Cuando Kafka hacía furor. Memorias del Greenwich Village, de Anatole Broyard (La uña rota) Traducción de Catalina Martínez Muñoz | por Juan Jiménez García

Anatole Broyard | Cuando Kafka hacía furor. Memorias del Greenwich Village

Anatole Broyard llega a Greenwich Village después de la guerra. La Segunda. Allí había servido (en Japón) y ser un excombatiente no le hacía especialmente viejo: tenía veintitantos años. Greenwich Village, como él mismo afirma, era como París en los años veinte, pero en casa. Ya no hacía falta ser extranjero en ningún lado. Igual se trataba de ser extranjero en tu propio país. La crónica de unos pocos años no tendrá nada especialmente épico. Simplemente eran un puñado de artistas que soñaban con escribir, con las mujeres, el sexo y un rincón en cualquier edificio destartalado. Todos eran kafkianos y eso les animaba a vivir existencias kafkianas. Pero ni tan siquiera eso es fácil. Hubo alguien que noveló aquellas vidas de una manera extraordinaria. Se llamaba William Gaddis. El libro: Los reconocimientos. Broyard nos traerá, tras aquella ficción, la vida.

Broyard divide aquellos años por el sexo, esa línea de puntos que mejor podía separarlos. El sexo, las mujeres. Una para la primera parte. Todas menos aquella para la segunda. La primera mujer es Sheri. Sheri es pintora abstracta. Ella es tan abstracta e inaprensible como su pintura. William Gaddis (volvemos a él) la tomó como modelo: es la Esme de su novela, esa muchacha-misterio. Viven en un piso destartalado, pero mejor que otros lugares que se caen a pedazos (este caerá un poco después). Broyard no tiene muy claro lo que quiere hacer. Sí, follar. Fuera de eso, bueno, quién sabe. Monta una librería con algún dinero que ha conseguido trapicheando en Japón, durante la guerra. Será una librería de ocasión, porque en aquella época se hablaba mucho de libros que en realidad uno difícilmente podía haber leído, dado la escasez y antigüedad de las ediciones.

También estudiar, prepararse para algo igual de abstracto que los cuadros de Sheri. Entre sus profesores se encontrarán Erich Fromm o Max Werdheimer (padre de la psicología Gestalt), alemanes a los que la guerra había llevado hasta allá. Sus días pasarán entre esos estudios y la defensa de su relación amorosa, entre los pretendientes y una vida sexual cuanto menos original. Tal vez esto último no era especialmente extraño si consideramos que su pareja era la discípula aventajada de Anaïs Nin, a la que Anatole Broyard dedica un divertido (y despiadado) retrato con motivo de una visita que le hicieron. Tan divertido como el que dedica a su psicoanálisis (en Greenwich Village si no te psicoanalizabas no eras nadie). Como dice en algún momento, en aquel entonces la gente enfermaba de soledad por primera vez. Estaban todos juntos y solos. No dejaban de verse y de estar solos.

Y en esa soledad van pasando los días y los encuentros. Y todo tiene algo de divertido, hasta marcharse. Su abandono de la noche a la mañana de aquella pintora, se convertirá también en una aventura policial. Así era todo. Confusión de ideas y un futuro incierto, en el que no se pensaba especialmente. Segunda parte: Después de Sheri. Cuando no se tiene mucho que hacer, siempre queda conversar. Hablaban y hablaban, en los cafés o donde se encontraban. Conocidos había muchos, amigos unos cuantos menos. La historia de Saul, su enfermedad y una muerte que le coge tan joven, será uno de los momentos más bellos del libro. Un momento sin frivolidad, fuera de aquel tiempo. Pero será breve: Harlem y sus bailes esperan. O una fiesta con Dylan Thomas dada por Maya Deren, que nos devolverá a aquellos años llenos de vacío. Y tal vez todo hubiera seguido. Las fiestas y el sexo, el sexo y las fiestas, la vida a ratos, aquellos años de formación. Pero Broyard enfermó cuando estaba en su escritura y Greenwich Village se quedó detenido en ese enfermedad, reducido a unos pocos, aunque intensos, años. Tal vez así sea suficiente. Lo justo. Pequeños fragmentos de un todo escritos con la vitalidad con la que se vivieron. El humor y las ganas de vivir.

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