Evangelio esquizofrénico, de Bohumil Hrabal (La Fuga)  Traducción de Montse Tutusaus | por Juan Jiménez García

Bohumil Hrabal | Evangelio esquizofrénico

Tras más de veinticinco años viviendo una intensa relación de amor con Bohumil Hrabal y la ciudad de Praga, decidí ir allí. Escogí la peor época, temiendo (como temí siempre) que Praga no existía y que todo había sido la invención de un puñado de escritores, un puñado de cineastas y de mí mismo. La certeza de que las ciudades no existen o solo una, la nuestra, y no geográficamente, sino sentimentalmente. Qué se yo… El caso es que, efectivamente, cuando llegué a aquella otra Praga no tardé en darme cuenta que la Praga que yo amaba profundamente se había quedado en la parte superior izquierda de la estantería que tengo frente a mí, y en la que tras un collage de Hrabal, una taza con él y no lejos del Švejk de Trnka, está todo aquello que es esa ciudad para mí, fundamentalmente. Y sí, es injusto, porque la ciudad es de una belleza terrible y, si logras sobrevivir a sus inexistentes semáforos y a nosotros mismos, turistas, incluso puedes encontrar algo. Y tal vez, cuando tomábamos uno de esos pegajosos trdelník rodeados de avispas, pude pensar que el tío Pepin no estaba lejos. Y Praga es mi esquizofrenia, mi percepción alterada de la realidad. Y mi evangelio, una de las pocas cosas en las puede creer, es Hrabal. Y por eso, leer los relatos de Evangelio esquizofrénico tras mi aventura praguense es una experiencia electrizante. Pero es que todo en mi relación con el escritor checo es electricidad y chispas.

Evangelio esquizofrénico está atravesado, como toda la obra de Hrabal, por su tío Pepin. Porque el tío Pepin está presente de pensamiento u obra, y buena parte de su narrativa descansa sobre la capacidad de aquel para contar historias por contar historias, pegadas unas a otras por la simple voluntad de su narrador y las técnicas de collage del sobrino. El mundo no se hizo en siete días y de hecho aún está a medio hacer, y a personajes como el tío Pepin, ese otro Švejk, les corresponde seguir la tarea, bajando a los detalles. En Evangelio esquizófrenico, relato bíblico, finalmente arrojamos un poco de luz sobre las fantasías originales, y todo es más cierto porque es más vivo y porque la gente ya no habla de forma lenta y pesada, con esa solemnidad de siglos, sino como en una taberna, lo cual tiene que ser necesariamente más cierto, en el año cero y ahora. Algo así ocurre con Las desventuras del viejo Werther. Goethe ya murió y también el joven Werther y no pocas cosas más. Y en los nuevos tiempos, el nuevo Werther es un tío Pepin incansable, que corre detrás de las mujeres y delante de la Historia, como un heraldo de los tiempos. No hagáis nada, solo existe el instante y después del instante otro instante, y entre una cosa y otra, la cerveza. Y lo demás es vacío y ni tan siquiera merece la pena ser contado. Luego fuera: todo es intensidad, aire, viento en las velas.

Antes que Trenes rigurosamente vigilados estuvo Caín. Es como el ensayo general para una sinfonía. Faltan instrumentos pero no intensidad. No están todos los personajes pero están él y ella y algunas cosas son las mismas y otras son el eco y otras no tienen nada que ver. Pero está Hrabal, que sí que es el mismo, la misma marca de pegamento para fragmentos de vida y narraciones diversas. Y si el mundo se hizo en siete días (otra vez, sí, otra vez eso), Hrabal lo reconstruyó en algunos más. Pero es que el mundo de los siete días está hecho de estampas inmóviles con gente posando, mientras que en el de Hrabal todo se mueve y no hay manera de atraparlo. Y hasta cuando nada se mueve todo se mueve. Y es que entonces recordamos porque somos praguenses y hasta checos. Porque eso es un estado de ánimo que solo se alcanza con el necesario esfuerzo y aplicación y que nada tiene que ver con castillos y paseos en barco. O sí. Porque lo importante no son las cosas sino como esas cosas se cuentan. Y ahí ya no podemos echarle la culpa a nada, sino a nuestra mirada, que no se fija en lo esencial, es decir, lo que no importa a casi nadie. Es decir, las avispas.

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