Anita Brookner. La literatura: una soga al cuello, por Dara Scully

Un debut en la vida, de Anita Brookner (Libros del asteroide) Traducción de Catalina Martínez Muñoz | por Dara Scully

Anita Brookner | Un debut en la vida

Ruth Weiss es una niña callada. Una niña ausente que habita en los libros, en la penumbra de una casa densa, un poco hostil, donde la abuela impone su mando y los padres ríen como muchachos en una lejanía inalcanzable. Ruth lee para salvarse. Ahora no lo sabe, y cuando lo sepa, comprenderá que ha estado equivocada durante años. Le pesará la Verdad que ahora busca en las palabras: un hueco en el que acomodarse, un lugar, piensa, donde la vida discurra sin esa sombra que se filtra, sin los olores pesados de las comidas de su abuela, sin el reproche mudo de sus padres, su incompetencia. La niña Ruth cree en Dickens. Cree que la miseria siempre es recompensada. En sus libros, las grandes pruebas traen consigo, al final, una luz acariciadora. Dónde está su luz, se pregunta, y Ruth devora en su cuarto las palabras, devora incluso cuando la abuela muere y ella encuentra consuelo al acercarse el libro a la mejilla.

Ruth lo lleva en el cuerpo como una marca: la literatura la precede. Crece a cierta distancia de las cosas, de las otras muchachas, de su propia adolescencia. Ha marcado un sendero de palabras y a él se aferra, consciente de que los libros no pueden defraudarla. En algún momento, su Verdad le será revelada. La prueba debe pesar para que la belleza final pueda deslumbrarla. Y le pesan sus padres, esos dos niños hermosos, dos niños que juegan en el cuarto, que ríen y comen con glotonería. Dos padres que nunca han sido padres, que la miran como al objeto al que dar uso, la cosa que tal vez pueda servirles de algo en un futuro. Los padres, que eligieron la senda de la futilidad y por ella discurren desde hace años. La madre actriz, hermosa, frágil, que ve cómo el tiempo la recluye. Y el padre risueño y egoísta que se ve a sí mismo en un mundo que se sostiene en equilibro precario. A Ruth le pesa su losa, aunque los quiera, aunque algo en ella desee protegerlos. Y mientras, la vida le pasa de largo y su juventud se asienta, le pide con una voz pequeña, casi muda, que corte el hilo y crezca.

Y el crecimiento será París, donde la esperan Balzac y sus mujeres. Ruth se transforma y comprende, adquiere conciencia de su propio peso, de sus deseos, de ciertas certezas que hasta entonces había desconocido. Cuánto se equivocaba Dickens, piensa. Y observa a su alrededor, comprende que la luz no espera siempre tras la miseria, que se puede sufrir indefinidamente, que es quien vuela hacia su propia luz el que tal vez llegue a alcanzarla. Y nosotros asistimos a esta transformación lenta y hermosa, aplaudimos a Ruth por liberarse, por atravesar París con su paso nuevo, un paso de mujer que desea y siente, que formula su vida con una voz fuerte que retumba. Ha dejado atrás la sombra de los padres, ha dejado de esperar sentada en un rincón a que la vida se le revele. Ahora la tiene ante sus ojos, y la devora igual que devoraba de niña sus libros, y su carne y sus sentidos se erizan, se vuelve incluso despreocupada. Qué importa Balzac ahora. Qué importa esa tesis que acumula folios olvidados en su apartamento. Ahí está la luz, en el hueco pálido de sus manos pequeñas, y Ruth la bebe con prisa, la sorbe ciega hasta que, de pronto, ya no queda nada más que sombra. Como una broma cósmica, un golpe brutal que la devuelve a su senda, al paso vacilante, triste, de una mujer que abraza los libros porque ya no le queda otra cosa.

Hay en ‘Un debut en la vida’ una luz que se apaga pronto. Hay rabia, la nuestra, al ver cortado de un tajo el vuelo de Ruth antes de alzarse siquiera. Recordamos a la niña, a la adolescente apocada, y también nosotros renegamos de Dickens, de todos aquellos libros que nos prometieron que iríamos al baile. Ruth no baila, Ruth vuelve a su casa con su padre, a su vida en línea recta, una vida sosegada y anodina que, a veces, se ilumina fugazmente con el recuerdo de lo que no pudo ser. Ese París hermoso, el hombre que le tendía su mano, su habitación propia. La liberación de Balzac, que ahora, como una burla, la condena. Y nosotros seguimos sus pasos, y deseamos acompañarla en ese paseo interminable, en sus lecturas, y decirle, en un susurro, tan bajo que apenas pueda oírnos, que, al menos, siempre nos tendrá a nosotros para leerla.

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Détour

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