Bienvenidos al Bizarro, de VV.AA. (Orciny Press) Traducción de Hugo Camacho | por Óscar Brox

Hugo Camacho| Bienvenidos al Bizarro

Es probable que, a estas alturas, nadie recuerde a Venoso fructuoso. Aquel era uno de tantos engendros mocosos, flatulentos y vomitones que protagonizaban la colección de cromos de La pandilla basura. Pero, para una imaginación infantil en proceso de desarrollo, también la clase de shock visual primario que queda instantáneamente grabado en la memoria; hasta el punto de que su imagen, repleta de colores chillones y dibujos que mezclan lo excéntrico, lo grotesco y lo satírico, parece gotear, babear o palpitar con solo sujetar el cromo. U oler, ya puestos, a papel de mala calidad y pegamento de barra. A, en definitiva, las delicias de esa baja cultura que se colaba a través de los kioscos de barrio. La pandilla basura, Monstruos o Freaked hablaban de mutaciones y alteraciones físicas, si bien bajo sus estrafalarias imágenes latía un elemento algo más perturbador. Una sensación de desorden que, desde una perspectiva algo más adulta, ponemos en relación con nuestras prácticas habituales: la sociedad, la religión, la ideología, el sexo, el trabajo, etc.

Bizarro, tal cual, es uno de esos subgéneros literarios que corren el riesgo de caer solapados, cuando no directamente confundidos, en los grandes géneros de los que se han separado para encontrar su propia voz. Aunque no se adscriba al terror, leer cualquiera de sus viscosos relatos proporciona no pocos escalofríos. Por mucho que se desmarque de la ciencia-ficción, su discurso traza una interesante reflexión sobre el devenir de la condición humana. Más vitriólico que la sátira dirigida a torpedear nuestras ideas en torno a las buenas costumbres, un relato bizarro enfrenta, sin ambages, cada tabú y elemento moral que forma parte sustancial de nuestras vidas. De ahí, pues, que esta bienvenida literaria preparada por Orciny Press sea tan amable como un puñetazo directo a la barbilla, en busca de ese impacto inicial, aturdidor, que te obligue a pasar de un cuento al siguiente, en busca del más difícil todavía en un universo en el que la libertad creativa es total.

Lo sorprendente de la antología es constatar que el grupo de autores reunidos no necesita sacudir las reglas de la escritura, experimentar con el texto como tantos otros contemporáneos, para obtener un resultado que elimine de raíz nuestra confiada lectura; esa zona de confort en la que nos ponemos a resguardo para evitar que algo nos afecte demasiado. Para no empaparnos con la exhibición de atrocidades que pueblan las páginas del bizarro. Y es que la prosa clara de nombres como Jeremy Robert Johnson o Carlton Mellick III contrasta con el potencial perturbador de sus relatos. Con la manera de enfocar el (represivo) clima en el que la sexualidad, la política y el costumbrismo necesitan liberarse del corsé que les imponemos a base de mortales imperativos morales -como en las novelas de Yasutaka Tsutsui. Para naturalizar, tal vez, esa representación de lo monstruoso con la que todavía hoy definimos a lo diferente. Por mucho que lo monstruoso sea, aquí, una orgía multitudinaria en la que nuevas formas de enfermedades de transmisión sexual reconfiguran el paisaje humano que conocemos. En una versión lúdica y lúbrica del Cronenberg de la nueva carne, burlona y también militante, que hace de la sexualidad, más que una cuestión psicológica, una solución plástica. Un cambio continuo, de sexo y género -esto seguro que haría guiñar un ojo a Ursula K. Le Guin-, para dibujar una utopía con mutantes capaces de reconciliar los innumerables tabúes que nos separan en diferentes estratos sociales.

Mujeres sin labios, hombres con cerebros conectados a partir de electrodos en una cubeta, ojos con dibujos de Hello Kitty o pollas que parecen champiñones en estado de erupción, femme fatales intoxicadas por el terciopelo azul, tatuajes de Popeye que bailan de una teta a la otra, vaginas que sintonizan el programa de una emisora de ultraderecha mientras buscan el orgasmo o profesores dementes que ametrallan sin piedad a cualquier alumno que no sea capaz de explicar qué es el falo según Lacan. Es tal la cantidad de saltos mortales que acumulan las páginas de Bizarro que alcanzas el final del libro al límite del aliento. Fascinado, espantado, encariñado y estimulado con ese microcosmos en el que cualquier cosa parece posible si, sobre todo, sirve para desestabilizar el establishment y el statu quo, la seguridad que atribuimos a cada cosa y la convicción que depositamos en nuestras respectivas identidades. Para zarandearnos con ganas, jugando con nuestros prejuicios y con nuestros deseos más oscuros, con cada uno de esos rincones que exploramos desde la literatura.

Sería bonito pensar que, en unos años, a esta colección de pequeñas obras maestras de la literatura del desorden y las malas costumbres le sucederá lo mismo que a aquellos cromos. Volveremos a sus relatos en busca de un shock literario primario, visceral y, sobre todo, prolongado. Con ganas de chapotear en sus imágenes delirantes, de vibradores, cambios de sexo, vomitonas y una libertad expresiva integral. La clase de libertad que apunta con el dedo acusador hacia ese catálogo de moralidades rijosas que hacen de nuestra realidad un espacio un poco más estrecho, plano y peligrosamente acomodado. El lugar perfecto para lanzar un cóctel incendiario de literatura.

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