella. O expulsar la espina clavada que ha marcado la historia de nuestra vida.

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