La musa oscura, de Armin Öhri (Impedimenta) Traducción de Paula Aguiriano Aizpurua | por Almudena Muñoz

Armin Öhri | La musa oscura

La dedicatoria que Armin Öhri estampa al comienzo de La musa oscura se reduce a un sencillo y enigmático A Wilkie. El afamado escritor de misterios victorianos Wilkie Collins recurría a dedicatorias mucho más prosaicas y sujetas a compromisos amistosos o profesionales, nombres perdidos que no vienen al caso de sus novelas ni de ningún interés académico posterior. A ese pequeño trámite de autor lo seguían largos prefacios, en los que Collins casi parecía excusarse por experimentar con nuevos esquemas después de un gran éxito literario y por la naturaleza de sus novelas basadas en casos, juicios y trampas legales de su época. En el prólogo de Marido y mujer (1870), llegaría a afirmar que no hay historia sin propósito, hasta el punto de que realidad y ficción resultan indistinguibles mientras se desarrolla la larga digestión de la lectura. El señor Collins creía poder trasvasar algún remedio ficticio a las cañerías de la podredumbre social. El señor Öhri, tomándose la libertad de tutear a su maestro, intenta reconectar esa red de tubos literarios desviándolos de su propósito filántropo hacia un estudio febril y puramente teórico, como un Victor Frankenstein cualquiera.

El profesor Botho Goltz es la figura central nada más exponerse el misterio de La musa oscura, que se encomienda a la ontología antes que a los acertijos de habitaciones cerradas. El Berlín en el que vive, y que posteriormente lo juzgará por su crimen en una orgía de espectáculo sospechosamente similar a la de nuestro tiempo, podría ser el Londres de Collins, y Goltz, el John Jasper de El misterio de Edwin Drood (1870), de Charles Dickens. Un hombre de reputación y elevada profesión que es un mecanismo del mal, frío y perfectamente engrasado, que la novela aparta pronto en favor de cauces más románticos, aunque la historia amorosa que monta Öhri nunca consigue desprenderse de otra doble moral. Siguiendo la estela de moda en las sagas de novela negra, los eventos son seguidos (resueltos sólo de modo tangencial) por Julius Bentheim, un estudiante de derecho con ciertas dotes para el dibujo, que le permiten ganarse un dinerillo extra con morbosos bocetos en las morgues, los juzgados y las casas de los ricachones faltos de una industria pornográfica. Aunque el joven Bentheim se lleva la mayor parte del enfoque de la novela, quizá Öhri podría sustraerse como una criatura de dos cabezas, un Jano de las vertientes que se pelean en la práctica de la novela criminal.

Goltz, movido por un apasionamiento filosófico que se revela como un primer nubarrón nacionalsocialista, desea perpetrar el crimen perfecto, llevándolo a la práctica como el científico que necesita ir viajando desde el despacho hacia el laboratorio, anotando resultados. Öhri acomete la misma función que Goltz, aunque los remordimientos le lleven a inventarse también a Bentheim y darle la voz de un pecado más común, más corriente, de chiquillo que cree estar aplicando comportamientos innovadores. Como autor de la novela, Öhri prueba a colarse en un modelo literario antiguo, pero trampeando impúdicamente (esas citas constantes y gratuitas a novelas que leen los personajes, todo un abanico de lugares comunes, desde Victor Hugo hasta el susodicho Dickens), como Goltz al manejar pruebas y manipular la impresión de público y tribunal. Esa podría ser la gran diversión de la novela, pero he aquí que a Jano le crujen las vértebras y se nos aparece el rostro de Bentheim, cuyas peripecias, en definitiva, no guardan gran relación con el caso de Goltz y que se limitan a ser la cara blanca de esos juegos de engaño que se leían en Marido y mujer o en El tío Silas (Sheridan Le Fanu, 1864), que a Öhrin tampoco se le pasa mencionar.

Y mención aparte merece que la novela se conduzca hacia un final demoledor que pretende denunciar los monstruos de la razón que Goltz ha creado a partir de sus estudios y de la desviación de ideas aristotélicas, con la guinda de una escena que destila el mejor horror gráfico de Poe. Y que, a pesar de esa condena del loco calculador, casi un peaje para un narrador de origen alemán, el libro dibuje un panorama habitado por hombres incapaces de ejecutar y resolver crímenes perfectos y por mujeres prostituidas, vejadas, asesinadas, apalizadas, retratadas pornográficamente o manipuladas por los planes de sus padres y novios: una desoladora urbe europea que también pareciera delineada por Goltz, síntoma de que el continente todavía se deja susurrar al oído por la musa oscura.

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