Las palabras de mi vida, de Bernard Pivot (Confluencias) Traducción de Teresa Lanero | por Juan Jiménez García

Las palabras de mi vida | Bernard Pivot

Es difícil no conocer a Bernard Pivot. Bueno, igual no tanto. Después de todo su mayor mérito fue tener durante dieciséis años un programa de cultura, de literatura, en la televisión francesa y en horario de máxima audiencia. Ese programa se llama Apostrophes. Luego vinieron más. También podemos pensar que tan solo creo la revista francesa de literatura de mayor tirada, seguramente, Lire. O que, lúdicamente, creó un programa que se convertiría en un fenómeno televisivo (otro), y que consistía en un competición ente institutos de todos los rincones del país, una competición de… dictados. Sí, de ortografía (Les Dicos d’or). Tremendas perversiones francesas. Y digo solo a todo porque, realmente, ser un periodista cultural capaz de haber llevado sus programas, sin ceder ni un ápice, a los más altos niveles de reconocimiento y audiencia (en su escala, claro) ¿te asegura algún tipo de (re)conocimiento? En Francia sí. Fuera de ahí… Acá… En fin. Sigamos.

Pese a haberse pasado la vida entrevistando a escritores y frecuentando su mundo, Bernard Pivot tuvo la decencia de no intentar ser uno de ellos. Bueno, relativamente, porque entre sus pecados de juventud, cuando aún no era mucha cosa, nos dejó una novela. Luego, pensó que lo suyo era otra cosa, y sí, nos dejó algunos libros, como el que ahora edita Confluencias, pero ya tratando de cosas de la vida, o, como en este caso, de su propia vida. Diríamos, de sus propias pasiones. Sobre vinos, sobre fútbol, sobre literatura (ese es Le métier de lire, en el que respondía a preguntas de Pierre Nora sobre sus experiencias televisivas, y que sería un lujo poder ver algún día traducido en este país). Y también sobre sí mismo. No una autobiografía, que sería, después de todo, algo extraño para una persona que construyó su vida en permanente diálogo con otros, sino algo más apropiado a sus gustos: un diccionario. Y eso es este Las palabras de mi vida.

Bernard Pivot confiesa su gusto por los diccionarios. Los lee cada día (más allá de consultarlos), como si el idioma (así es) fuese una obra en construcción permanente para cada uno de nosotros. Entender pues sus recuerdos como un conjunto de definiciones personales que corresponden a un conjunto de palabras, no deja de ser un acto de justicia poética con respecto a su vida. El escritor francés no se conforma con ir a lo fácil, a los conceptos, a esas palabras que pueden resumir una vida, sino que, juguetón como siempre ha sido, juega a algo más próximo a la evocación. Nuestro apego por determinados términos, su apego por ellos, puede venir simplemente de una sonoridad, de una especificidad, de una rareza, y ello nos llevará hasta otras sonoridades, especificidades o rarezas que fueron recorriendo nuestros años.

A palabras esperadas como lire (leer), écrivain (escritor), baisers (besos), mot (palabra), lecture (lectura) o amour (amor), algunas con varias entradas, se unen otras más misteriosas, como fragonarde (fragonardiana), chafouin (garduño) o muchas otras, que nos llevarán hasta otros lugares, más insospechados, desde el gusto por la propia palabra en sí a alguna deriva de propio Pivot, por el simple placer de eso, de las palabras, que tienen una vida tan personal como la del propio escritor. Así, irá recorriendo todo: su infancia lionesa, sus primeros o últimos amores (aunque estén siempre inscritos en una reflexión más púdicamente abstracta sobre el amor y el sexo), sus estudios de periodismo, su relación con los escritores, el fenómeno cultural que representó Apostrophes, sus otros programas para la televisión francesa, sus experiencias periodísticas, la creación de una revista como Lire, sus gustos y obsesiones (desde la buena comida hasta el fútbol), hasta temas más propiamente mundanos, que una autobiografía (ese lugar para la transcendencia) evita, pero no un diccionario personal.

Y Pivot, que en sus programas aparecía como alguien atento al detalle, meticuloso, apasionado y con un cierto toque irónico, se nos muestra en su escritura exactamente como eso. Un devorador de vida, un saboreador de palabras, un crío juguetón, un animador cultural (y cuánta falta nos hace gente que piense que la cultura es algo vivo, animado), orgulloso de sí mismo (por qué no decirlo y, por otro lado, por qué no iba a estarlo) y del papel que desempeñó (y, ya convertido en icono cultural, desempeña). Ciertamente le debemos mucho a Bernard Pivot. Mucho. Y con este libro nuestra deuda aumenta: ahora le debemos algunas horas más de felicidad, de placer lector. Nosotros, devoradores de palabras.

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