Béla Hamvas. Moverse entre las cosas, por Juan Jiménez García

La melancolía de las obras tardías, de Béla Hamvas (Ediciones del Subsuelo) Traducción de Adan Kovacsics | por Juan Jiménez García

Béla Hamvas | La melancolía de las obras tardías

¿Cómo no sentir inmediatamente simpatía por un libro que tiene por título La melancolía de las obras tardías? ¿Cómo no sentirla por un libro que contiene ensayos sobre el canto de los pájaros o coger cerezas? ¿Cómo no esperar todo de él? Esperar todo de él y encontrarlo ahí. Y reparar en que esos títulos no solo no son vanas promesas de algo sino toda una declaración de intenciones, capaces de contener la esencia de todo lo demás. En ellos está contenida la búsqueda de un sentido, a través de la sencillez. Una sencillez que arroja una cálida luz primaveral, de atardecer, sobre temas complejos. Porque Hamvas no fue un hombre cualquiera, aunque tal vez lo pretendiera. Fue uno de aquellos tantos sobre los que su época arrojo toda la estupidez y todo el silencio que era capaz de reunir. Con una obra condenada a los cajones de su escritorio, nunca renunció a la libertad. La libertad, que para él no era la ausencia de obstáculos (eso es el capricho, decía), sino ser plenamente consciente de lo que uno es, dónde está y cómo moverse entre las cosas.

La melancolía de las obras tardías es una reunión de textos que abarcan buena parte de su vida, publicados aquí y allá, prohibidos la mayor parte de las veces. Aún se siguen reuniendo sus obras completas, pero su lugar en la literatura húngara es, nos dice Adan Kovacsics, de suma importancia. Filósofo, el primero de sus logros es haber sido capaz de construir unos textos cristalinos, de una belleza insólita. Tal vez, porque en él habitaba el corazón de la poesía. Preguntarse qué hace tan especiales las últimas obras de autores como Beethoven o Shakespeare (en el ensayo que da título al libro) se convierte un apasionante viaje sobre la creación y la vida (qué son esas obras sino ésta recogida en una última gota de miel, en sus palabras).

Hay, en muchos de sus ensayos (El canto de los pájaros, Árboles, Coger cerezas), un gusto por la vida que nos corta el aliento. Que un pájaro cante de una determinada manera, que un árbol tenga una determinada forma o el acto de subirse a un cerezo (cosa que no podemos hacer con un manzano), se convierten no solo en una reivindicación de la belleza y la luz sobre la oscuridad (y Hamvas sabía mucho de tiempos oscuros) sino en una reflexión sobre otros temas que rara vez se afrontan desde ese hedonismo, esa búsqueda dulce del placer. Casi sin darnos otras tantas cuestiones vienen a nuestra cabeza, y otras tantas respuestas a su escritura. Hay algo de tranquilizador en pensar que podemos intentar entender el mundo desde una posición cerca a la del paseante. Dice: el pecado, amigo mío, consiste en el encierro. Hay que lanzarse a los caminos no para huir de nada, sino para encontrarnos con todo. Y si no se encuentra, seguir buscando.

Así, avanzamos entre la obra de Beethoven, de Kierkegaard, de los filósofos clásicos, como entre esos mismos árboles, aquellos cerezos. Y una cosa nos lleva a otra y esa otra a una más, como en ese poema de resonancias brechtianas que es La formación de los Estados. Y al final todo acaba porque tiene que acabar, pero nosotros hubiéramos seguido igual, caminando junto a Hamvas, en un silencio lleno de palabras. Y, como en El maravilloso viaje de Joachim Olbrin, empezamos a comprender que el secreto está en crear (hombres u obras) dejando en cada una de ellas una gota de sangre. Una gota de vida.

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Détour

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