Boxcar Bertha. Autobiografía de una hermana de la carretera, de Ben Reitman (Pepitas de calabaza) Traducción de Diego Luis Sanromán | por Óscar Brox

Boxcar Bertha. Autobiografía de una hermana de la carretera | Ben Reitman

Cada vez que se echa la vista atrás en el tiempo, se tiene la sensación de que aquel asombro que palpitaba ante la mirada cuando se produjo el salto entre el Siglo XIX y el XX no ha vuelto a reproducirse con tanta intensidad. Sí, las revoluciones sociales se han sucedido, las distancias se han acortado emocional y técnicamente y, de una u otra manera, la vida se ha abierto paso. Sin embargo, cuesta ocultar la añoranza ante crónicas de un aprendizaje, sentimental y humano, como la que recogió Ben Reitman en Boxcar Bertha, su gran novela, que rescata para el lector castellano la editorial Pepitas de calabaza. Añoranza, aunque la palabra justa sería ilusión. La misma que su autor inyecta sobre el espíritu migrante de su protagonista, que recorre América de una punta a otra, escondida en los vagones de carga de los trenes de mercancías, mientras Estados Unidos acomete la transformación política, social y económica más severa sobre su paisaje.

La hobohemia, antaño un saber y una manera de posicionarse ante el mundo, una jerga y una actitud, es hoy otra parte de ese crisol de culturas que se han convertido en carne de revival, desde los beats hasta los punks, a falta de las condiciones idóneas para llevarse a cabo. En cambio, en Boxcar Bertha la cultura hobo lo era todo: no solo una postura, sino también una escuela, una condición de vida, un contrapoder y un saber reglado con su propia universidad. No en vano, más que un vagabundo o un desheredado, el hobo fue un migrante, una figura itinerante decidida a recoger experiencias en cada uno de los lugares que frecuentaba. Una actitud política, también, enfrentada tanto al capitalismo que empezaba a extender su manto cosmopolita sobre la sociedad, como a las últimas versiones del feudalismo que dirigían la vida agraria. En otras palabras, el enemigo. Ben Reitman fue uno de los estandartes de esa contracultura y, fruto de sus vivencias, Bertha Thompson se transformó en su guía para narrar el relato de otro tiempo en el que América supo vislumbrar otra sociedad posible.

Si por algo sorprende la lectura de Boxcar Bertha es por la insólita alegría que desprende su protagonista, a la que conocemos durante la infancia y abandonamos una vez instalada en la primera fase de la madurez. Resulta difícil, desde nuestra educación intervenida por el Estado y, en fin, la Iglesia, dar cuenta de esa falta de imperativos morales o políticos que gobiernan la existencia de Bertha; cómo todo a su alrededor se mueve en un clima fundado en la confianza y en la experimentación, en el gesto cómplice y en el atractivo del riesgo. De ahí el carrusel de vidas que encapsula la protagonista durante el libro, donde conviven sin ningún atisbo de jerarquía los trabajos nobles con los innobles, las penurias y la holganza económica, las parejas de ida y vuelta con los amores indestructibles, lo sórdido con lo más tierno. Reitman apenas se esfuerza en distinguir los unos de los otros, pues todos son al fin y al cabo capítulos de una misma historia, partes de un mismo cuerpo. Y, por encima de cada uno, queda la sensación de que lo importante reside en el gesto, en su falta de coerción externa, en el afán de Bertha por construir una realidad desde sus propias intuiciones.

Una novela como la de Reitman se puede leer tanto como una colección de vivencias aglutinadas desde el frenesí de la juventud que las exprime al máximo como, también, un tratado político sobre una sociedad enfrentada a la hegemonía del capitalismo. Ya conocemos la historia, pues el método siempre es el mismo: si no puedes liquidarlos, refórmalos e intégralos en el tejido de la nueva sociedad. Qué mejor campaña que los parabienes del New Deal para limitar el alcance de la cultura hobo; su desinfección, su higienización, como si se tratase de hijos descarriados a los que hay que cobijar con el mismo talante armonizador de las organizaciones benéficas. Las palabras de Reitman siempre expresan la pugna contra cualquier intento de normalización, por qué no puede llamarse normal a la vida y el saber hobo, que ilustra cada arrebato de incontenible alegría de su protagonista, continuamente en tránsito, en el camino, entre una ciudad y la siguiente. Lo curioso, también lo admirable, es cómo ese gesto, que podríamos entender como el de una generación sin destino, es en cambio la visión más elocuente de aquello que echamos en falta: madurar nuestra mirada mientras la abrimos a ese mundo apenas inaccesible, casi impenetrable, que se despliega a nuestro alrededor. Ese al que Bertha se abraza como si se tratase de un amante, del que recaba toda la información, todo el conocimiento, que absorbe con tanto ímpetu que podría secarlo completamente.

Acercarse al mundo desordenado, a veces trágico y a veces cálido, de Boxcar Bertha supone asomarse a una realidad opacada por otra realidad, como en una guerra donde la historia la cuenta el ejército vencido. En verdad, la de Reitman fue la crónica de un fracaso, de cómo la embestida de la administración Roosevelt eliminó progresivamente aquellas capas sociales. Pero también la crónica de una mirada enamorada del lugar, hambrienta de experiencias, como si deseara vivir cada oportunidad que se le presentase por el camino. De ahí esa extraña sensación, a ratos conmovedora, que pilota la novela, entre un tiempo condenado a desaparecer y una juventud que ambiciona construir un mundo con sus propias palabras. O cómo la realidad de Boxcar Bertha se desarrolla mientras la vida se abre paso.

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