Diarios amorosos, de Anaïs Nin (Siruela) Traducción de José Luis Fernández-Villanueva Cencio | por Almudena Muñoz

Anaïs Nin | Diarios amorosos

Algunas figuras populares se nos presentan como refugios de sabiduría, precisamente porque no los conocemos como creadores, sino como piezas que alguien se ha encargado de pulir por nosotros antes de jugar al ajedrez intelectual. Las reflexiones sobre la literatura, la lectura, la escritura, el feminismo y el amor libre que se asocian a Anaïs Nin son, en realidad, una cosecha breve obtenida tras el trabajo de documentación hecho por alguien sobre sus mastodónticos diarios. Documentalista rigurosa y locuaz sobre su vida desde bien temprano, Nin encuentra en sus diarios, como Sylvia Plath, un derroche de creatividad en las horas en que debería estar trabajando, y una celebración de lo mucho que, en el fondo, prefiere vivir a escribir.

Aunque el toque creativo no se escapa de estas entradas, cargadas de detalles y diálogos que sólo pueden ser resultado de una memoria prodigiosa o, como indicaron algunos de sus conocidos y detractores, de un fantaseo constante sobre los hechos reales. Sin embargo, no sería algo negativo que Nin empleara sus diarios para la experimentación, por mucho que eso moleste al biógrafo. Si llegó a inventarse los testimonios y los enfoques sobre su vida, quizá fue un ejercicio consciente, así como Henry Miller se congratula de que lo use como «personaje en sus libros» tras permitirle leer los diarios. Anaïs Nin escribía sobre su intimidad como si pudiera quedar expuesta al público en cualquier momento, y eso, en vez de asustarla, la vuelve arriesgada, prolija en anécdotas incómodas para la moralidad común, tan pretenciosa como lírica: un arroyo de sábanas sucias y limpias lanzadas por el balcón de un hotel exquisito.

Tomando nota de ese ambiente de falsa bohemia, extendida sobre el diván del terapeuta para investigar la lujuria antes que para expiarla, Anaïs Nin incide en todas sus citas, encuentros y relaciones amorosas, con hombres y mujeres, con familiares y desconocidos, sin tapujos, ni prejuicios, ni maquillajes a la hora de entremezclar las melancolías con los arrebatos. El contenido de esos episodios, como el famoso incesto con su padre, resulta menos perturbador que las verborreas, desvaríos y poesías de alcoba y mesa de desayuno en combinación, mientras al otro lado del balcón estalla un crack y a Nin no le importa, sino que odia al obrero, la revolución, los atisbos de Historia al otro lado de los visillos.

Resulta difícil distinguir si, cuando alguien vive con apasionamiento, se debe a un impulso barato y desbocado o a un ímpetu revelador. «Soy una mala artesana», reconoce de su escritura, aunque quizá eso hará «que los demás produzcan». Lo mismo acontece al leer sus diarios, que pueden ser la fascinante charla de la mesa contigua en un restaurante, que en algún momento se desvanece y nos deja a medias, o la neurosis y el relato obsesivo opuesto a la carnalidad y al éxtasis satisfecho de sus cuentos. Diarios de tapas rojas, de tapas negras. ¿De cuero, de tela o de simple cartón? Incluso en el aspecto físico de sus diarios Nin invita a imaginar lo táctil y sensual, quizá porque posee esa capacidad, quizá por la superficialidad que inspira su punto de vista.

Decía Anaïs Nin de Moll Flanders, la prostituta imaginada por Daniel Defoe en su novela, que le gustaba todo, excepto el final, porque Moll murió arrepentida. Nin llega a hablarle a su diario, «Te creé porque necesitaba un amigo. Y al hablar con este amigo, he desperdiciado mi vida». Pero después de que el compromiso en la escritura de sus diarios prosiguiera (hasta 1977, y este volumen sólo abarca entre 1932 y 1937), lo último que hizo Anaïs Nin fue arrepentirse de su forma de vivir los amores y las páginas.

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