La inmaculada concepción, de Catherine Dufour (Aristas Martínez). Traducción de Susana Arroyo | por Óscar Brox

Catherine Dufour | La inmaculada concepción

En conjunto, no tenía mucho de nada. Así arranca Catherine Dufour la descripción de su personaje. A saber: mujer, 35 años que no aparenta, trabaja picando datos en un ordenador y toma la línea 83 de autobús para volver a casa. Imaginamos un barrio cualquiera, un piso sin nada fuera de lo común y una vida en la que el blablablá de la gente que le rodea atormenta la falta de pensamientos interiores de Claude. Por mucho que deteste el olor corporal de su vecina de mesa, a la insoportable mujer que habita en el piso de al lado y al conductor de autobús que niega la más mínima palabra porque un cartel reza que no debe ser molestado mientras conduce. Sin necesidad de mostrarlo, Dufour deja que una dosis suficiente de humor negro tiña las primeras páginas de su relato. Que bañe a su protagonista en las pequeñas miserias de la vida corriente y en la falta de aspiraciones vitales que, nos guste o no, corroen la juventud. O, peor aún, nos instalan en una juventud que nunca sabrá lo que es madurar. Pero, más que a su protagonista, Dufour señala el ambiente. Ese caldo de cultivo absolutamente tóxico que inculca el temor, la vergüenza y la falta de intimidad como síntomas de una sociedad en la que las cosas no acaban de funcionar.

De ahí que el humor negro se transforme en algo más, tan pronto la novela aborda el misterio del embarazo de su protagonista. Ahí está, o estará, el bebé. El hijo que Claude no sabe cómo ha ido a parar a su interior. ¿Inmaculada concepción? Para la Sanidad Pública tal vez sea cuestión de un trauma post-violación (primer directo a la mandíbula de Dufour); para su compañera de despacho, cosa de parapsicología y exorcismos (segundo directo); para la autora, resultado de una sexualidad femenina mal entendida (y alcanzamos el K.O.). Todo lo grotesco, todo lo abiertamente fantástico, converge en una misma dirección: apuntar en la figura de Claude los síntomas de una sociedad que sigue sin tragar del todo bien la emancipación femenina; menos aún, el placer (cuántas veces preguntarán a la protagonista por el padre del bebé) o, peor aún, la soledad.

Lo interesante de Dufour es cómo elige el género para envolver su reflexión. El sexo, turbio, se da la mano con un desarrollo cada vez más sofocante; Topor encuentra a Kafka, los fantasmas sexuales del primer Cronenberg se instalan en un suburbio de París. Dufour retrata la gestación como una pesadilla, no tanto por tratarse de un bebé no deseado como por el terror que invade a su protagonista al no saber cómo explicarse. Al intuir que ni siquiera puede asegurar que se conoce a sí misma. Su deseo. Sus pequeños placeres. Su microcosmos más allá del horror cotidiano de gestionar montañas de datos insignificantes en su puesto de trabajo. Por lo que cada imagen parece arraigada al escenario de una película de terror. Una equivocación con el autobús de línea parece conducir a Claude hacia un callejón sin retorno; los métodos para interrumpir su embarazo acentúan aún más esa viscosidad que se mueve en su interior; la intención de acabar con todo, empezando por su transformación corporal, roza la pura desesperación. Y, lo más curioso, Dufour apenas necesita grandes gestos para resumir todo esto de lo que hablamos.

Así como su humor negro resulta fino, el abismo al que arroja a su criatura es tan cruento como discreto, un Apocalipsis íntimo bañado en carcajadas de autocompasión. En terror a uno mismo, a falta de ponerle cara a lo desconocido. A ese nuevo estatus que saca a Claude de su ensimismamiento, de un relato vital mediocre, exponiendo frente a sus morros todas las heridas que no ha sido capaz de cerrar. O de aceptar. Las mismas que la sociedad oculta con relatos de éxito, moralina, capitalismo a destajo y cualquier mantra que esté de moda. Lo que haga falta para tapar todo pensamiento peligroso. La emancipación lo es, también una sexualidad desprejuiciada, también no sentir el acecho del reloj biológico o la obligación vital de la maternidad o cada uno de los síntomas que evocan una programación biológica en las mujeres. Una restricción. Un aislamiento. Un tabú que recorre el cuerpo de abajo arriba, hasta convertirle en ese misterio que atenaza a Claude. Que la convierte en esa Nada con un monstruo palpitando en su interior.

Novela breve, en la que cada palabra tiene su peso y motivo, La inmaculada concepción es una afilada reflexión sobre una feminidad mal entendida, acaso también temida, que Catherine Dufour traslada del interior de su protagonista a ese exterior grotesco y pesadillesco en el que todo parece peor de lo que realmente es. Gris, aburrido y final. A la espera de unos tentáculos, una viscosidad, un mutante o una aberración cromosómica liberen a su protagonista de un mal sueño que, en el fondo, siempre ha estado dentro de ella. Como fruto de una sociedad en la todavía sigue latente el miedo a conocerte a ti mismo, a pensar por ti mismo, a gozar, a liberarte del lastre de todas esas miradas tibias para las que, ante la duda, lo mejor es un exorcismo.

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