Mi padre, el pornógrafo, de Chris Offutt (Malas tierras) Traducción de Ce Santiago | por Óscar Brox

Chris Offutt | Mi padre, el pornógrafo

Últimos meses de vida de Andrew Offutt. Su hijo mayor, Chris, regresa al hogar para lidiar con las pequeñas cuestiones del día a día. Las cañerías de la casa no acaban de funcionar, así como tampoco el drenaje de un Andrew relegado a vivir en silla de ruedas. Casi sin reparar en ello, Offutt ha establecido un paralelismo que le perseguirá durante este intenso retrato del padre: la identificación entre el hogar familiar y la figura paterna; la simbiosis entre las experiencias de un pasado difícil y la complicada personalidad de Andrew Offutt. Sobre el papel, Mi padre, el pornógrafo es tanto un libro del padre como del hijo, mitad retrato de Offutt Sr., mitad remembranza de una juventud dura. Una sucesión de anécdotas, algunas de ellas verdaderamente estrambóticas, y asimismo un complejo estudio alrededor de una mente creativa que se escurrió lentamente hacia los márgenes. Un libro sobre la paternidad y sobre ese papel aún más arduo de representar, el del hijo. Y, también, una novela sobre el oficio de escribir.

Offutt nos sitúa frente a frente con la memoria de su padre, repartida entre los numerosos manuscritos archivados, la vastísima colección de pornografía que abarrotaba su casa y todas y cada una de las huellas con las que cuenta para reconstruir la identidad de Andrew Offutt. Así, el hijo ve a ese padre imposible, un auténtico gilipollas empeñado en litigar con cualquiera, ofensivo e hiriente sin motivo, encerrado en una tarea de escribir que le alejaba progresivamente de su familia. Que buscaba poner tierra de por medio. Offutt examina cartas y recupera situaciones casi olvidadas, momentos de vergüenza y episodios de ira. Signos, en suma, de una figura demasiado frágil. De un hogar demasiado convulso.

En cierto punto, la vida de padre e hijo se confunde a medida que ambos comparten profesión. Por mucho que la del padre sea una dedicación obsesiva, atrapada en la publicación masiva de historias de ciencia-ficción y porno que forjarán una carrera y numerosos alias; alias que, a la sazón, contribuirán a la distancia con su familia. Y, casi, con todo el mundo. Aunque se trate de guerras que solo conocía Andrew, como le sucedía con un Harlan Ellison que reconocía no tener nada contra él. Pocos papeles de biógrafo como el de Chris Offutt son más ingratos, sujetos a los frecuentes volantazos de una memoria paterna que sale de un charco para meterse en otro; que a menudo se disfraza de ogro para ocultar sus debilidades; que se sabe mezquino porque nunca ha dejado de ser un personaje herido. Y que comparte con su hijo esa vida dura, forjada en lo más complejo, que es (a su manera) germen para la escritura.

Más que una memoria, Mi padre, el pornógrafo es un libro de impresiones. Un recorrido discontinuo por la infancia de Chris Offutt y su difícil adolescencia, por la soledad, el terror, el ardor por escribir y ese sentimiento de piedad que alimenta el retrato de su padre. De ternura, pese a todo, porque no deja de escudriñar cada cosa que encuentra por si acaso le sirve para terminar de perfilar el ingrato retrato de Andrew Offutt. Aunque por el camino caigan anécdotas como las de las convenciones literarias a las que asistió para alimentar su ego, las cartas explosivas que redactaba en su afán por buscar gresca con cualquiera y los demenciales preceptos familiares que inculcaba hasta resquebrajar, a cada poco, el precario equilibrio que le podía unir con sus hijos.

Con todo, este ejercicio de literatura y memoria de Chris Offutt es, como el Casa de oración nº 2 de Mark Richard, una forma de penetrar en lo que, en una colección de relatos como Kentucky seco, supone el núcleo duro de la obra de Offutt. Los ambientes, los paisajes, los vecinos, las voces y esa rara, por no decir única, idiosincrasia con la que se conducen las vidas de aquellos que permanecen en los márgenes. Como sucede en sus relatos, uno llega al final de Mi padre, el pornógrafo, con la sensación de que un mundo ha pasado por sus páginas. Tal vez solo quepa la compasión con la figura de Andrew Offutt, la ternura que merecen los ogros porque, más que una biografía, su hijo ha llevado a cabo un exorcismo. Una forma de liberar lastre para poder empezar a entender. Y, sin embargo, todo está ahí: la forma de mirar, la voz como autor, el empeño por capturar desde la escritura una serie de vidas sacudidas. El retrato de todo aquello que fue y que, definitivamente, no volverá a ser.

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