La esposa joven, de Alessandro Baricco (Anagrama) Traducción de Xavier González Rovira | por Dara Scully

Alessandro Baricco | La esposa joven

La Esposa joven atraviesa el umbral de la casa. En el salón de los desayunos, la Familia: el Padre, la Madre, la Hija, el Tío. El Hijo, ausente, sobrevuela la escena; es esperado por la Esposa joven, que se presenta así y así discurre a lo largo de la historia. Una muchacha de dieciocho años. Un ser de espíritu salvaje –su abuela le había dicho: guárdate de los hombres, extirpa todo menos la boca – que aprenderá la vida y el deseo de la Familia. Ellos la acogen en la casa, en el seno de su mundo fuera de toda lógica, hermoso y en cierto modo impenetrable. Sólo Modesto, el hombre sabio, el sirviente fiel, le dictará las normas para una adecuada convivencia. No leas ante ellos, le dice. Respeta la noche, pues todos en esta casa murieron durante la noche. Conoce a la madre, la grandeza de su leyenda. Nunca la consideres menos que eso.

La Esposa joven aprende. Espera con una paciencia tranquila, dócil, la llegada del Hijo de Inglaterra. El hijo, esa criatura fantástica, que envía los regalos más extraordinarios como anticipo, tal vez, de su llegada. En la casa se celebran los regalos. Celebran los desayunos, festivos; dan gracias por la luz, por el nuevo día. También celebran los placeres. La Hija, lisiada, de una belleza que procede de otro tiempo –de la madre, y tal vez de más lejos aún, milenaria-, se encariña pronto de la Esposa joven. Le descubre el hormigueo entre las piernas. Su canto, el canto nocturno que la lleva al sueño, es un balanceo de la carne. La Esposa joven se reaprende. Su carne, blanda, virgen, adquiere nuevas proporciones. Anida en ella un pensamiento dormido; su ser, modelado por la Hija y por la Madre, se despereza. Está lista para la llegada del Hijo.

‘La Esposa joven’ hila lentamente la belleza. Nos entrega una poesía pálida, un juego deseos y palabras que se funden. La Familia es un clan de criaturas mitológicas. No existen en nuestro tiempo, en nuestro mundo; sólo allí, en la casa, en la noche, en los desayunos, es posible su existencia. Sólo en la rareza –una rareza sólida, brillante como una joya, deseable – se desarrolla esa vida nueva para la Esposa joven. Y entre las hebras de esa vida, la espera, un miedo pequeño que germina, primero en el Padre y luego en los demás, inevitablemente. Tal vez el Hijo no vuelva. Tal vez la Esposa joven lo espere para siempre.

Baricco construye una arquitectura juguetona. Su prosa nos atraviesa, nos seduce; a veces es la risa, una risa alegre, la que se impone. Otras una belleza apabullante. Y entre medias –otra hebra–, la voz de un narrador que se convierte en personaje: el escritor volcado en sus palabras. Se hila así una historia entrelazada, una suerte de ensayo sobre escribir, sobre cómo la escritura puede salvarnos. El narrador-escritor nos pone junto a él y nos señala el horizonte. Nos señala la novela como novela, y luego nos la devuelve como historia. Nos deja caer en ella, y somos otra vez la Esposa joven, la Madre, la Hija: la Familia y sus particularidades. El problema es, tal vez, que la caída nos confunde, y mientras leemos desearíamos que el escritor permaneciera mudo y nos dejara a solas con la historia. Con la Esposa joven, que absorbe la sabiduría de aquellos que la rodean, creciendo así hasta reconocerse como mujer. Atrás queda, definitivamente, la sabiduría oscura de la abuela. Baricco defiende la carne como raíz, el cuerpo como origen. Todo pensamiento procede de un movimiento del cuerpo. Y de ese modo, la Esposa joven trazará sus pasos, sostendrá su espera, se transformará en algo que nunca habríamos imaginado al verla por vez primera, en el umbral de la puerta, con sus dieciocho años.

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