De París a Cádiz, de Alexandre Dumas (Pre-Textos) Traducción de Ariel Dilon y Patricia Minarrieta | por Juan Jiménez García

Alexandre Dumas | De París a Cádiz

Qué extraños propósitos tenemos demasiadas veces… ¿Cómo intentar recoger en una página no ya un libro como De París a Cádiz, si no un viaje que va de allá acá? Cierto que ese temor podría estar en cualquier libro (y está, y tanto que está), pero hay algo en este que nos dice que cualquier aproximación será insuficiente porque él en sí mismo es desbordante. Un libro que se toma su tiempo en describir una sola corrida de toros (y nos deja ahí atrapados, lejos, más lejos de lo que cuenta, embargados más que por el hecho en sí por la escritura que lo sustenta). Un libro que, por encima de todo, es una celebración de la buena vida y de la mejor escritura, embriagados de vino y de palabras, atravesando rutas polvorientas a lomos de un burro como si fuéramos emperadores en nuevas tierras recién conquistadas. Al fin y al cabo y bien pensando, todo es una cuestión de cómo mirar las cosas que nos rodean y, desde luego, como vivirlas.

Alexandre Dumas parte de París con su hijo y algunos amigos. Se dirigen hacia África y como es un hombre práctico, irá contando las etapas del viaje a una amiga algo más que amiga, con la instrucción de que conserve las cartas para luego publicarlas. Estamos en mitad del siglo XIX y recientes están Los tres mosqueteros o El conde de Montecristo. Y como entonces ser escritor era otra cosa, es conocido hasta en España, país que parece que está al lado de Francia pero que más de una vez no somos ni capaces de ubicar en el planeta Tierra. Su hijo, a la vuelta, conocerá igualmente su momento de gloria, publicando La dama de las Camelias, aunque sea difícil reconocerlo en ese veinteañero entregado a otras causas, entre el sueño y las mujeres. Cargados de armas y con una visión nada positiva de la gastronomía española (Dumas padre se verá hasta obligado a inventar un aliño para ensaladas), ahí van todos atravesando un país que, si hacemos caso a lo que leemos, aún estaba medio a hacer, salvo algunas cosas. Por no sé qué misterio, me lo imaginaba al leer como un paisaje del oeste, algo a lo que no es ajeno el escritor. La aventura está en todas partes y los bandidos se intuyen y se les espera. Hasta que acaban por encontrarlos y confraternizando, en uno de los pasajes más curiosos del libro. Los caballos son asnos o burros, excepto alguna honrosa y dudosa excepción, y las diligencias algo parecido e insospechado. No faltan posadas y tabernas, pero sí comida, al menos para ellos.

En definitiva: aún estábamos por inventar. Y eso que veníamos de ser un Imperio. Cierto que al final llegan a Andalucía y ahí nos salvan los árabes. Pero de lo que no nos salvamos es de nuestra relación con el pasado. Pero es que de eso no nos salvaríamos ni ahora. Sus estampas andaluzas son como un oasis abundante en todo y ya con menos dudas. Y no es porque se entregue a lo pintoresco sino porque su sentido desbordante de la vida parece encontrar su justa medida en las ganas de vivir de los otros. Es como si hubiera llegado a la tierra prometida que da sentido a mozos, posaderos y autoridades varias. Al polvo y a los animales de carga. Vivir, vivir intensamente, es lo que da sentido a vivir. Y también a escribir. Alexandre Dumas se convierte en protagonista de una novela de aventuras escrita por Alejandro Dumas (ah, esa vieja costumbre que teníamos de castellanizar los nombres). El mundo como escenario. Llegamos a Cádiz como atravesaron ellos todo este camino: embriagados. Hemos visto lo que hemos visto y nos parece la totalidad. Es seguro que faltan cosas, casi todo, pero estamos llenos, llenos de literatura. ¿El secreto? El aliño.

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