Ayòbámi Adébayò. El peso del hijo, por Dara Scully

Quédate conmigo, de Ayòbámi Adébayò (Gatopardo) Traducción de Irene Oliva Luque | por Dara Scully

Ayòbámi Adébayò | Quédate conmigo

El vientre está vacío. La línea lisa de la piel, la suavidad, la herida. El vientre de Yejide guarda un hueco para la criatura. El hijo que hará de ella la mujer completa, la mujer que merece su marido. Porque en Nigeria, una mujer es una madre. Es la que pare y cría y salvaguarda el honor de la familia. ¿Qué es una mujer sin hijos? Una piedra estéril. Lo inservible, arrojado a un lado, hecho un manojo de trapos, una flor desnuda. Las hojas ennegrecidas, marchitas; el tallo a punto de quebrarse. Por eso Yejide implora. Ella, que es una mujer joven, una mujer que deseaba la libertad y el vuelo, cae sin remedio en la trampa, quebrándose las patas como el animal en el punto de mira. Está atrapada. Y su vientre liso aúlla por las noches, devora el interior de su carne, la señala. Tú no eres una mujer, dice la familia. Tú no puedes hacerlo. Y si tú no puedes, otra vendrá que pueda parir a las criaturas.

Y así aparece Funmi. La muchacha, la otra. La segunda mujer. En Nigeria, el hombre no se conforma con una sola esposa. Su familia crece, se ramifica: las mujeres en cuartos separados, los hijos que compiten. El hombre es hombre cuando se reproduce. Cuando extiende su semilla por el mundo. Pero a él no se le exige la fertilidad. Él es un hombre, puede hacerlo. Si la criatura no llega es sin duda culpa de Yejide. De sus ovarios, sus pechos, su útero vacío. Él está fuera de toda duda, aunque tampoco Funmi traiga hijos a la casa, sólo una miseria dolorosa, la rabia, la traición de un hombre al que Yejide ha querido desde el primer día. Ahora tiene dos mujeres y una cuna vacía. Y el dolor se enquista y rabia, crece la llaga que supura, y Yejide, tendida en su cama, ve crecer un vientre que sigue vacío, siente el golpe del hijo que no existe, sus pechos se endurecen. Está embarazada, dice, pero los médicos lo niegan, la sangre lo niega, su propio marido tuerce la cabeza. Sabe que no es posible pero calla, y el dolor sacude a Yejide hasta partirle en dos el cuerpo, hasta que su vientre se hincha sin llegar al parto, hasta que pasan los meses y debe agachar la cabeza. No hay un hijo en mis entrañas. Te he fallado. Te he fallado, Akin. Perdóname por no estar a la altura.

A Yejide la sobrevuela la miseria. Su lugar en el mundo, en su casa: su propio cuerpo se desvanece. Es una presencia liviana, a punto de extinguirse. ¿Qué pasará si Funmi le da a Akin el hijo que merece? ¿Qué será de ella? Qué ocurre con todas esas mujeres que no conciben, que no realizan la función que la vida les impone. Rostros helados tras las ventanas. Cuerpos que se abandonan, ocultos en habitaciones cerradas donde nadie huela su miseria. El peso que cae no sólo sobre las mujeres nigerianas, sino sobre tantas otras a lo largo de los siglos, en cualquier lugar del mundo. La mujer reducida a la vasija que gesta. El cuerpo que pare a los hijos. La madre. Mujer como madre que si no es, no existe. Y nos duele el dolor de Yejide porque nos queda cerca, aunque esté en otro país y en otro tiempo. Nos queda cerca porque aún lo vemos en las calles, aún se nos señala si no deseamos al hijo, aún nos dicen: tú debes ser madre. Porque no eres suficiente y nunca dejaremos que lo seas.

Y entonces, la semilla que prende: lo inesperado. Ahora sí, el vientre se abulta por el hijo. Pero el dolor sigue al acecho, y en este punto ‘Quédate conmigo’ se transforma, la mirada pasa del anhelo de los hijos al terror de perderlos. De gestar para sufrir cuando se mueran. De rogar: quédate conmigo. Para seguir siendo mujer, madre, esposa. Para que la traición no duela tanto. Para que esta vida que se ha torcido hasta romperse no nos rompa con ella.

Si ‘Quédate conmigo’ tiene un problema, es que sucede demasiado. Su mirada varía, nos oprime, deja caer sobre Yejide un peso que la aplasta. Pone de manifiesto el machismo, las mujeres reducidas a vientres gestantes, su insignificancia fuera de su deber como madres, pero añade tantas capas al dolor de Yejide que la sofoca, y a nosotros con ella. ¿Era necesario subrayar una y otra vez el sufrimiento? Tras la lectura, aún aturdida, pienso que quizás con un poco menos la novela sería más grande. Habría dejado una huella más concreta y sin embargo igualmente feroz. Pero aún así, hay algo necesario en ‘Quédate conmigo’, más allá del reflejo de Nigeria, su cultura y el machismo feroz en sus relaciones: logramos hermanarnos con Yejide. Hacemos nuestro su temblor, comprendemos su miedo, deseamos más que cualquier cosa tenderle nuestra mano y decirle: estamos aquí, contigo.

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Détour

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