No te vayas sin mí, de Álvaro de la Rica (Alfabia) | por Óscar Brox

Álvaro de la Rica | No te vayas sin mí

Hay una frase de una novela de Ingeborg Bachmann que siempre me persigue: «con mi mano marcada, escribo sobre la naturaleza del fuego». A lo largo de estos años la he citado en numerosas ocasiones para referirme al trabajo de diferentes autores o para justificar un impacto que no sabía cómo describir. Tras leer No te vayas sin mí, la obra de Álvaro de la Rica que ha editado Alfabia, no dejo de pensar en aquellas palabras. Una de las aspiraciones de la escritura consiste en modular unas emociones morales a menudo fugitivas, en dar con esa palabra justa que rellena un silencio incómodo. Es tanta su obstinación que incluso con los asuntos del amor intenta explorar lo más profundo del ser humano. Sacar el dolor, como afirma uno de los personajes de la novela. Nombrar todo aquello que en la vida hace crac en nuestro interior.

No te vayas sin mí es, en apariencia, una novela sobre las relaciones humanas y su dolor. Un relato protagonizado por dos personajes marcados que no saben cómo quererse, abandonados en un laberinto de palabras (religión, matrimonio, tiempo) que han enmarañado su pasión. Jacob y Claire son dos compañeros de trabajo que han sucumbido a esa frontera invisible que establece los límites de la intimidad, que transforma el roce en amistad y el cariño en deseo. Tan lejos y tan cerca, tan real y tan imposible. La pasión de Jacob le impide avanzar y retroceder, admitir su deseo y su engaño. Estar con Claire implica no solo dejar de estar con su mujer, Agnes, también preguntarse por qué estaba con ella, por qué tuvieron hijos y no la abandonó, por qué hay tanto espacio para su compañera de trabajo donde solo debería haberlo para su esposa. De la Rica no está interesado en el estudio de personajes, tal y como apuntaría una novela tradicional, sino en el estudio de las emociones. Lo que importa es detectar eso que nos frena y carcome, esa angustia que desdibuja la amistad y atormenta al amor, ese sentimiento innominado que se produce cuando una pareja se rompe y otra no puede llegar a construirse.

En algún punto de la novela, alguien comenta que el arte es ese cobijo que proporciona una excusa para que las relaciones puedan tener su lugar y su momento. Tras las palabras de No te vayas sin mí, uno puede notar la fatiga de unas sensaciones que nunca afloran completamente, de un dolor que no hacemos público y de una autenticidad que apenas reservan un par de párrafos. Más que del deseo, el libro habla de la necesidad de unos cuerpos, de la necesidad de compartirse. Mejor aún, el libro hace del relato, de la posibilidad de contar los avatares de Jacob y Claire durante esos siete años, el mejor sostén para intentar cazar esas emociones fugitivas que, como la naturaleza del fuego, solo se atrapan con las manos marcadas. El crac que escuchamos en nuestro interior. Eso que tan bien escribían Bachmann o el Peter Handke de La mujer zurda en su obra: la maraña y el laberinto que hacen de cada diálogo, de cada palabra, una interferencia que nos aleja más entre nosotros.

De la Rica traza cada episodio del libro como una novela inacabada que ha tenido a sus personajes como protagonistas. Una novela, sí, construida con pasos suspendidos, palabras a las que les falta el aliento, sensaciones que llegan hasta el tuétano y una delicadeza que expresa la fragilidad de su búsqueda: dar con todo aquello que desprende la naturaleza del amor, que es casi lo mismo que decir la naturaleza humana. Una novela, sí, instalada en la duda, en el tanteo, en las palabras que se piensan pero no se pronuncian, en las que se pronuncian porque no se piensan, en la distancia entre dos cuerpos y las excusas que inventamos para recortarla, en ese vacío que se asienta en la boca del estómago, en la incomprensión de una conversación absolutamente coherente, en las terceras personas, en ese nosotros que a veces suena a nosotros y a veces a tú y yo, en el estremecimiento que se apodera del cuerpo, como una sacudida, y le impide decir otra cosa que no sean balbuceos, en el sexo íntimo, reservado, en el que se encuentran dos personas, en la agonía que se celebra y el éxtasis que se oculta, en las promesas que no se pueden mantener y las obligaciones morales que no se deben cumplir, en los silencios cómodos y los diálogos incómodos.

Más que un relato, No te vayas sin mí es la posibilidad de un relato. Una meditación sobre la relación entre el arte y las emociones, la literatura y el dolor; una reflexión sobre esa escritura quebrada, sufriente y siempre atenta a cada palabra, que corría entre las obras de Ingeborg Bachmann y tantos otros hijos de la glaciación emocional. Una gran novela que cuesta describir, tanto como los sentimientos que alberga, con la que Álvaro de la Rica logra un bello retrato de la naturaleza del fuego. O lo que es lo mismo: buscar una excusa para nombrar todo aquello que en la vida hace crac en nuestro interior. Conquistar lo imposible.

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