Conversaciones en Giverny, de Claude Monet (Confluencias) | por Juan Jiménez García

Conversaciones en Giverny | Claude Monet

Estamos tan empeñados en explicar a los artistas y sus obras que a menudo olvidamos que ellos mismos también lo hicieron. Explicarse, quiero decir. Contarse. Antes, no ahora, que cada cosa viene acompañada de mil entrevistas terriblemente parecidas (¿será falta de imaginación del artista o del entrevistador?). A veces, queda la sensación de que preferimos no saber, para así poder escribir mejor cualquier cosa. Entonces aparece una serie de libros como Conversaciones, editada acertadamente por Confluencias, y de repente todo se llena de iluminaciones, destellos provenientes de un mundo antiguo.  Leyendo libros como este Conversaciones en Giverny algo entendemos. Quizás es simplemente que muchos artistas son demasiado sencillos y nuestra visión de ellos demasiado complicada.

Claude Monet hablaba poco. En la conversación más importante aquí recogida, asistimos a varios encuentros con Marc Elder, allá por 1922, escritor que llegó a ganar el premio Goncourt (lo cual no le hizo sobrevivir a su época, parece). Desfilan los lugares y los motivos alrededor de los que se construye Monet hombre y, por tanto, su obra, indivisible. Elder escribe y escribe, cuenta, crea pequeñas piezas de orfebrería, hermosas y frágiles. No hay nada de impresionista en ellas. Era más bien expresionista, y cada impresión es construida hasta intentar darle su justa medida. Monet habla poco. Cuando lo hace tenemos la sensación de que sus palabras son ese simple trazo que le da sentido a todo, esa luz que ya no se desvanecerá, que quedará fijada, un nenúfar más, un reflejo más, un instante de ese tiempo. Como esos momentos que esperaba incansablemente cuando pintaba, y que podían ser poco, apenas nada, pero a la vez lo eran todo. Así, Elder construye el mundo que habita, mientras él nos habla de emociones, de sensaciones. Encontramos a sus compañeros y sus relaciones con ellos, las dificultades que en su tiempo tuvo el impresionismo, Japón, la comida, las bebidas, las plantas, su casa imposible, atravesada por un río, por los raíles del tren. Y por supuesto, que busca con su pintura, cómo atrapar una cierta fugacidad, cómo esperar ese instante que decíamos. Para Monet, una de las mayores preocupaciones es qué hacer con esa pintura que desaparecería, literalmente. Esos colores que el tiempo desvanecería. Podríamos pensar también eso de las palabras, de una conversación como esta en Giverny. Y sin embargo, hay algo triste: los colores permanecieron, la belleza de las palabras no envejeció, y solo esa manera de entender el mundo se fue perdiendo. Las cosas siguieron, la manera de entenderlas, no.

Precediendo a esta extensa conversación, Los años de prueba, de François Thiébault-Sisson (aparecida en Le Temps en 1900), transcribe una entrevista del autor con el pintor, en el que le ceda la palabra a este último para que rememore sus comienzos. Sus años de caricaturista y su encuentro con Boudin, que le llevará hasta París, frente a la negativa de sus padres. ¿Habrá alguna familia que quiera un hijo artista? ¡Antes comerciante! O abogado. Oficios nobles, provechosos. Así hasta su encuentro con sus compañeros de aventuras, los impresionistas, que estaban igual de bien considerados en los ambientes artísticos que en los familiares, visto lo visto.

El libro se completa con la evocación de los encuentros que tuvieron Walter Pach, por un lado, y Lilla Cabot Perry, por otro, con Monet, en su casa de Giverny. Los dos eran pintores norteamericanos, y la segunda, una de las primeras impresionistas por aquellas latitudes. Frente a las dos anteriores conversaciones, estas no dejan de tener un tono más evocador, en especial la segunda, que se publicó tras la muerte del artista francés. Más evocador y más centrado en la pintura en sí misma, con recorrido incluido por los cuadros (suyos y no) que crecían en las paredes de esa casa, obra en movimiento permanente salida también de sus manos.

Cuando acabamos con este pequeño libro inmenso, no puede dejar de embargarnos la sensación de que finalmente hemos logrado capturar algo. Una impresión, un vaga idea, tan mágica como esos nenúfares que Monet pintaba una y otra vez. Ecos de un mundo antiguo del que algo queda en algún lugar de nosotros, restos de otras vidas. El sueño de una tarde de primavera, en aquel jardín francés, verde y azul.

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