Repertorio de ideas del Surrealismo , de Ángel Pariente (Pepitas de calabaza) | por Juan Jiménez García

Ángel Pariente | Repertorio de ideas del Surrealismo

Después de todo, hasta el movimiento más vanguardista puede ser resumido en puñado de palabras. Es más: puede ser reducido a un montón de odios y afectos. También de ajustes de cuentas. Instalados en un futuro por inventar, las vanguardias tienen una cierta tendencia a emprenderla con palos y puños (eso si no con pistolas o cañones) contra el pasado, contra lo que está o estuvo. El surrealismo, vanguardia ejemplar, ismo por excelencia, como no podía ser de otro modo ejemplificó todo. Y por eso era necesaria una obra como este Repertorio de ideas del surrealismo que ahora edita Pepitas de calabaza. Porque puede haber infinidad de tratados sobre el surrealismo u obras propias de interesados, además de sus innumerables manifiestos o revistas, pero lo mejor es dejar contar a aquellos hombres su historia, despojados de todo, enfrentados a sus aciertos y sus miserias, a sus certezas y sus contradicciones. Porque los surrealistas hablaron. Mucho. Increíblemente.

Nada parecía serles ajeno. En especial, claro está, a André Breton. Breton, señor del universo (surrealista), se sentía obligado a dejar su opinión sobre todo, divino o humano, seguramente para marcar bien de cerca a ese puñado de ovejas con una cierta tendencia a la dispersión (cuando no a la rebeldía) que eran los surrealistas. Apenas hay concepto sobre el que no tenga opinión (y seguramente debe ser una omisión voluntaria del diccionario). A su lado, siempre servicial (como insinuaba uno de los fundadores del surrealismo y entre los primeros “ajusticiados”, Philippe Soupault), Benjamin Peret, tirando a bocazas (no necesariamente en tono despectivo). En realidad a todos les perdía eso, la boca, de modo que cuando se iban, voluntariamente o, las más de la veces, impulsados por un certero puntapié de André (igualmente devuelto), ni aun así se callaban.

Es interesante observar el espacio que ocupan algunas palabras frente a otras. No vamos a hacer un tratado matemático sobre el tema, pero probemos a extraer aquellas que destacan por extensión. Tenemos amor. E incluso amor sublime. Ambas le sacan mucha distancia a algo como la amistad. Apollinaire tiene su sitio, bastante parejo a Baudellaire y ambos por detrás de Lautréamont, al que rezaban por la noche. Breton tiene su espacio y, por una vez, Breton no opina. O Giorgio de Chirico, paradigma de esos efímeros amores, de ese amor-odio-amor con resentimiento al que tanto se entregaban, conforme pasaban los años. De Dadá no se opinaba mucho. Había que matar al padre, aunque te hubieras acostado con él. Picasso, claro (igual así de primeras no se nos ocurre relacionarlo, pero no, fue un claro referente… de libertad, como poco). Y la poesía. La poesía que era la base del surrealismo. Su espina dorsal, por encima de cualquier otra cosa, incluida el arte, que también tiene su espacio, pero es otra cosa. La poesía siempre. El surrealismo es la revolución puesta al servicio de los poetas. Y, ya que ha salido del cajón, la revolución en sí misma. Y el marqués de Sade, que era la revolución de las costumbres, y aquel con el que hubieran querido compartir celda en una cárcel.

Finalmente, el propio surrealismo. El surrealismo como concepto. Pese a que André Breton lo definió en unas pocas líneas y bien temprano, los surrealistas se dedicaron de forma entusiasta a definirse (este diccionario es buena prueba de ello). A diferencia de Dadá (que se pasó buena parte de su efímera existencia negándose y cuyo diccionario ocuparía bien poco y solo tendría seguramente una (no) palabra, Dadá).

Pero como después de todo eran poetas (o antes que todo), sus esfuerzos se convertían en definiciones aún más misteriosas e imprecisas que las propias palabras que querían definir. Las asociaciones de imágenes, lo improbable (pero posible, aun en sus sueños), lo sorprendente o el misterio, dan a un diccionario surrealista una cierta tendencia no a definir unos términos, sino a construir un mundo. O muchos. El surrealismo tenía que crear un nuevo lenguaje, porque el existente no servía, no daba la medida exacta de sus intenciones. Era viejo y estaba cansado.

Todo lo nuevo está condenado a ser viejo. Las vanguardias se suceden a menudo sobre el cadáver de aquellas que las precedieron. El surrealismo es seguramente una de las vanguardias más persistentes, quizás porque estaba construida sobre el mundo de los sueños, y soñar seguimos soñando. Tal vez se cayeron muchas hojas del árbol del surrealismo, arrastradas por el aire de los tiempos y por las sacudidas de propios y extraños, pero está la permanencia del tronco, el vigor de algo que hunde sus raíces en los fundamentos de la creación artística. La necesidad de rebelarse, la necesidad de llegar a rincones perdidos de nosotros mismos, de no dar por bueno lo establecido o la necesidad de equivocarse. De equivocarse enérgicamente.

Tal vez.

Lo cierto es que el trabajo de Ángel Pariente sobre las fuentes de ese misterio debe entenderse como la piedra rosseta de un tiempo en el que todo estaba por rehacerse y en el que se tenía la verdadera voluntad (la necesidad) de rehacerlo. Un tiempo para la poesía.

image_pdfimage_print

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *