La tejonera, de Cynan Jones (Turner). Traducción de Carlos Milla e Isabel Ferrer | por Óscar Brox

Cynan Jones | La tejonera

Abandonad toda esperanza. Si alguna vez la hubo, se la llevaron la intermitente llovizna, el agua gris que se acumula en los baches del camino y un cielo perennemente encapotado. Nada cambia, por mucho que nos esforcemos para desviar el curso de los acontecimientos. La vida pasa de padres a hijos con sus reglas y preceptos, estancada de una generación a la siguiente, con el temor de sentir esas emociones que preferiríamos desconocer. Entre pedregales, tejoneras y el trabajo duro de una granja de ovejas. Entre los efluvios de los animales, el olor de la paja podrida y las crías que luchan por su vida cuando, quizá, ni siquiera saben que la tienen. Entre manos curtidas y manos cansadas, las de un granjero o las de un hombre violento, a cuyas existencias marcadas dedica su novela Cynan Jones.

La tejonera arranca con Daniel, un granjero recientemente enviudado. Casi en silencio, con el único apoyo de una narración breve y cortante, Jones invoca la fuerza de los ritos cotidianos entre ovejas a punto de parir, la preparación del alimento para los animales y la incipiente melancolía que avanza desde las entrañas de su protagonista. Porque Daniel no puede olvidar la muerte de su esposa, golpeada por uno de sus caballos. El cráneo aplastado, la fuga de recuerdos que flotaba junto a la sangre, y la promesa de un horizonte ceniciento en la soledad de su granja. No, no puede olvidarla, como en esa escritura rítmica que, en oleadas, devuelve el brutal impacto de la coz sobre su memoria. Aunque trate de soñar con ella, de fabular con su regreso al encontrar un trozo de tela de ella; aunque disimule esa opresión que amenaza con reventar sus costillas mientras mantiene en orden la vida de la granja.

A Jones le preocupa retratar los ambientes a través de los detalles que sobreviven al fuego del tiempo; los olores acres, el sabor a goma de la manguera que utiliza su protagonista para beber un poco de agua. Pequeños matices sobre un gran cuadro continuamente desenfocado, como si ese lugar perdido en Irlanda fuese una sucesión de trazos y colores furiosos, de palabras que describen una geografía a través de su estado de ánimo. Sin más datos, con la economía de unos párrafos breves. Un entorno hostil en el que Daniel apenas ocupa una porción minúscula, arrinconado en el establo o derrumbado sobre la tumba de su mujer. Caracterizado por su soledad y por el temor a convertirse en su padre, a no poder ser otra cosa que eso. Una sensación que Jones explorará en un conmovedor pasaje en el que su personaje asiste al parto de una cría de oveja a la que debe sacrificar. Juez y verdugo. Hijo de un tiempo para la ira y el rencor, sin futuro, víctima de unas sensaciones que preferiría no conocer.

Ira y rencor. Violencia. Un hombre corpulento que caza tejones grandes y gordos para peleas clandestinas con perros. Si Daniel no consigue escapar de su pasado, este hombre solo puede vivir en él. Con el terror que proyecta y que le cobija, con el dinero que le proporcionan sus capturas y los perros terrier que servirán para las peleas. Sin nombre, casi sin pensamientos, con ese instinto de autoprotección que Jones invoca en las páginas, como si sus personajes, pese a todo, intentasen defenderse de un entorno que tarde o temprano acabará con ellos. Violento porque no puede ser otra cosa, otra persona, como tampoco aquel puede ser otro paisaje. Solo alguien que caza tejones, a los que golpea o destroza, de los que se esconde, quién sabe si porque también él ha aprendido que tarde o temprano será una presa.

La prosa de Jones huye de cualquier manierismo o efecto estético en su búsqueda de una expresión que alcance esa autenticidad que cada palabra intenta palpar, a veces con rotundidad y a veces a tientas. La tejonera, en este sentido, es un libro doloroso poblado de personajes perdidos en ninguna parte, que continúan con sus ritos cotidianos porque sus vidas, simplemente, no les proporcionan una salida de emergencia. Entre el lodo de las lluvias fuertes y la mierda de los estorninos que pinta las paredes de la granja. Entre las botas de caña hundidas en el fango de la carretera y las estacas con las que golpean a los tejones. Sin nada, una promesa o una esperanza, que consiga alterar la frialdad de ese paisaje que se consume junto a sus protagonistas, devastado y solitario.

Abandonad toda esperanza, cualquier religión o recuerdo del pasado. Otra vida, otra persona, otro camino. La muerte, más que algo literal, es un sentimiento que Jones explora a través de sus descripciones escuetas y capítulos breves, donde las palabras no se apelotonan y escasean. Como si la propia novela perdiese páginas a medida que enfrenta su conclusión, convencida de que ha penetrado en la boca del estómago, el rincón más negro de la vida de su protagonista al que solo un ángel de la muerte puede darle fin. Con un golpe de pala o con la ensoñación de aquel día en el que su mujer aún estaba viva y se dirigía a echar un vistazo al caballo. En esa calma rara que se adivina tras la última batería de rayos de una tormenta. Como si todo, esta vez, estuviese en paz. El único momento de felicidad que obtendremos de ese paisaje al borde del naufragio, en el que las vidas marcadas de sus personajes se consumen lentamente; en el deseo de que, de una vez por todas, llegue el final. Esa sensación que preferiríamos desconocer.

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