Ron, de Blaise Cendrars (Barataria) Traducción de José Antonio Soriano | por Juan Jiménez García

Blaise Cendrars | Ron

No parece haber muchas imágenes de Jean Galmot. En las escasas fotografías se le ve consumido por la vida. En una de ellas, está sentado junto a una chumbera y el cielo amenaza tormenta. Está sentado en medio de la nada, sobre la tierra, y sonríe. Hay también una fotografía que hizo él. A sus trabajadores, junto a uno de los aviones de su compañía, capaz de hacer en dos horas lo que antes necesitaba treinta días (antes y después, porque desaparecido él volvieron las piraguas). Nada en él parece esconder una vida de aventuras y solo un poco, ese cuerpo consumido, una vida amarga. Blaise Cendrars es otra cosa. En toda y cada una de sus imágenes hay un brillo en su mirada, algo así como un desafío. Incluso cuando viste de traje, con pajarita. Si juntamos sus fotografías a aquellas otras, tal vez obtengamos una imagen más precisa de Galmot. Y Ron es eso.

Jean Galmot lo tuvo todo para no haberse complicado la vida con nada, pero lo cierto es que desde bien joven algunas cosas quedaron claras: una, su inteligencia; dos, una tendencia natural a acabar en problemas (aunque rara vez lo pretendiera). Quizás la primera cosa lleve a la segunda. Y quizás no haga falta ese “quizás” si lo relacionamos con el mundo de los negocios. El azar quiso que acabara casado con la hija de un empresario norteamericano que lo envió a la Guayana, para gestionar algunos de sus asuntos. Ya no volvería a abandonar aquella tierra, más conocida por su terrible prisión que por otras cosas. Pero él encontró más cosas: se lanzó a la selva y dio con las fiebres y enfermedades que le acompañarían a menudo (como a cualquier otro en aquellas tierras terribles) y el oro. Y tras el oro (que nadie esperaba encontrar) llegaron otras materias. Las concesiones aumentaron y con ellas la fortuna de Galmot. Pero Galmot era fundamentalmente un hombre bueno. Y además: un hombre bueno que creía en la justicia.

En Guayana no tardó en convertirse en un mito. Papá Galmot (como le llamaban) supo darles una dignidad a los nativos, dándoles derechos y tratándoles con dignidad. Pero eso no era del agrado del resto de las empresas. Los enemigos aumentaban y nuestro hombre no era muy dado a seguir el juego de los otros. Al contrario. La guerra se convirtió en el momento propicio para la especulación y entre medias quedó atrapado él, que no había participado en todo aquello (motivo más que suficiente para destruirlo). Galmot (que para entonces había sido nombrado diputado por aquella región) acabará incluso en cárcel, con procedimientos más que dudosos. Mientras, Blaise Cendrars escribe apasionadamente. Mejor: con furia. El escritor se entrega a la reconstrucción de aquella vida y ve en su hombre un igual. Un hombre libre.

Pero ¿dónde hubo un tiempo para los hombres libres? Los hechos se suceden, también las injusticias. No es muy difícil encontrar los hilos delirantes de una conspiración. Todo es burdo, mal hecho, incluso soez. Nada de esto le librará de nada. Jean Galmot cree en la justicia y eso es una ingenuidad más por su parte. No existe. Menos entonces. Volverá a Guayana para intentar volver a ser diputado y solo logrará ser envenenado, en un turbio asunto (uno más) que acabará en unos sangrientos disturbios. Esa es su vida, una vida de aventuras, que las fotografías no logran capturar. No así Cendrars que construirá un libro trepidante en el que no se buscan tesoros en selvas afiebradas, solo la verdad. Pero ¿hay aventura más complicada que la búsqueda de la verdad?

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