Ana Blandiana. Visiones, por Juan Jiménez García

El sol del más allá y El reflujo de los sentidos, de Ana Blandiana (Pre-Textos) Traducción de Viorica Patea y Natalia Carbajosa | por Juan Jiménez García

Ana Blandiana | El sol del más allá y El reflujo de los sentidos

En el extenso y exhaustivo prólogo de Viorica Patea a esta edición de Pre-Textos, se cita una frase de Ana Blandiana que podría resumir toda el libro o, simplemente, todo: la poesía no es una serie de acontecimientos sino una secuencia de visiones. Ana Blandiana, que ha frecuentado todos los géneros, que aquí en nuestro país ha visto publicados sus relatos (Proyectos de pasado, Las cuatro estaciones, en Periférica) o parte de su poesía (Mi patria A4, Pre-Textos), algo sabe de ello. El sol del más allá (2000) y El reflujo de los sentidos (2004) son una buena prueba de ello, una sucesión de deslumbramientos y alumbramientos sobre esa patria suya que es la página de papel en blanco, único territorio que un escritor puede reivindicar como propio. Ese y su propia existencia.

Leyendo a la escritora rumana he pensado en Jaroslav Seifert. No hay muchos kilómetros de distancia, aunque la distancia entre poetas no se mida por kilómetros sino por algo más abstracto. En aquel poema de Homenaje a Vladimir Holan escribía que todos los poetas de su generación habían muerto y volvía a ellos, dulcemente. Para Ana Blandiana, lo que ha muerto es el siglo, que lejos de ser una mera convención temporal se convierte en un abismo insalvable. Ana Blandiana se enfrentó al comunismo y, cuando este murió, fusilado contra una pared, lo dejó todo para intentar devolver al pueblo su libertad, desde la política. Solo una década fue suficiente para encontrarse con que nada de eso había ocurrido y sí, el comunismo había desparecido pera la libertad era para ella otra cosa. Más grande, más justa. Como dice en No existe respuesta, no existe una luz a medida de la oscuridad que fue.

Un poeta, entendido pues como visionario pero no historiador, está condenado a no comprender el mundo en el que vive y a atravesar otros tantos que solo están en su cabeza. Como visionario, solo puede dejar su obra esperando que algún día llegarán los lectores que terminarán de darle un sentido y, llena de preguntas, la convertirán en inmortal (porque la eternidad es esperar algo que sucederá. El estremecimiento de una pregunta incompleta (quizás sea eso la poesía). Y ahí es estar ahí, pese a todo, porque lo que no se escribe, no existe. Este poema (que cierra el segundo poemario) es toda una declaración de intenciones, como un mensaje en una botella arrojado a ese mar tan presente en sus páginas.

La poesía de Blandiana se convierte en un dulce lamento en el que está la pérdida de las esperanzas, la melancolía del presente y la ingenuidad de un futuro, hacia el que uno se dirige lleno de las heridas del pasado, con algunas lecciones aprendidas pero que no se quieren escuchar. Seifert decía estar solo, y ella, ella también. Siempre sola / Como las aves / Obligada a marcharse / A países más cálidos… ¿Pero existen esos lugares? Esos lugares a los que ya pensaba en partir aquella Odile de Jean-Luc Godard, cuarenta años antes. En todo caso, estos dos poemarios son esa búsqueda, una amalgama de visiones, una búsqueda, aun con todo, de la luz. Una celebración de la palabra y de la hoja en blanco. Del espacio entre una y lo otro. Esperando a los bárbaros, aquellos que harán todo esto suyo. Otras personas. Otras lecturas.

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Détour

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