Cuentos completos [1894-1903], de Antón Chéjov (Páginas de espuma) Edición de Paul Viejo | por Juan Jiménez García

Antón Chéjov | Cuentos completos [1894-1903]

Cuatro mil páginas, tres años después, esa aventura editorial de Páginas de Espuma, en edición de Paul Viejo, llega a su final. También para mi fueron cuatro mil páginas leídas y no solo cuatro libros editados. Hay todo un mundo detrás de esto. Un mundo que finalmente hemos podido recorrer de forma ordenada, hasta llegar a este final, un final, que, como en las mejores historias, nos deja sin respiración, relato tras relato. Antón Chéjov es un asunto personal desde hace muchos años, una cuestión de intimidad, de proximidad. Hay escritores que uno lee y otros que uno habita, que forman parte de nuestras vidas, como alguien más. Cuando Natalia Ginzburg escribió su libro sobre el escritor ruso, escribió un libro bien pequeño. Un libro que podía difícilmente ser biográfico y, mucho menos, bibliográfico. Y sin embargo, todo está ahí. Porque su relación, como la nuestra, era sentimental. Y es tan difícil explicar esa relación…

Estamos en 1894. Chéjov sigue colaborando con numerosas publicaciones y causas (en aquel tiempo, los relatos se publicaban en revistas literarias, incluso los más extensos, para pasar luego a un formato libro, si valía la pena). También ha empezado a ocuparse de sus obras completas. Revisa los relatos una y otra vez. Atrás, muy atrás, quedaron los tiempos en que escribir era una broma, una ocupación para que un pobre médico consiguiera algo del dinero para mantener a su familia. Tras toda una vida enfermo, la muerte no puede quedar muy lejos. Escribe poco, pero lo poco que escribe es inmenso. Y ya no solo a nivel de lo que podrían ser hoy en día novelas breves, como Tres años o Mi vida (que de hecho, en nuestro país, llegaron a editarse individualmente).

El deslizamiento progresivo de ese Chéjov bufo de innumerables seudónimos a este último, entre pesimista y melancólico, lo hemos ido viendo página a página, cuento a cuento. Sus relatos se espesan, sus atmósferas son más complejas, sus personajes se reducen para poder llegar mejor a ellos, pero su escritura permanece. Ese ser capaz de construir todo un universo a partir de unas pocas palabras. Esa capacidad para crear a sus personajes de un puñado de tierra. Darles vida, aliento, con unas líneas, un diálogo, apenas nada. Para ello se alarga (no siempre), se toma su tiempo (aquel que no le negaban en su momento). Ya no es una cuestión anecdótica, ahora vidas completas cruzan sus líneas.

En él se entrecruza todo un país (el alma rusa, que decimos tan alegremente) con los motivos chejovianos: el amor, la muerte, el sufrimiento,… Lo terrible puede ser un sutil deslizamiento hacia la locura (El monje negro) o el sueño de una vida mejor a costa de una mujer (La dama del perrito). O simplemente cambiar de vida (los personajes de Chéjov, tan dados a pensar en otros mundos posibles…): Un hombre en un estuche, La novia,… Como el protagonista de Casa con mezzanina, están abocados a despertar y a vivir con las migajas de los recuerdos.

Al fondo (en realidad, por todos lados) Rusia. La de los mujiks y la de los funcionarios. La de la nobleza y la alta burguesía y la de los trabajadores. Los retratos de Chéjov se vuelven más desesperanzados, incluso de una crueldad extraordinaria (En el barranco). Le acusan de dibujar una imagen brutal de las clases más pobres e ignorantes, pero es absurdo. No es que no sea cierto, sino que es igual con todos. En Mi vida, su protagonista renuncia insistentemente a su clase social para ser un trabajador más, con todo lo que eso conlleva. Pero ese acto de heroísmo acaba por convertirse en un absurdo. Nada es inocente, nadie es inocente. No, no es cierto, pero esa es la sensación. Melancolía por el futuro. Por lo que vendrá. Pero él ya no estará allí para verlo. Ese tiempo por venir está muy lejano y él ha resistido todo lo que ha podido a esa muerte tanto tiempo anunciada. Sí, una vida breve, pero aún larga en su falta de esperanzas.

Chéjov escritor ruso. Cierto. Pero aún con su tiempo, con sus peculiaridades, todo lo que nos cuenta sigue ahí, vigente, porque su escritura era una escritura que partía desde el interior de esos personajes. Y desde ahí, es fácil encontrar que, quién sabe desde cuándo y hasta cuándo, nuestras preocupaciones, nuestras alegrías, aquello que nos hace desesperar o sonreír, sigue siendo lo mismo. Aquí y en cualquier parte. Los personajes son intercambiables, también nuestros amores y los suyos. No, no somos tan especiales. O somos tan especiales como tantos otros.

No es fácil leer este cuarto tomo de sus cuentos completos. No es fácil porque nos vemos arrastrados por un torrente de escritura de una brutalidad (de una belleza) abrumadora. No estamos obligados a leerlos así, como un todo. Chéjov es un escritor para toda una vida, ajeno a épocas, a edades, a preocupaciones generacionales.

Cuatro mil páginas después, Chéjov sigue ahí, conmigo. Hemos estado juntos desde siempre. Qué hacer ahora. Está en todas partes. Leemos su relatos y aparecen fragmentos de películas que amamos en su día y ahora sabemos que solo eran una parte de él (Ojos negros y La onomástica). A veces son solo una idea, otras un diálogo. Entonces vamos reconociendo a otros chejovianos, como nosotros mismos. Una extraña secta, un grupúsculo que no necesita recorrer las calles de Moscú o San Petersburgo un día al año para recordarlo, porque, simplemente, está siempre ahí. Aunque pasemos diez años sin leerlo o un par de ellos sin dejar de hacerlo. No importa. Está. Es. Ser chejoviano es un estado de ánimo. Sin espacios geográficos ni fronteras. Como el cine de Nuri Bilge Ceylan, tal vez uno de los últimos, de los más decididos.

En fin, qué decir. Nada. Recuerdo aquel programa de Radio3 que presentaba Ramón Trecet: Diálogos Tres. Cada programa acababa con la misma frase, año tras año. Buscar la belleza: es la única cosa que merece la pena en este asqueroso mundo. Algo así.

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