Le ParK, de Bruce Bégout (Siberia) | por Óscar Brox

Le ParK | Bruce Bégout

Una de las claves bajo la que se recoge el signo de lo contemporáneo es la superproducción. La sobreabundancia de estímulos, que tanto puede referir a lo psicológico como a lo económico, y la sobreabundancia de afectos, que a fin de cuentas dibuja el mapa de nuestra condición humana. Capital y pasión, una alianza que cubre desde la evasión más pueril hasta los aspectos más fundamentales. Bruce Bégout había posado su mirada con anterioridad en una de las potencias del consumismo más febril, Las Vegas, como simulacro y espectáculo del porvenir de las metrópolis. En Le Park, la novela que publica Siberia, el filósofo francés orienta esa reflexión hacia la ficción -por tanto, hacia la intuición y las fabulaciones- en forma de un gigantesco parque de parques que, como aquel libro de Ballard, deviene una exhibición de atrocidades.

Escrito a mitad camino entre el informe y la crónica periodística, Le Park aborda un repaso exhaustivo de las características del parque, descripción casi imposible que Bégout convierte en rasgo propio del lugar: el exceso de detalle y la proliferación de atributos, la acumulación y la sobreproducción, la falta de una definición cerrada ante un espacio que no deja de extender sus tentáculos al conquistar cada afecto y cada estímulo que podamos poner en liza. Un jardín de las delicias con forma de campo de exterminio, una guardería y una cárcel, un geriátrico, el paraíso y el purgatorio, Disneyland y Treblinka. Opuestos que comparten una naturaleza espectacular, la divisa de nuestro presente, y que se injertan en esa isla cerca de Borneo como miembros de un mismo cuerpo; de una idea de ocio violada y ultrajada por sus continuas evoluciones, donde puede el más, la lógica del añadido y la falta de límite.

Bégout, sin embargo, aporta un enfoque interesante: el parentesco o la raíz que comparten las diferentes atracciones del parque, es decir, cómo lo contemporáneo parece que acerca (y acepta) como dos fenómenos similares el entorno concentracionario con la imagen tradicional de un lugar para la familia. He ahí una de las patas del análisis de su autor, que construye un espacio inmenso para poder reflejar la mutación/corrupción/evolución de las formas de ocio y la reflexión que atrae para sí esa mezcla. En el fondo, se trata de una manera de visar algo tan difícil de aprehender y formalizar, y sin embargo tan común en nuestro discurso, como la novedad; la ansiedad por lo nuevo y la demanda de lo diferente/insólito. De ahí, por cierto, una de las ideas más atractivas del libro: Le Park no es un conjunto de atracciones, sino un contrato social entre personas mediatizadas por dichas atracciones. En Le Park no hay lugar para el exceso, y si lo hay sin duda es un exceso de realidad.

A través de personajes con nombres vagos o elementales, Kalt (frío), Licht (luz) y Leer (vacío), Bégout desgrana las ambiciones teóricas del parque, más neuronales que psicologistas. Espacios para estimular nuevos contactos sinápticos y nuevos circuitos neuronales; zonas que respondan a las emociones, a la atracción y repulsión, al shock primitivo y al elaborado. Qué gran fantasía aquella que imagina un espacio diseñado como un cerebro, construido con sus elementos y organizado con sus funciones. Es ahí donde el filósofo francés articula otra de las partes de su discurso: la emoción que inspira ese lugar y el lugar que inspira esa emoción, lo que deseamos, lo que creamos y la relación fuerte que establecemos entre ambos puntos. Una cuestión abierta tanto al ámbito del arte contemporáneo como al de la reflexión moral, al urbanismo y a la sociología, tal y como, a partir de un concepto como la biopolítica, reflejara Michel Foucault en algunos de sus escritos.

Conviene leer Le Park como una poderosa introducción a cierta rama del pensar filosófico contemporáneo; como un ejercicio de seducción que tiene en sus contornos de novela de ciencia-ficción su mejor herramienta. Un poco a la manera del Ballard de La exhibición de atrocidades, con el que comparte numerosos puntos en común, donde la reflexión sobre el destino de los afectos nos invita a continuar la investigación por otros medios. Por eso, la fortuna de un libro como el de Bégout hay que encontrarla en su lucidez para detectar los elementos que describen nuestro presente y, como cantara Ian Curtis, enseñarnos el camino para adentrarnos en él.

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