Las flores no sangran, de Alexis Ravelo (Alrevés) | por Óscar Brox

Alexis Ravelo | Las flores no sangran

La vida moderna nos ha acostumbrado a pensar a corto plazo, quizá porque poco a poco hemos perdido ese sentimiento de tener las espaldas cubiertas con un buen empleo. Así que cualquier cosa vale si nos permite salir del fango. En un país de pícaros y ladrones con traje y corbata, en el que la corrupción es consustancial al propio sistema, el sueño de dar el gran golpe es, más que nunca, una realidad. O, más bien, una fuga, una evasión necesaria de esa realidad que nos oprime hasta la asfixia, en la que no podemos sobrevivir a base de pequeños delitos y timos. Todo eso no da más de sí, no permite alimentar la ilusión de una vida que transcurre entre faltas leves, fichas policiales y breves estancias en prisión; una vida que mata cualquier esperanza de futuro mientras engulle a grandes bocados cualquier promesa de presente.

En Las flores no sangran, la última novela de Alexis Ravelo, la acción arranca con los preparativos de un gran golpe. La banda de El Marqués se ha criado al calor de los pequeños timos; un día roban las maletas a los turistas de vacaciones en Canarias, otro se llevan las máquinas tragaperras para quedarse con el cajetín y revenderlas. Es poca cosa, pero les permite mantener ese delicado equilibrio al margen de la Ley. Sin embargo, en un mundo donde fluye el dinero negro y los pelotazos urbanísticos, donde cualquier cosa se puede comprar y todo se vende, los palos rápidos tienen fecha de caducidad. La crisis nos ha enseñado a creer en los grandes sueños y, en especial, a hacer lo que sea para conseguirlos. Aunque ese lo que sea entrañe secuestrar a una persona. Con habilidad, Ravelo teje un grupo de personajes marcado por sus cicatrices y deudas, en el que es tanta la necesidad de huir de esa realidad que un plan tan arriesgado como raptar a la hija de un empresario aparece como su única salida de escape.

Uno de los axiomas de la novela negra es que nada sucede como los personajes esperan; otro, que una pistola nunca acabará con el cargador lleno. Llamadlo destino, condena o pura reacción del instinto humano. Por eso, a medida que la novela adelanta el plan de la banda de El Marqués para secuestrar a la hija del Yunque, comenzamos a observar sus pequeñas fisuras, esas líneas de fuga que apuntan hacia todo lo que los personajes nunca tienen en cuenta: el azar, la desesperación y, en efecto, el instinto humano. O el poder que un empresario y su socio pueden tener para reclutar al mejor grupo de seguridad privada y torcer la suerte de los secuestradores. O la fuerza bruta, la falta de piedad y escrúpulos que permiten acabar con todo por la vía rápida, con una estela de cadáveres tan larga que enloquecería a la mejor brigada de homicidios de la policía. Al fin y al cabo, unos y otros miran al mundo desde el mismo lado de la Ley, en su inmensa gama de grises. Y ya seas yunque, martillo o marqués, harás todo lo que esté en tus manos para que no te falte el último aliento.

Bajo su narración clásica, en la que conocemos los avatares de todos los personajes que conforman la trama, sus deudas y anhelos, Las flores no sangran nunca parece decidirse por otorgarle el protagonismo a una sola historia. A veces son Lola y Diego quienes parecen llevar la voz cantante; a veces Felo y su cuenta pendiente con un traficante; también Paco, el salvaje, y su sueño imposible de escapar a otra parte con la mujer de su vida; o los dos empresarios que están a pocas horas de cerrar un negocio redondo. La novela baila alrededor de ellos, picotea de unos y otros, en busca de eso que los hace únicos: su manera de afrontar la vida, de bascular entre una idea de integridad moral y su negociación con todo lo que permanece al margen de la ley. Son hombres marcados, no importa por qué, que han olvidado lo que es caminar por los rectos renglones de la vida; que mienten y se mienten, como hace Lola cada vez que le vende sus cuentos chinos de empleos honestos a su madre. Por eso resulta tan fascinante el único personaje a salvo de ese submundo: la hija de El Yunque, la muchacha secuestrada. Esa a la que Ravelo presta su voz de narrador para que acumule pensamientos y sensaciones, para que descubra la otra cara de su realidad, de su propio padre, en un descenso a toda velocidad a las cloacas de la vida; para que muera la inocencia, que en verdad es lo más valioso que queda por robar, el papel moneda con el que se fabrica un futuro, la energía con la que se alimentan los sueños.

Las flores no sangran es una novela modélica, de pulso firme y ritmo preciso, perfecta para armar ese sentimiento de asqueo ante un tiempo de pragmatismo salvaje y cortoplacismo suicida. En una sociedad como la nuestra, que no se caracteriza por la dignidad ni por las figuras honestas, cuesta poco empatizar con una banda de secuestradores que, al menos, intentan salir del arroyo para ganar algo de vida. Como aquellos delincuentes que se movían en los márgenes de Norteamérica entre la frustración de sus pobres ideas y la economía deprimida del momento. Por eso, página a página, uno lee los pormenores del golpe con el secreto deseo de que salga adelante, cueste lo que cueste, no tanto para que los pequeños triunfen sino para que los grandes queden al descubierto. Por eso, página a página, uno lee a los personajes y no puede evitar compadecerse de esa muchacha secuestrada, de cómo la miseria de esta realidad la abofetea con más fuerza que cualquier bala, imputación o delito de cárcel. Porque esa reacción no se aleja demasiado de nuestros rostros desencajados cada vez que la corrupción sacude el orden de nuestro país, cada vez que la realidad nos obliga a pensar a corto plazo, cada vez que la vida mata otro de nuestros sueños de futuro. Cada vez que el presente nos engulle a grandes bocados y no sabemos muy bien qué hacer para no ser devorados. Cuando la inocencia, definitivamente, muere.

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