Londres después de medianoche, de Augusto Cruz (Seix Barral) | por Óscar Brox

Augusto Cruz | Londres después de medianoche

Hasta la década de los 50, cuando se dejó de fabricar y utilizar el nitrato de celulosa como material para el soporte de la película, el cine vivía prisionero de una ilusión tan fugitiva como evanescente. Víctima de su fragilidad y de la falta de preservación, gran parte de la producción cinematográfica desapareció consumida y descompuesta, como un arte efímero que abandonaba su entidad fílmica para anidar en las ensoñaciones de los primeros coleccionistas. A buen seguro, Londres después de medianoche es una de las películas perdidas más famosas de la historia del cine; un filme soñado a partir de la imagen de su actor protagonista, Lon Chaney, el hombre de las mil caras; la clase de relato que activa el pequeño proyector que tenemos en nuestra imaginación para proporcionar voz y movimiento a las pocas imágenes que sobrevivieron. En 2012, el mexicano Augusto Cruz eligió esa película perdida como punto de partida para su debut literario, una ficción detectivesca tras la que late un profundo amor por el género y sus singularidades. Dos años después, Seix Barral presenta al autor y a su libro al público español.

Cruz arranca la novela en el piso del viejo acumulador y divulgador Forrest J Ackerman, convertido aquí en personaje de ficción. Enfermo de Alzheimer, el anciano contrata los servicios de un investigador, McKenzie, para que localice una copia de Londres después de medianoche. Aún recuerda el estremecimiento que le produjo verla de adolescente y su deseo es volver a visionarla antes de morir. McKenzie, retirado del FBI y antigua mano derecha de J. Edgar Hoover, acepta la misión. No en vano, toda su existencia ha vivido envuelta en secretos, los que debía proteger como representante de la Ley o los que marcaron algunos episodios de su vida privada, así que se encuentra familiarizado con la naturaleza del encargo. Ante la mirada del detective, Cruz opone el encanto olvidado de la ilusión y el espíritu de aventuras. Casi sin quererlo, advierte, McKenzie se ha convertido en el protagonista del relato que Ackerman está soñando.

Bajo su narración de intriga, Londres después de medianoche desarrolla un hermoso alegato sobre la aceptación cultural. Así, Cruz nos invita a compartir la mirada inocente de Ackerman, ese anciano cobijado por tantos años de coleccionismo y defensa de las manifestaciones culturales más populares. Ahora que el cine se adapta a los postulados virtuales, resulta todavía más necesario recuperar la ilusión por aquellas historias que prendían en la imaginación colectiva para, casi a renglón seguido, desaparecer consumidas por su carácter efímero. No tanto como una forma de nostalgia, sino de preservación de una mirada, de una suerte de educación sentimental, cada vez menos arraigada en la cultura contemporánea. De ahí que durante los primeros compases de la novela su autor ceda la palabra a especialistas del género como David Skal; a figuras que han construido una explicación teórica alrededor de los fenómenos populares. En definitiva, autores que nos han proporcionado un léxico familiar para amar lo fantástico.

A través de sus capítulos, Cruz construye un relato que abandona poco a poco el terreno de las certezas para sumergirse en el de los sueños. Como si se tratase de una frontera mental, el salto que lleva a cabo su protagonista desde Estados Unidos hasta México zambulle a la narración en un entorno delirante escrito desde la imaginación. Así, millonarios excéntricos, castillos en mitad de la selva o viejos cines edificados en lo más profundo de una cueva subacuática marcan el itinerario de McKenzie. En ese contexto fantástico, Cruz enfrenta al héroe con su némesis, un hombre empeñado en poner todo de su parte para evitar que las películas perdidas puedan salir a la luz. Martínez, así se llama, se arroga el papel de guardián de esa inocencia que está convencido solo puede resistir al tiempo si se mantiene en secreto. Nada aguanta la embestida de la madurez, ni siquiera aquello que amamos durante nuestras primeras experiencias como espectadores. Por eso hay películas que solo se deben revisar con la nostalgia, como celuloide empalmado con el pegamento de nuestra memoria.

De vivir en otra época, la trama Londres después de medianoche sería clasificada como carne de penny dreadful o de novela pulp. Con esos referentes, Cruz crea un artefacto literario que tiene como objetivo vindicar la importancia cultural de lo fantástico, de ese viejo encanto que ni siquiera el nitrato de celulosa pudo extinguir con las películas. Por eso, frente a las imágenes alucinadas que jalonan los últimos pasos de la novela, cuevas en llamas y decorados surgidos de la imaginería del cine B, su autor devuelve al relato a la habitación de Ackerman. Quién sabe si alguna vez hemos salido de aquella. Consumido por la enfermedad, el anciano ve cumplido su sueño de visionar por segunda vez el filme perdido de Browning y Chaney. Pero, en una jugada del destino, el Alzheimer le hace sentir que esta ha sido la primera ocasión. Hay algo hermoso en esa coda, un canto a la mirada eternamente inocente que ni siquiera el fuego del tiempo aplaca definitivamente. Esa misma mirada que recuerda el shock infantil frente a la marquesina de un cine, el volumen atronador del sonido de la sala y la relación de amor con la pantalla y las imágenes. Esa, y no otra, es la mirada que Cruz describe a lo largo de su novela, como una carta de amor a un sentimiento que nunca se agota.

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